Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Agosto, 2005

Sondela

Domingo, Agosto 28th, 2005 Pertenece a Mi misma mismidad, Pergeñando | Sin comentar »

Acabo de terminar (más o menos: luego vendrá el inevitable ciclo de correcciones y revisiones) quizá lo más extraño que he escrito en mi vida. Extraño no porque, eso creo, a los lectores les vaya a resultar difícil de leer, poco comprensible o estrafalario, sino por el modo en que ha surgido y, sobre todo, la forma en se ha ido escribiendo, casi diríamos que por sí mismo.

Todo empezó con una idea de mi amigo Sergio Iglesias para un escenario de futuro cercano en el que magia y tecnología conviven de forma incómoda en un mundo que está cambiando de un modo imprevisible. Sergio fue lo bastante amable para ofrecer su escenario a quien quisiese usarlo y confieso que no pude resistir la tentación de aprovechar la oportunidad. En principio, mi idea era escribir sencillamente una novelita corta en la que se presentase ese mundo que Sergio había diseñado y que, más o menos, dejara esbozadas sus principales características.

Empecé a escribir a principios de mayo. Pero no pasé de las siete páginas.

Luego, en julio, mientras iba de camino al trabajo, volví sobre la idea y empecé a darle vueltas en la cabeza. De pronto, me di cuenta del enfoque que podía darle, hacía dónde podía dirigir la historia y, sobre todo, cuáles serían las relaciones de los distintos personajes. Todo encajó con una facilidad pasmosa.

Dos días más tarde había escrito unas ochenta páginas.

Estaba agotado. Emocional e intelectualmente. Lo segundo no creo que necesite explicación. Lo primero se debió al hecho de que, casi sin pretenderlo, empecé a poner gran parte de mí mismo en lo que escribía y, al hacerlo, me descubrí en una especie de “meseta emocional” intensa y agotadora que, sin embargo, no me permitía dejar de escribir mientras no hubiera contado lo que tenía que contar.

Y, así, agotado como estaba, descubrí que no podía detenerme. De aquella primera novela corta surgieron nuevas historias y cada relato que escribía me iba dando pistas para el siguiente. Cada nueva pieza de información que aportaba sobre el pasado, las relaciones, los movimientos de mis personajes, me hacían descubrir cuál sería el siguiente paso del camino. De ese modo, en algo menos de mes y medio fui escribiendo una serie de relatos entrelazados (poco más de trescientas páginas en total) que iban contando algo que me afectaba muy de cerca y que, en cierto modo, sentía real como nada que hubiese escrito antes. Cada historia estaba contada de un modo distinto, jugando con el modo de narrar, las voces, los puntos de vista, el tiempo, y sin embargo, el todo mantenía una unidad temática y argumental lo bastante consistente para ser considerada una novela. Al mismo tiempo, me preocupaba que ese juego estilístico no fuera vacío, que viniera a cuento, que en cierto modo el relato en sí, la anécdota que estaba contando, demandase esa forma concreta de narrar.

Creo que lo he conseguido. Y las reacciones de las personas que lo han leído hasta ahora son lo bastante positivas para que piense que no estoy equivocado. Lo cierto es que me resulta difícil juzgar este material. Estoy demasiado cerca de él. Si he tenido éxito, probablemente será una de las mejores cosas que he escrito en estos veintiocho años que llevo tramando historias y pasándolas al papel. Si he fracasado… bueno, aprenderé para la próxima vez.

En cualquier caso, esta estraña novela episódica (a la que he titulado Sondela) ha tenido ocupados mis pensamientos casi al cien por cien en el último mes y medio. Probablemente a causa de eso, no he sido una compañía demasiado buena. Y, ahora que he acabado, siento una extraña sensación de vacío, como si un hijo se me acabara de ir de casa y fuese a tardar en volver.

Soy un escritor básicamente intuitivo. Generalmente, sé cuándo lo que estoy escribiendo funciona y cuándo no, pero raras veces sé explicar por qué lo hace o deja de hacerlo. Creo que Sondela funciona. Lo ha hecho para mí, desde luego, a un nivel muy personal, pero creo que lo hará tambien para los lectores cuando (o si) sea publicada.

Seguiremos hablando entonces.

