El viejo rey leño

Sí, claro, para Blanca, cómo no

Tendría yo algo menos de quince años cuando por primera vez pasaron Yo, Claudio por la televisión. No transcurrió ni una semana y ya estaba incordiando a mis padres con la compra del libro. He de reconocer que los pobres capitularon enseguida, no tengo muy claro si porque ya por entonces estaban resignados a mis excéntricos cambios en cuestión de gustos literarios o esperanzados al ver que me decidía a comprar algo que no era ciencia ficción. En cualquier caso enseguida estuvo en mis manos la edición de Alianza de la novela, en libro de bolsillo, un ejemplar que termino cayéndose a trozos de puro releído y que con los años fui sustituyendo, primero por la edición de Plaza&Janés (que sufrió un destino similar a su antecesora) y ¿finalmente? por la de EDHASA, cuya robustez parece que me asegura unas cuantas relecturas más sin demasiados problemas.

Probablemente Yo, Claudio (junto a su secuela, por supuesto, Claudio el dios y su esposa Mesalina, que ocupó su lugar en mi biblioteca unos días después de iniciar la lectura de la primera novela) es el libro que más veces he leído a la largo de mi vida. Eso no es ninguna tontería, si tenemos en cuenta que me considero a mí mismo un animal de relecturas, alguien que prefiere saborear una y otra vez un plato conocido y apreciado en lugar de enfrentarse a nuevos sabores (lo que podría decir mucho sobre mi carácter, pero eso ya es otra historia).

Desde el primer momento, desde aquella primera frase “Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico esto-lo-otro-y-lo-de-más-alla…” el tono entre confidencial, socarrón y amargado del viejo emperador romano me capturó sin remedio. Desde sus primeras palabras tuve la sensación de que no estaba limitándose a contar su historia, lo que había visto y oído, sino que me hablaba a mí, directamente a mí y a mí nada más. Pocas veces he establecido un diálogo tan directo con una obra literaria, y Yo, Claudio fue la primera y la más intensa.

Hay algo paradójico en ese republicano que termina convirtiéndose en un maduro y voluntarioso emperador, en ese tonto que sobrevive a los más listos de su familia, en ese hombre tímido y deseoso de intimidad que acaba sus días como el individuo más público del mundo. Sin duda fue esa paradoja la que atrajo a Robert Graves, y mérito suyo es haber conseguido hacerla visible y haberla utilizado para construir un personaje entrañable y poderoso, testigo y protagonista de uno de los momentos más interesantes de la historia.

A menudo se ha acusado a Graves de heterodoxo (cuando no directamente de “fantasioso”) en sus planteamientos históricos. Cuando leí por primera vez sus novelas no disponía de elementos para comparar su visión de lo que ocurrió con lo que los historiadores nos dicen que había pasado realmente. Pero incluso hoy, con otras fuentes a mi alcance, estas se me revelan como poco plausibles mientras que el Claudio de Graves (y todos los personajes que lo rodearon en su extraordinaria vida) sigue siendo una presencia nítida, un personaje cuyas motivaciones puedo creer y comprender. La historia quizá no transcurrió como él la cuenta, pero su versión (más allá de la exactitud de los hechos o de lo heterodoxo de las interpretaciones) tiene la cualidad palpable e inequívoca de la verdad. Y es que la historia de Claudio, tal y como la cuenta Graves usando la propia voz de su personaje, es cierta, y no lo sería menos aunque nunca hubiera existido un Imperio Romano o un emperador tartamudo con ínfulas de historiador republicano. Porque es cierta allá donde importa: en todo lo que nos dice de nosotros mismos y del mundo que nos rodea.

Y el gran acierto de Graves está en el hecho de que sea el propio Claudio el que cuente su historia, y que dirija sus pensamientos y sus palabras hacia una lejana posteridad que desconoce pero con la que habla como si fuera un pariente lejano: tal vez un viejo tío abuelo que no puede evitar el recuerdo de sus “batallitas” de juventud. El tono que Graves (que Claudio) usa es fundamental para el éxito de la novela, ese tono conversacional, casi de confidencia familiar que permea toda la novela y es lo que hace realmente (más allá de la exhaustiva documentación o de la ambientación lograda) que nos podamos creer la historia que el tullido emperador nos cuenta.

