El pulgar de Miguelito (2)

Hace unos años, en mi antigua página web, escribí una columna de opinión titulada así, El pulgar de Miguelito. En ella usaba una referencia a una tira de Mafalda para hablar de la falta de perspectiva con la que, a menudo, la gente se contempla a sí misma y a su trabajo. La historia de la tira era más o menos como sigue: Miguelito está mirando un edificio lejano. Pone el pulgar ante los ojos y se da cuenta de que ve el pulgar más grande que el edificio. Llega Mafalda y Miguelito le comenta lo que ha pasado. Mafalda pregunta: «¿Sabes por qué es?» esperando quizá que su amigo le conteste que si la distancia, la perspectiva y todas esas cosas. Pero en lugar de eso, Miguelito responde: «Claro, porque el pulgar es mío y me importa mucho más».

A veces me da por bucear en los blogs de otras personas. Visito bastante a menudo el de Rafael Marín y, con una frecuencia no mucho menor, el de Iván Olmedo. Últimamente he empezado a dejarme caer por el de Blanca Martínez, a la espera de que vaya creciendo y se vuelva, como sin duda pasará, cada vez más interesante. Pero también entro en otros, más esporádicamente es cierto, pero me gusta ver lo que se cuece por ahí de vez en cuando.

Hace un par de días entré en uno de esos blogs donde su administrador, que aspira a convertirse en escritor (aunque se comporta, no sólo como si ya lo fuera, sino como si él y Faulkner fueran las únicas figuras a tener en cuenta en los últimos cien años de la historia de la literatura) se lamentaba de no haber quedado finalista en un premio de relatos al que se había presentado.

Nada que objetar al lamento. Todos ponemos nuestra ilusión en lo que hacemos, y aspiramos a que esa ilusión sea compartida por los demás, y que nuestro trabajo se aprecie. Así que, cuando no lo conseguimos, es normal que no nos siente demasiado bien.

Sin embargo, lo curioso del lamento no era éste en sí, sino la actitud, el «tono» en el que estaba escrito. El autor del comentario consideraba las distintas posibilidades por las que su cuento no había pasado a la final. Entre ellas estaban la de que quizá había resultado demasiado corto, o de que su «prosa poética» (sic) no hubiera sido del agrado del jurado o, finalmente, que pasara desapercibido entre los centenares de cuentos que se habían presentado. En ningún caso se consideraba la posibilidad de que el jurado lo hubiera leído y hubiera considerado, simplemente, que no tenía calidad suficiente para pasar a la final. Que el cuento les hubiera parecido malo: mal escrito, mal contado, mal estructurado, mal desarrollado… No, por fuerza el motivo por el que el relato no había quedado finalista tenía que ser algo ajeno al propio cuento: el fallo estaba, en todo caso, en el jurado o en el proceso de selección, nunca en lo que este hombre había escrito.

A partir de ahí, la entrada en el blog se volvía muy divertida, por llamarla de algún modo. El autor alzaba la cabeza, arrugaba la nariz y arremetía, en un tono de aristocrático desprecio (lo que yo llamo «el síndrome de Oscar Wilde», con la diferencia de que Wilde tenía talento suficiente para que le pudiéramos perdonar esa actitud, y este hombre todavía no ha demostrado tenerlo) contra las toneladas de «literatura inconclusa, informe e imperfecta» que pueblan nuestro mundo. Una «literatura inconclusa, informe e imperfecta» en la que, por supuesto, no estaba incluida la suya, faltaría más. Con esa actitud de «yo soy un artista, estoy por encima de esa basura y, causa de mi especial sensibilidad, es inevitable que el vulgo ni me comprenda ni sepa apreciar mi obra» nuestro blogero seguía eyaculando palabras durante un par de párrafos más, hasta terminar con lo que él debía considerar una profunda, a la par que original, reflexión sobre el tiempo y la literatura.

Supongo que en esta época del «todo vale» de «todas las opiniones tienen el mismo peso», de aspiraciones a un triunfo rápido y sin esfuerzo, no debería sorprenderme esa falta de perspectiva y de autocrítica. Pero, qué queréis, soy un ingenuo y me sigue sorprendiendo. Siempre he creído que una de las herramientas básicas de un escritor es la capacidad de autoanálisis necesaria para ser el juez más implacable y cruel posible de su propia obra, para que ningún crítico, por duro que sea, por mucho que se ensañe con lo que has escrito, sea capaz de juzgar con tanta dureza lo que escribes como tú mismo.

En lugar de eso, mejor caer en la autoindulgencia, en considerarte un genio en ciernes y echarle la culpa de que no puedas publicar, no ganes premios o lo que escribas no guste, siempre a los demás, nunca a ti mismo. Tú eres bueno, muy bueno, eso está claro: es el punto de partida incontrovertible, la premisa innegable a partir de la cual construyes todo tu armazón mental, tu proceso lógico. Puesto que tu calidad es un axioma, cuando esa calidad no es reconocida por los demás es inevitable llegar a la conclusión de que donde está el fallo es en los demás.

Bien, allá cada uno. Como decíamos cuando yo era adolescente «otros peinan bombillas, o chupan candados». Si eres feliz así, cerrando los ojos a la posibilidad de que puedas estar equivocado, pensando que los demás no disfrutan de lo que escribes porque carecen de gusto, no tienen cultura suficiente o, directamente, son unos envidiosos, pues adelante, hombre, no te cortes. Que lo disfrutes.

Que tú y tu pulgar lo paséis bien, convencidos de lo enormes que sois ambos. Al fin y al cabo, qué coño sabrá la realidad de esas cosas, ¿no?

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