© 2005, Rodolfo Martínez
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Alta fidelidad (demasiada)

Domingo, Agosto 14th, 2005 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | Sin comentar »

Nunca estamos contentos. Llevamos años quejándonos de lo poco fieles que son las adaptaciones del cómic a la pantalla (que si a Batman le cambian el traje, que si Kingpin es negro, que si Lobezno resulta demasiado alto) y ahora, cuando nos encontrarmos con una película en la que, casi viñeta a viñeta, se ha traducido el cómic original a la pantalla cinematográfica, respetando no sólo la estética, el aspecto de los personajes la narrativa y, a veces, hasta los encuadres, vamos y nos quejamos de que resulta demasiado fiel.

Pero es que es así. Lo que funciona en cómic no lo hace necesariamente en cine. Ciertos diálogos (o, como en el caso de Sin City, monólogos) que resultan creíbles y narrativamente eficaces al ser leídos, chirrían al oírlos en voz alta y pierden toda su carga dramática. Determinados acontecimientos (el atropello sucesivo de Marv a cargo de Wendy, por ejemplo) no sólo quedan bien el cómic cuando se exageran, sino que a veces es necesario exagerarlos para que tengan toda la intensidad necesaria. En cambio, si lo haces exactamente igual en el cine, el resultado es grotesco y a menudo (y contra las intenciones del director) hilarante.

Aclaro que he disfrutado con la adaptación cinematográfica de Sin City: su lograda estética (artificial pero convincente), su extrema y estilizada violencia, el ritmo de la narración y, en general, ese aire que tiene de “hard boiled postmoderno” que ya estaba en el cómic original de Miller. Sin embargo, para que la película terminase de funcionar como tal película, un poco menos de fidelidad al original habría sido deseable. Tan sólo un poco. Un “pelín”, delicada unidad de medida que, como dijo cierta vez un militar español, depende mucho de otra medida no menos delicada llamada “ojo de buen cubero”.

Y es que los aficionados nunca estamos contentos con nada, hombre. Seremos cabrones.

© 2005, Rodolfo Martínez
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El viejo rey leño

Miércoles, Agosto 10th, 2005 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »

Sí, claro, para Blanca, cómo no

Tendría yo algo menos de quince años cuando por primera vez pasaron Yo, Claudio por la televisión. No transcurrió ni una semana y ya estaba incordiando a mis padres con la compra del libro. He de reconocer que los pobres capitularon enseguida, no tengo muy claro si porque ya por entonces estaban resignados a mis excéntricos cambios en cuestión de gustos literarios o esperanzados al ver que me decidía a comprar algo que no era ciencia ficción. En cualquier caso enseguida estuvo en mis manos la edición de Alianza de la novela, en libro de bolsillo, un ejemplar que termino cayéndose a trozos de puro releído y que con los años fui sustituyendo, primero por la edición de Plaza&Janés (que sufrió un destino similar a su antecesora) y ¿finalmente? por la de EDHASA, cuya robustez parece que me asegura unas cuantas relecturas más sin demasiados problemas.

Probablemente Yo, Claudio (junto a su secuela, por supuesto, Claudio el dios y su esposa Mesalina, que ocupó su lugar en mi biblioteca unos días después de iniciar la lectura de la primera novela) es el libro que más veces he leído a la largo de mi vida. Eso no es ninguna tontería, si tenemos en cuenta que me considero a mí mismo un animal de relecturas, alguien que prefiere saborear una y otra vez un plato conocido y apreciado en lugar de enfrentarse a nuevos sabores (lo que podría decir mucho sobre mi carácter, pero eso ya es otra historia).

Desde el primer momento, desde aquella primera frase “Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico esto-lo-otro-y-lo-de-más-alla…” el tono entre confidencial, socarrón y amargado del viejo emperador romano me capturó sin remedio. Desde sus primeras palabras tuve la sensación de que no estaba limitándose a contar su historia, lo que había visto y oído, sino que me hablaba a mí, directamente a mí y a mí nada más. Pocas veces he establecido un diálogo tan directo con una obra literaria, y Yo, Claudio fue la primera y la más intensa.

Hay algo paradójico en ese republicano que termina convirtiéndose en un maduro y voluntarioso emperador, en ese tonto que sobrevive a los más listos de su familia, en ese hombre tímido y deseoso de intimidad que acaba sus días como el individuo más público del mundo. Sin duda fue esa paradoja la que atrajo a Robert Graves, y mérito suyo es haber conseguido hacerla visible y haberla utilizado para construir un personaje entrañable y poderoso, testigo y protagonista de uno de los momentos más interesantes de la historia.

