Soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo

Es posible que esto ya lo haya comentado más de una vez, incluso aquí mismo. Sin embargo, es un tema sobre el que no puedo evitar volver de vez en cuando, cada vez que los distintos acontecimientos de mi vida me hacen empezar a analizar mis actos, pensamientos y motivaciones.

Basamos toda nuestra vida en una mentira inconsciente, en una ilusión no expresada en voz alta, en una convención que no nos molestamos en analizar. La de que somos uno solo, de que existe realmente un “yo” único e indivisible que es lo que nos define.

Es, curiosamente, una mentira que es cierta (y no es la única), al menos allí donde realmente importa: funciona. Sin ella no seríamos capaces de movernos por el mundo, relacionarnos con los demás o construir esa otra mentira maravillosa (uno de los pocos conceptos morales realmente útiles que ha aportado el cristianismo a nuestra civilización) llamada libre albedrío y que permite, en realidad exige, que seamos responsables de nuestros actos y asumamos las consecuencias de ellos.

Sin embargo, por útil y necesaria que sea, no deja de ser una mentira.

Cada vez que hacemos, decidimos, pensamos o planeamos no es una única persona la que está detrás de ello. Dentro de nosotros, viviendo en continua tensión, en una lucha interminable en la que no parece haber vencedor claro hay docenas de personas distintas, cada una con sus propios motivos y planes, intentando salirse con la suya. A veces su objetivo final coincide, pero incluso en esos casos, no siempre lo quieren alcanzar por los mismos motivos.

Tengo cierta tendencia (hay quien dice que exagerada) a analizar minuciosamente todo cuanto hago o pienso: escudriño los detalles, me detengo en cada paso del proceso y trato de reconstruir el modo en que he llegado a hacer, decir o maquinar cada cosa. Supongo que, en cierta medida, es consecuencia de mi trabajo como escritor; aunque a veces no tengo muy claro si mi tendencia a la introspección está causada por ser un escritor o si he acabado siendo un escritor por culpa de esa tendencia. Tampoco es que importe mucho: a menudo la causalidad es una maraña tan enredada, tan llena de bucles, recovecos y vueltas que tratar de desentrañarla no sólo es inútil, sino imposible.

En cualquier caso, esa manía mía hace que, sobre todo en mis decisiones importantes, me cuestione el modo en que he llegado a ellas y especialmente, qué ha intervenido en el proceso. Y, por lo general, suelo descubrir que no hay un solo motivo detrás de lo que he hecho. Que algo en apariencia tan sencillo como escribir y publicar un poema, por ejemplo, aparentemente motivado tan sólo por el deseo de expresar mediante imágenes una serie de reflexiones o sentimientos y luego compartirlas públicamente puede tener detrás muchas otras cosas: una estrategia, por ejemplo, (una estrategia nebulosa, imprecisa, pero paradójicamente, no por ello menos clara en su objetivo final) para alcanzar un fin o, muchas veces, varios fines distintos, no siempre compatibles o tan siquiera relacionados entre sí. Y tras cada una de esas estrategias en busca de un fin, hay distintas personas: algunas mezquinas; otras, frías y calculadoras; otras, quizá rabiosas, tal vez hambrientas; otras más, puede que (y eso siempre me sorprende, aunque a estas altura no debería) movidas por el deseo no expresado de proteger, tranquilizar, evitar daños inevitables a personas a las que quieres; algunas con ganas de tirar los dados y ver simplemente qué ocurre, o de empujar la situación existente, tantear los límites y comprobar cuánto aguantan, y si lo hacen. Todos esos tipos no se llevan demasiado bien entre sí: como dije antes, están continuamente peleándose, y es cada uno de ellos el que, dentro de mí, trata de convencer a los demás de que, si he hecho lo que he hecho, ha sido empujado por él, no por los otros.

Es como esos montajes fotográficos en los que vemos un rostro humano cada uno de cuyos elementos es, a su vez, un rostro humano. Si analizamos la fotografía de cerca, vemos que todos esos pequeños rostros que componen el retrato son totalmente diversos y cada uno tiene unos rasgos concretos y definidos que lo diferencia de los demás: unos son blancos, otros negros; unos, jovenes y otros, viejos; unos son de hombre; otros, de mujer; algunos, de niños. Pero cuando alcanzamos la distancia suficiente, todos esos elementos dispares, contradictorios, enfrentados, terminan por componer un rostro único con unas facciones reconocibles y una expresión definida. Supongo que si cada uno de esas fotografías que componen la fotografía final tuviera voz y voluntad, intentaría convencer al fotógrafo de que es ella, y no las demás, la que compone y da consistencia al resultado.

Con lo cual, quizá eso de que somos una única persona quizá no sea una mentira ni una ilusión. Sino una simple cuestión de distancia. ¿Qué es real, al fin y al cabo, el sólido suelo que pisamos, o sus componentes, llenos de espacio vacío? Ambos son, no sólo igual de reales, sino igualmente necesarios para construirlo: y el que veamos uno u otro sólo depende de la distancia a la que enfoquemos nuestra mirada.

Por lo tanto, cada vez que hago algo (cada paso que doy, cada promesa que rompo, cada movimiento que hago, como en la canción de The Police) es cierto que hay muchas personas enfrentadas tras mi decisión, pero no lo es menos que hay una sola (una sola que quizá no exista, pero sin la que las demás carecerían de sentido) que hace que la suma de todas ellas tenga propósito, coherencia y pueda funcionar y relacionarse con los demás. Unos demás que, no lo olvidemos, también son una amalgama que cree ser uno solo.

Como ocurre casi siempre, todo esto que acabo de decir, ha sido mejor expresado (y de una forma mucho más concisa) hace ya bastante tiempo. Al fin y al cabo, como dijo Walt Whitman:

Do I contradict myself?
Then I contradict myself.
I am large. I contain multitudes.

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