En realidad Graves siempre usó una técnica narrativa muy similar en sus novelas históricas: en lugar de un narrador desapasionado en tercera persona procuró encontrar siempre alguien con una voz característica y más o menos cercano a los acontecimientos, como es el caso de El Vellocino de oro, El conde Belisario o Rey Jesús, pese a no conseguir nunca el mismo efecto que en las novelas de Claudio: al fin y al cabo el narrador de los otros libros no deja de ser un espectador, cercano a lo que cuenta, pero sin esa sensación de familiaridad, de “yo he visto (y vivido) y como tal lo cuento” que hay en Yo, Claudio. Más cercana en cuanto a la técnica es La Hija de Homero, donde el juego es doble, pues la narradora usa su propia vida como excusa para componer La Odisea, pero la novela es demasiado breve y no pasa de un divertimento logrado pero sin más trascendencia.

Por si fuera poco Yo, Claudio está llena de personajes impresionantes, criaturas mayores que la vida misma que se mueven por la Historia provocándola, viviéndola, padeciéndola. Esa Livia que es la verdadera alma del Imperio, ese Tiberio condenado a su propia oscuridad interior a medida que las influencias positivas de su vida van desapareciendo, ese Augusto campechano e implacable, y ese Herodes Agripa, bribón, disoluto, pendenciero, mentiroso y entrañable que muere por atreverse a desafiar al oscuro dios de los judíos. Herodes es, junto con el propio Claudio, uno de los mejores personajes de la novela y suya es una frase genial:

Querido Claudio. He conocido listos que se fingían tontos y tontos que se fingían listos. Pero eres el primer caso que he visto de un tonto que se finge tonto. Te convertirás en un dios.

Desde mi primera lectura de esa novela mi visión de esos años del Imperio Romano está tan teñida, tan mediatizada por la visión que el más paradójico de los emperadores me dio de primera mano que no sólo mis simpatías hacia los personajes históricos dependen de la opinión que el viejo Claudio tuviera de ellos, sino también mis antipatías. Después de leer Claudio el dios y su esposa Mesalina no pude pensar en Séneca con otra cosa que no fuera desprecio, tan influenciado estaba por la visión que se nos da del filósofo en la novela: un trepa adulador, rastrero y cobarde que, en una curiosa justicia poética, acabará teniendo como discípulo al desequilibrado emperador Nerón.Y no puedo terminar sin hablar de la serie de televisión (que habré visto casi tantas veces como he leído las novelas), con un elenco de actores impresionante pero que ha quedado grabado en mi memoria por su caracterización de los distintos personajes de la serie: nunca he podido ver a Derek Jacobi más que de Claudio, y las pocas veces que lo he visto hacer de villano en alguna película no he conseguido créermelo: este no puede ser mi viejo confidente, pensaba; cada vez que la enorme humanidad de Brian Blessed se asoma a alguna producción cinematográfica -desde su Vultan en el infame Flash Gordon de De Laurentiis a su personificación del jefe Gungan en La amenaza fantasma– no puedo evitar exclamar: “¡mira, Augusto!”; qué difícil me resulta ver a Patrick Stewart impertérrito en el puente del “Enterprise” sin que a sus labios asome la sonrisa torcida de Elio Sejano; y por mucho que papeles como Ann, la infiel esposa de George Smiley, o la reverenda madre Gaius Helen Mohiam de la Bene Gesserit me hayan dado otra visión de Syan Phillips, difícilmente podré pensar en ella si no es como Livia. Pero es el guionista de la serie, Jack Pullman, el que más admiración me causa. Su labor, convirtiendo dos novelas fundamentalmente reflexivas y narrativas, en las que apenas hay diálogo, en una serie dramática basada casi fundamentalmente en las confrontaciones dialécticas (y todo ello sin ser infiel al original literario ni por un instante) no sólo me parece meritoria, sino casi imposible.

Yo, Claudio me ha marcado, no solo como lector (es decir, como persona) sino también como escritor. Debo mucho a su tono de viejo confidente y cada vez que escribo una narración en primera persona el viejo emperador cojo (el viejo rey leño, como se llamó a sí mismo en su momento de mayor oscuridad) está allí, detrás mío, susurrando otra vez su paradójica vida a mis oídos.

POSDATA: Escribí este artículo hace ya unos años, concretamente en 2001, para Bibliópolis, la página web de Luis G. Prado. Recientemente ha vuelto a mi memoria y no pude por menos de preguntarme por qué.

Creo que lo sé. Últimamente estoy escribiendo algo (una suerte de extraña combinación entre novela episódica y ciclo de relatos) que acabará titulándose Sondela, si ningún malvado editor le cambia el título por el camino. Y, en cierto modo, aunque no era consciente de ello, la sombra de Yo, Claudio ha estado presente en ese material. No sé explicar muy bien cómo, pero la sensación está ahí y, cuanto más releo el artículo, más intensa se hace.

El artículo es, también, importante para mí por otros motivos, más personales. Pero, sobre eso, me permitiréis que guarde un discreto silencio.

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