A menudo se ha acusado a Graves de heterodoxo (cuando no directamente de “fantasioso”) en sus planteamientos históricos. Cuando leí por primera vez sus novelas no disponía de elementos para comparar su visión de lo que ocurrió con lo que los historiadores nos dicen que había pasado realmente. Pero incluso hoy, con otras fuentes a mi alcance, estas se me revelan como poco plausibles mientras que el Claudio de Graves (y todos los personajes que lo rodearon en su extraordinaria vida) sigue siendo una presencia nítida, un personaje cuyas motivaciones puedo creer y comprender. La historia quizá no transcurrió como él la cuenta, pero su versión (más allá de la exactitud de los hechos o de lo heterodoxo de las interpretaciones) tiene la cualidad palpable e inequívoca de la verdad. Y es que la historia de Claudio, tal y como la cuenta Graves usando la propia voz de su personaje, es cierta, y no lo sería menos aunque nunca hubiera existido un Imperio Romano o un emperador tartamudo con ínfulas de historiador republicano. Porque es cierta allá donde importa: en todo lo que nos dice de nosotros mismos y del mundo que nos rodea.

Y el gran acierto de Graves está en el hecho de que sea el propio Claudio el que cuente su historia, y que dirija sus pensamientos y sus palabras hacia una lejana posteridad que desconoce pero con la que habla como si fuera un pariente lejano: tal vez un viejo tío abuelo que no puede evitar el recuerdo de sus “batallitas” de juventud. El tono que Graves (que Claudio) usa es fundamental para el éxito de la novela, ese tono conversacional, casi de confidencia familiar que permea toda la novela y es lo que hace realmente (más allá de la exhaustiva documentación o de la ambientación lograda) que nos podamos creer la historia que el tullido emperador nos cuenta.

En realidad Graves siempre usó una técnica narrativa muy similar en sus novelas históricas: en lugar de un narrador desapasionado en tercera persona procuró encontrar siempre alguien con una voz característica y más o menos cercano a los acontecimientos, como es el caso de El Vellocino de oro, El conde Belisario o Rey Jesús, pese a no conseguir nunca el mismo efecto que en las novelas de Claudio: al fin y al cabo el narrador de los otros libros no deja de ser un espectador, cercano a lo que cuenta, pero sin esa sensación de familiaridad, de “yo he visto (y vivido) y como tal lo cuento” que hay en Yo, Claudio. Más cercana en cuanto a la técnica es La Hija de Homero, donde el juego es doble, pues la narradora usa su propia vida como excusa para componer La Odisea, pero la novela es demasiado breve y no pasa de un divertimento logrado pero sin más trascendencia.

Por si fuera poco Yo, Claudio está llena de personajes impresionantes, criaturas mayores que la vida misma que se mueven por la Historia provocándola, viviéndola, padeciéndola. Esa Livia que es la verdadera alma del Imperio, ese Tiberio condenado a su propia oscuridad interior a medida que las influencias positivas de su vida van desapareciendo, ese Augusto campechano e implacable, y ese Herodes Agripa, bribón, disoluto, pendenciero, mentiroso y entrañable que muere por atreverse a desafiar al oscuro dios de los judíos. Herodes es, junto con el propio Claudio, uno de los mejores personajes de la novela y suya es una frase genial:

Querido Claudio. He conocido listos que se fingían tontos y tontos que se fingían listos. Pero eres el primer caso que he visto de un tonto que se finge tonto. Te convertirás en un dios.

