Apariencias y paradojas

Hay varios temas recurrentes de discusión en la comunidad de aficionados a la ciencia ficción, temas que desaparecen durante un tiempo pero luego, como si sólo hubieran estado esperando el momento oportuno, vuelven a hacer acto de presencia. Uno de ellos es la eterna discusión de si Deckard (el personaje interpretado por Harrison Ford en Blade Runner) es un replicante o un humano. Otro es si el escritor Robert A. Heinlein era o no lo que en España llamamos coloquialmente “facha”.

Los que afirman que no lo era suelen poner como ejemplo de su ideología progresista su novela Forastero en tierra extraña, de la que volveremos a hablar más adelante. Los partidarios de su adscripción a una derecha militarista y prepotente, por otro lado, eligen como botón de muestra otra de sus novelas más populares: Tropas del espacio, llevada al cine con más bien poca fortuna hace unos años de la mano de Verhoeven.

Es cierto (él mismo lo reconoció más de una vez) que Heinlein se sintió fascinado por lo castrense toda su vida y, de hecho, el no haber podido seguir la carrera militar a causa de un problema físico fue siempre para él una enorme decepción.

Y sin duda Tropas del espacio tiene mucho de canto a las virtudes castrenses, tal como Heinlein las entendía, rozando en más de una ocasión la propaganda pura y dura de una mentalidad militarista y henchida de patriotismo fácil que, en la mente de muchos, se identifica de modo casi inevitable con ciertas ideologías de la extrema derecha. No deja de ser una lectura simplista de la novela y quizá otro día podríamos analizar la sociedad descrita en Tropas del espacio o hablar de la confusión, característicamente europea, que se produce muy a menudo entre la mentalidad ultraliberal americana y el fascismo, olvidando muchas veces que lo que pretende la primera es minimizar casi hasta su desaparición la intervención del estado mientras que la aspiración del segundo es construir un superestado que posea los cuerpos y mentes de sus ciudadanos.

Pero es fácil ver que a menudo resulta inevitable (sobre todo a la luz de la historia reciente en muchos países) identificar militarismo con fascismo, y se puede comprender que una novela dedicada a cantar las loas y alabanzas de las virtudes de la vida castrense sea tomada por lo que no es y en la mente de muchos lectores acabe convertida en una justificación de los regímenes totalitarios de derechas.

Sin embargo…

Frederick Pohl, un autor difícilmente sospechoso de simpatizar con la derecha (recordemos que fue coautor de una novela como Mercaderes del espacio, que lanza una mirada ácida e incómoda sobre la sociedad de mercado y que a lo largo de su dilatada —y lúcida— carrera como escritor siempre ha sido enormemente crítico con el capitalismo ultraliberal) narra la siguiente anécdota:

Un conocido suyo, perteneciente a esa subespecie racista, vocinglera y patriotera que muchos encuentran característicamente norteamericana (como si no hubiera vigas en el ojo propio suficientes), había iniciado la lectura de la novela de Heinlein. Por supuesto, le estaba encantando. Por supuesto, se sentía identificado con el protagonista. Por supuesto, sentía que el narrador le estaba hablando como a «uno de los suyos» defendiendo todos esos valores en los que él creía.

De pronto, a mitad de la novela descubre que ese narrador (que es también el personaje principal) no es el orgulloso blanco protestante de origen anglosajón que él había estado viendo hasta el momento… sino un filipino de pelo negro y tez cetrina.

Para ese hombre fue como si los cimientos de su mundo hubieran sido bruscamente retirados bajo sus pies. Creía estar recorriendo un territorio familiar, que fortalecía sus prejuicios de toda la vida y confirmaba su visión de la realidad; y de pronto descubre que esa voz en la que ha estado confiando durante más de cien páginas, que se ha convertido en un compañero cómplice, no es la de un miembro de su «raza superior» sino de uno de esos «colored» a los que siempre ha mirado con desprecio y por encima del hombro.

Desde ese día, nos comenta Pohl, la vida de ese hombre dio un giro completo. Un detalle tan ínfimo como el que acabo de mencionar hizo que empezase a plantearse la posibilidad de que quizá todo lo que había estado dando por sentado desde siempre no eran los «hechos evidentes» que él pensaba, y que tal vez existía un mundo más allá de los prejuicios con los que siempre lo había contemplado.

Así, una novela que ha sido acusada de ser el epítome de la ideología derechista heinleiniana tuvo como resultado que, al menos uno de sus lectores, se empezara a plantear las cosas y comenzase a mirar sus propias ideas con sentido crítico.

La historia podría terminar aquí, sin duda. Pero ya dije más arriba que volveríamos a hablar de Forastero en tierra extraña, la novela que supuestamente muestra el rostro más «izquierdista» de Heinlein. El libro es una suerte de celebración del «flower power» sesentero en el que el amor se convierte en la respuesta a todas las preguntas y en la llave que encaja en todas las cerraduras; un amor no posesivo, liberador, carente de prejuicios y que, desde la óptica de la novela, esta destinado a hacer de nosotros mejores personas. De hecho, en más de un momento Forastero en tierra extraña se parece sospechosamente a una especie de manual de autoayuda para alcanzar una comunión más plena con uno mísmo, los demás y el universo. Este tipo de pensamiento pacifista (y simplista) influido por ciertas ideologías orientales se ha identificado tradicionalmente con la izquierda, como si la violencia fuera un patrimonio exclusivo de la derecha (no lo olvidemos, el argumento es que, cuando la derecha usa la violencia es que se está comportando de acuerdo a su naturaleza, pero cuando lo hace la izquierda, o bien es porque se ha visto obligada por las circunstancias o bien es que esa no es la «izquierda real»). En cualquier caso es comprensible que las ideas del libro de Heinlein hayan sido asumidas por cierta izquierda —generalmente una izquierda cuyo origen social está en la clase media y media/alta— como propias. Sólo que también estamos hablando de la novela que Charles Manson convirtió en su libro de cabecera y cuyas ideas usó para justificar cuanto hacía.

Así pues, tenemos dos libros.

Un supuesto canto al militarismo prepotente que, sin embargo, consigue que un racista lleno de prejuicios empiece a mirar sus ideas con ojo crítico.

Y un no menos supuesto canto al «all you need is love» que un desequilibrado usó para justificar sus actos de violencia y dominación.

La paradoja es exquisita, a poco que lo pensemos.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.