Ese perezoso cretino derrotista

Tirar la toalla. Interesante concepto.

Y una tentación muy grande. Dentro de mí hay un individuo apático, perezoso y cobarde que estaría encantado de dejarse llevar por la rutina, pasarse el día tumbado en el sofá sin hacer más ejercicio que el requerido para cambiar de canal con el mando a distancia y, sobre todo, quitarse de encima problemas tales como tener que tomar decisiones, asumir responsabilidades o plantearse qué va a hacer, no ya al día siguiente, sino dentro de cinco minutos.

Y a veces ese tipo gana.

A veces se hace con el control, me lleva donde él quiere (es decir, a ninguna parte) y paso temporadas enteras tomando siempre el camino más fácil entre todos los posibles. Eso tiene varias consecuencias: dejar languidecer relaciones que son importantes y sin las que mi vida no estaría completa, pasarme meses enteros sin escribir nada o, cuando lo hago, no esforzarme lo suficiente y confiar en que, a base de oficio y buena suerte, todo salga bien y termine encajando como debe.

Por suerte, sólo gana batallas. Y, de momento, la guerra va perdiéndola.

Sin embargo… a veces está a punto de alzarse con el triunfo total, de convencerme de que, qué coño, al fin y al cabo todo esto no merece la pena y que me estoy esforzando para nada. Que, al final, nunca voy a pasar de ser un escritorcillo medianamente competente pero tampoco nada del otro jueves; un artesanillo eficaz pero sin alharacas. Y que, desde luego, puedo ir olvidándome de que me lean más allá de un puñado de personas o de que lo que escriba deje una huella permanente entre mis lectores. Eres del montón, chico, me dice: bueno, pero no lo suficiente. Y nunca lo serás.

A lo largo de mi vida, ha estado a punto de convencerme de eso unas cuantas veces. Ha tenido la victoria al alcance de la mano y siempre se le ha escapado por un pelo.

Y, si lo pienso ahora, el mérito de su derrota no me corresponde a mí. No totalmente al menos. Evidentemente, he tenido que poner algo de mi parte, y al final soy yo quien me enfrento a ese perezoso cretino derrotista, le hago frente y le obligo a volver a las sombras, donde sigue incordiando pero, al menos, no se hace con el control.

Supongo que, en parte, he encontrado las fuerzas para hacer eso porque, para mí, escribir ha sido siempre una de las mayores fuentes de placer de mi vida. Al contrario que otros escritores (que disfrutan creando pero que odian el proceso concreto de escribir, y que incluso lo pasan mal escribiendo) para mí escribir siempre ha sido enormemente divertido. Y, de hecho, el impulso primario que me mueve a hacerlo es lo bien que me lo paso; lo bien que me lo paso desarrollando una idea, estructurándola, creando personajes adecuados a ella, buscando el tono que mejor le vaya… y, desde luego, escribiéndola. Hasta el extremo de que, a estas alturas, se ha convertido en algo parecido en una adicción: soy un yonqui de la literatura y, por más que quisiera, no podría dejar de escribir, de inventarme nuevas historias y tratar de darles forma a través de las palabras. Aunque tratara de abandonar, de rendirme, dudo mucho que pudiera.

Pero, claro, eso es sólo una parte de la ecuación. Porque el perezoso cretino derrotista no es precisamente tonto. Me conoce bien y es astuto. Y, llegado el momento, cuando se da cuenta de que no puede convencerme de que deje de escribir, sí que se las puede apañar para que tome el camino fácil, no me esfuerce lo suficiente y siga el camino de menor resistencia, sin molestarme en tratar de hacerlo mejor que la vez anterior, sin preocuparme de buscar nuevos lugares literarios donde no había estado antes, sin arriesgarme a hacer cosas que no sé si sabré hacer pero que merece la pena intentar. En resumen, que haga lo que ya sé y me limite a cumplir.

Por suerte (y pese a ocasionales victorias) termina perdiendo a la larga. Y ahí es donde no puedo atribuirme el mérito. Ninguno.

Porque si no me he rendido, si no he tirado la toalla y dejado que el perezoso cretino derrotista se salga con la suya, no ha sido por mi fuerza de carácter o mi empeño en hacer las cosas como se deben. No he sido yo quien lo ha vencido: sino otros. Personas lo bastante importantes para mí, personas sin las que mi vida no está completa y a las que no me atrevería a mirar a la cara si me limitase a “cumplir” y tomar el camino fácil.

Son ellas las que vencen al perezoso cretino derrotista, las que lo ponen en fuga y lo obligan a retroceder hasta el cuarto más oscuro de mi mente y lo tienen allí, muerto de miedo y sin atreverse a salir. A veces lo hacen sin ser conscientes de que lo están haciendo: su sola presencia, el saber que están ahí y que no puedo permitirme el lujo de decepcionarlas, es más que suficiente. Otras luchan por mí, pese a las difultades que a menudo yo mismo pongo en su camino, y con garras y dientes, llenas de desesperación y de un amor rabioso que no tiene nada que envidiar al de una leona defendiendo sus cachorros, me apartan del camino fácil y me ponen en la senda correcta.

Iba a decir que nunca se lo he agradecido lo suficiente. En realidad, debería decir, simplemente, que nunca se lo he agradecido. Quizá no lo necesitan; es posible que ni siquiera lo deseen: que el único agradecimiento por mi parte que esperan es que no me rinde, continúe trabajando y esforzándome. Sí, seguro que sí.

Sin embargo, poco importa que quieran o no mi agradicimiento. Lo tienen. Lo tendrán siempre. Y, qué demonios, es hora ya de que se lo exprese.

No son muchas personas. Tan sólo un puñado. Tampoco hace falta que sean muchas más. Están ahí y sé que no se van a ir. En ocasiones, la distancia, la vida o las dos, nos han separado o nos separan. En otras, están justo en la habitación de al lado.

Como decía, no son muchas. Aunque quizá más de las que merezco, quién sabe. En cualquier caso, no voy a quejarme por haber tenido suerte. No soy tan hipócrita. De esas personas hay tres que, cada una a su particular manera, con sus peculiares circunstancias y su presencia concreta, destacan sobre todas las demás.

No les voy a decir gran cosa. Sólo gracias.

Marta. Blanca.

Marisa.

Gracias.

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