Desde mi primera lectura de esa novela mi visión de esos años del Imperio Romano está tan teñida, tan mediatizada por la visión que el más paradójico de los emperadores me dio de primera mano que no sólo mis simpatías hacia los personajes históricos dependen de la opinión que el viejo Claudio tuviera de ellos, sino también mis antipatías. Después de leer Claudio el dios y su esposa Mesalina no pude pensar en Séneca con otra cosa que no fuera desprecio, tan influenciado estaba por la visión que se nos da del filósofo en la novela: un trepa adulador, rastrero y cobarde que, en una curiosa justicia poética, acabará teniendo como discípulo al desequilibrado emperador Nerón.Y no puedo terminar sin hablar de la serie de televisión (que habré visto casi tantas veces como he leído las novelas), con un elenco de actores impresionante pero que ha quedado grabado en mi memoria por su caracterización de los distintos personajes de la serie: nunca he podido ver a Derek Jacobi más que de Claudio, y las pocas veces que lo he visto hacer de villano en alguna película no he conseguido créermelo: este no puede ser mi viejo confidente, pensaba; cada vez que la enorme humanidad de Brian Blessed se asoma a alguna producción cinematográfica -desde su Vultan en el infame Flash Gordon de De Laurentiis a su personificación del jefe Gungan en La amenaza fantasma- no puedo evitar exclamar: “¡mira, Augusto!”; qué difícil me resulta ver a Patrick Stewart impertérrito en el puente del “Enterprise” sin que a sus labios asome la sonrisa torcida de Elio Sejano; y por mucho que papeles como Ann, la infiel esposa de George Smiley, o la reverenda madre Gaius Helen Mohiam de la Bene Gesserit me hayan dado otra visión de Syan Phillips, difícilmente podré pensar en ella si no es como Livia. Pero es el guionista de la serie, Jack Pullman, el que más admiración me causa. Su labor, convirtiendo dos novelas fundamentalmente reflexivas y narrativas, en las que apenas hay diálogo, en una serie dramática basada casi fundamentalmente en las confrontaciones dialécticas (y todo ello sin ser infiel al original literario ni por un instante) no sólo me parece meritoria, sino casi imposible.

Yo, Claudio me ha marcado, no solo como lector (es decir, como persona) sino también como escritor. Debo mucho a su tono de viejo confidente y cada vez que escribo una narración en primera persona el viejo emperador cojo (el viejo rey leño, como se llamó a sí mismo en su momento de mayor oscuridad) está allí, detrás mío, susurrando otra vez su paradójica vida a mis oídos.

POSDATA: Escribí este artículo hace ya unos años, concretamente en 2001, para Bibliópolis, la página web de Luis G. Prado. Recientemente ha vuelto a mi memoria y no pude por menos de preguntarme por qué.

Creo que lo sé. Últimamente estoy escribiendo algo (una suerte de extraña combinación entre novela episódica y ciclo de relatos) que acabará titulándose Sondela, si ningún malvado editor le cambia el título por el camino. Y, en cierto modo, aunque no era consciente de ello, la sombra de Yo, Claudio ha estado presente en ese material. No sé explicar muy bien cómo, pero la sensación está ahí y, cuanto más releo el artículo, más intensa se hace.

El artículo es, también, importante para mí por otros motivos, más personales. Pero, sobre eso, me permitiréis que guarde un discreto silencio.

© 2005, Rodolfo Martínez
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Apariencias y paradojas

Viernes, Agosto 5th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | Sin comentar »

Hay varios temas recurrentes de discusión en la comunidad de aficionados a la ciencia ficción, temas que desaparecen durante un tiempo pero luego, como si sólo hubieran estado esperando el momento oportuno, vuelven a hacer acto de presencia. Uno de ellos es la eterna discusión de si Deckard (el personaje interpretado por Harrison Ford en Blade Runner) es un replicante o un humano. Otro es si el escritor Robert A. Heinlein era o no lo que en España llamamos coloquialmente “facha”.

Los que afirman que no lo era suelen poner como ejemplo de su ideología progresista su novela Forastero en tierra extraña, de la que volveremos a hablar más adelante. Los partidarios de su adscripción a una derecha militarista y prepotente, por otro lado, eligen como botón de muestra otra de sus novelas más populares: Tropas del espacio, llevada al cine con más bien poca fortuna hace unos años de la mano de Verhoeven.

Es cierto (él mismo lo reconoció más de una vez) que Heinlein se sintió fascinado por lo castrense toda su vida y, de hecho, el no haber podido seguir la carrera militar a causa de un problema físico fue siempre para él una enorme decepción.

Y sin duda Tropas del espacio tiene mucho de canto a las virtudes castrenses, tal como Heinlein las entendía, rozando en más de una ocasión la propaganda pura y dura de una mentalidad militarista y henchida de patriotismo fácil que, en la mente de muchos, se identifica de modo casi inevitable con ciertas ideologías de la extrema derecha. No deja de ser una lectura simplista de la novela y quizá otro día podríamos analizar la sociedad descrita en Tropas del espacio o hablar de la confusión, característicamente europea, que se produce muy a menudo entre la mentalidad ultraliberal americana y el fascismo, olvidando muchas veces que lo que pretende la primera es minimizar casi hasta su desaparición la intervención del estado mientras que la aspiración del segundo es construir un superestado que posea los cuerpos y mentes de sus ciudadanos.

