Cuidado con los idus de julio (D’artagnan tarda en ser nombrado mosquetero)

A veces parece que no pasa nada, aunque pase.

A veces, sentada en medio de ninguna parte, todos los caminos confluyen hacia ti, pero no llevan a ningún lado.

A veces parecería que todo está a punto de pasar, pero no termina de hacerlo, como si todo a tu alrededor estuviera conteniendo el aliento, aguardando algo que nadie sabe quién es.

A veces todo cuando te rodea es una prisión gigantesca, inacabable, inabarcable. Y estás sola dentro de sus muros. Recorres salones que siempre han estado vacíos, subes escaleras por las que nadie transita jamás, llegas al final de pasillos que nunca se han usado, entras en comedores donde nadie comerá, te asomas a celdas de aislamiento en la que nadie nunca se ha sumido en la desesperación.

A veces sientes la necesidad irreprimible de golpear algo, a alguien, cualquier cosa. De dirigir hacia no sábes donde una rabia que no sabes de dónde te viene.

A veces todo parece una conspiración en la que no interviene nadie.

A veces la noche es un enemigo, y la cama un territorio demasiado desolado que no compartes con nadie.

A veces sientes que estás perdiendo una guerra en la que no ha habido batallas. Que ganas combates en los que el enemigo no ha querido luchar.

A veces nada de lo que hay a tu alrededor parece ser suficiente; otras, es demasiado.

A veces tú misma eres tu peor enemigo.

A veces el tiempo es un engaño, el espacio una fachada; el mundo, una obra de la que nadie se atreve a escribir el libreto y en la que estás sola en medio de un escenario vacío.

A veces tus ojos se llenan de preguntas que no están seguras de querer ser respondidas.

Y, a veces, simplemente…

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