Pero es fácil ver que a menudo resulta inevitable (sobre todo a la luz de la historia reciente en muchos países) identificar militarismo con fascismo, y se puede comprender que una novela dedicada a cantar las loas y alabanzas de las virtudes de la vida castrense sea tomada por lo que no es y en la mente de muchos lectores acabe convertida en una justificación de los regímenes totalitarios de derechas.

Sin embargo…

Frederick Pohl, un autor difícilmente sospechoso de simpatizar con la derecha (recordemos que fue coautor de una novela como Mercaderes del espacio, que lanza una mirada ácida e incómoda sobre la sociedad de mercado y que a lo largo de su dilatada —y lúcida— carrera como escritor siempre ha sido enormemente crítico con el capitalismo ultraliberal) narra la siguiente anécdota:

Un conocido suyo, perteneciente a esa subespecie racista, vocinglera y patriotera que muchos encuentran característicamente norteamericana (como si no hubiera vigas en el ojo propio suficientes), había iniciado la lectura de la novela de Heinlein. Por supuesto, le estaba encantando. Por supuesto, se sentía identificado con el protagonista. Por supuesto, sentía que el narrador le estaba hablando como a «uno de los suyos» defendiendo todos esos valores en los que él creía.

De pronto, a mitad de la novela descubre que ese narrador (que es también el personaje principal) no es el orgulloso blanco protestante de origen anglosajón que él había estado viendo hasta el momento… sino un filipino de pelo negro y tez cetrina.

Para ese hombre fue como si los cimientos de su mundo hubieran sido bruscamente retirados bajo sus pies. Creía estar recorriendo un territorio familiar, que fortalecía sus prejuicios de toda la vida y confirmaba su visión de la realidad; y de pronto descubre que esa voz en la que ha estado confiando durante más de cien páginas, que se ha convertido en un compañero cómplice, no es la de un miembro de su «raza superior» sino de uno de esos «colored» a los que siempre ha mirado con desprecio y por encima del hombro.

Desde ese día, nos comenta Pohl, la vida de ese hombre dio un giro completo. Un detalle tan ínfimo como el que acabo de mencionar hizo que empezase a plantearse la posibilidad de que quizá todo lo que había estado dando por sentado desde siempre no eran los «hechos evidentes» que él pensaba, y que tal vez existía un mundo más allá de los prejuicios con los que siempre lo había contemplado.

Así, una novela que ha sido acusada de ser el epítome de la ideología derechista heinleiniana tuvo como resultado que, al menos uno de sus lectores, se empezara a plantear las cosas y comenzase a mirar sus propias ideas con sentido crítico.

La historia podría terminar aquí, sin duda. Pero ya dije más arriba que volveríamos a hablar de Forastero en tierra extraña, la novela que supuestamente muestra el rostro más «izquierdista» de Heinlein. El libro es una suerte de celebración del «flower power» sesentero en el que el amor se convierte en la respuesta a todas las preguntas y en la llave que encaja en todas las cerraduras; un amor no posesivo, liberador, carente de prejuicios y que, desde la óptica de la novela, esta destinado a hacer de nosotros mejores personas. De hecho, en más de un momento Forastero en tierra extraña se parece sospechosamente a una especie de manual de autoayuda para alcanzar una comunión más plena con uno mísmo, los demás y el universo. Este tipo de pensamiento pacifista (y simplista) influido por ciertas ideologías orientales se ha identificado tradicionalmente con la izquierda, como si la violencia fuera un patrimonio exclusivo de la derecha (no lo olvidemos, el argumento es que, cuando la derecha usa la violencia es que se está comportando de acuerdo a su naturaleza, pero cuando lo hace la izquierda, o bien es porque se ha visto obligada por las circunstancias o bien es que esa no es la «izquierda real»). En cualquier caso es comprensible que las ideas del libro de Heinlein hayan sido asumidas por cierta izquierda —generalmente una izquierda cuyo origen social está en la clase media y media/alta— como propias. Sólo que también estamos hablando de la novela que Charles Manson convirtió en su libro de cabecera y cuyas ideas usó para justificar cuanto hacía.

Así pues, tenemos dos libros.

Un supuesto canto al militarismo prepotente que, sin embargo, consigue que un racista lleno de prejuicios empiece a mirar sus ideas con ojo crítico.

Y un no menos supuesto canto al «all you need is love» que un desequilibrado usó para justificar sus actos de violencia y dominación.

La paradoja es exquisita, a poco que lo pensemos.

© 2005, Rodolfo Martínez
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