Microrrelato
Viernes, Julio 29th, 2005 Pertenece a Para leer, µ | Sin comentar »Mi buen amigo Iván Olmedo es un gran aficionado, casi diría que un fanático de los microrrelatos. De hecho, ha publicado ya unos cuantos y parece que piensa seguir publicando más.Es algo que nunca me había planteado, salvo hace muchos años. Cuando era joven, no necesariamente feliz, e indocumentado y estaba empezando en esto de la literatura escribí un relato de tres párrafos titulado “Elecciones” que posteriormente mi amigo Antonio Fontela convirtió en un comic para el fanzine que editábamos por aquel entonces: Extrange Aparatus
Esta mañana, mientras me libraba de los últimos restos del sueño, se me ha ocurrido una idea bastante tonta, una especie chiste cruel, en realidad. Su plasmación en palabras es breve. Así que, ahí va, mi primer microrrelato en más de veinticinco años:
Juan Abadía era infeliz. Profundamente. El mundo entero parecía conspirar para convertirlo en un pobre diablo atormentado al que las cosas nunca le salían bien. Cada plan que tramaba, cada estrategia que maquinaba terminaba volviéndose contra él. Se sentía como una especie de reverso tenebroso del Rey Midas. Y la sensación, por decirlo usando un eufemismo, no era cómoda.
Así que decidió hacer un pacto con el Diablo. Ya sabéis: el pentagrama, la invocación, el ofrecimiento del alma. El Diablo, por supuesto, era un tipo trajeado, elegante y extremadamente educado con el pelo peinado hacia atrás y los ojos color miel. No podía ser de otro modo.
-Acepto tu alma -dijo-. No es que sea gran cosa, pero siempre puedo encontrarle alguna utilidad. ¿Qué quieres a cambio?
Juan Abadía no necesitó pensárselo para responder:
-Quiero vivir en un mundo hecho a mi medida.
El Diablo casi sintió pena (pero sólo casi, al fin y el cabo era el Diablo) cuando le dijo:
-Ya vives en él. Desde que naciste.
Silencios
Martes, Julio 19th, 2005 Pertenece a Mi misma mismidad, Paranoias | Sin comentar »El mundo está lleno de silencios.
Hay silencios tras los que se ocultan tormentas, secretos, misterios, miedos y esperanzas.
Hay silencios que no son más que vacío.
Hay silencios que están llenos de gritos.
Silencios que no acaban. Que no empiezan jamás.
Silencios en los que puedo descansar para siempre, tranquilo, en calma, como si todo a mi alrededor encajara y las preguntas no necesitaran respuesta alguna.
Silencios que son una herida abierta.
Silencios por los que navego como si me pertenecieran, y en el que las tormentas no son más que una amenaza lejana que no me inquieta.
El mundo está lleno de silencios.
Algunos los conozco. Otros, los temo. Otros, los deseo.
En algunos, un eco distante se desliza en ritmos incomprensibles que hacen que mi cuerpo no desee nada más.
Y en unos, al fin, me doy cuenta de que he llegado a casa, y no quiero irme nunca más.
Silencios. El mundo está lleno de ellos.
Me reconozco en algunos, me temo en otros.
Los hay que son tan parecidos a mí mismo que la sensación de sentirme duplicado es más real que el mundo que me rodea.
Y en otros, estás tú.
Soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo
Sábado, Julio 16th, 2005 Pertenece a Mi misma mismidad, Paranoias | Sin comentar »Es posible que esto ya lo haya comentado más de una vez, incluso aquí mismo. Sin embargo, es un tema sobre el que no puedo evitar volver de vez en cuando, cada vez que los distintos acontecimientos de mi vida me hacen empezar a analizar mis actos, pensamientos y motivaciones.
Basamos toda nuestra vida en una mentira inconsciente, en una ilusión no expresada en voz alta, en una convención que no nos molestamos en analizar. La de que somos uno solo, de que existe realmente un “yo” único e indivisible que es lo que nos define.
Es, curiosamente, una mentira que es cierta (y no es la única), al menos allí donde realmente importa: funciona. Sin ella no seríamos capaces de movernos por el mundo, relacionarnos con los demás o construir esa otra mentira maravillosa (uno de los pocos conceptos morales realmente útiles que ha aportado el cristianismo a nuestra civilización) llamada libre albedrío y que permite, en realidad exige, que seamos responsables de nuestros actos y asumamos las consecuencias de ellos.
Sin embargo, por útil y necesaria que sea, no deja de ser una mentira.
Cada vez que hacemos, decidimos, pensamos o planeamos no es una única persona la que está detrás de ello. Dentro de nosotros, viviendo en continua tensión, en una lucha interminable en la que no parece haber vencedor claro hay docenas de personas distintas, cada una con sus propios motivos y planes, intentando salirse con la suya. A veces su objetivo final coincide, pero incluso en esos casos, no siempre lo quieren alcanzar por los mismos motivos.
Tengo cierta tendencia (hay quien dice que exagerada) a analizar minuciosamente todo cuanto hago o pienso: escudriño los detalles, me detengo en cada paso del proceso y trato de reconstruir el modo en que he llegado a hacer, decir o maquinar cada cosa. Supongo que, en cierta medida, es consecuencia de mi trabajo como escritor; aunque a veces no tengo muy claro si mi tendencia a la introspección está causada por ser un escritor o si he acabado siendo un escritor por culpa de esa tendencia. Tampoco es que importe mucho: a menudo la causalidad es una maraña tan enredada, tan llena de bucles, recovecos y vueltas que tratar de desentrañarla no sólo es inútil, sino imposible.
En cualquier caso, esa manía mía hace que, sobre todo en mis decisiones importantes, me cuestione el modo en que he llegado a ellas y especialmente, qué ha intervenido en el proceso. Y, por lo general, suelo descubrir que no hay un solo motivo detrás de lo que he hecho. Que algo en apariencia tan sencillo como escribir y publicar un poema, por ejemplo, aparentemente motivado tan sólo por el deseo de expresar mediante imágenes una serie de reflexiones o sentimientos y luego compartirlas públicamente puede tener detrás muchas otras cosas: una estrategia, por ejemplo, (una estrategia nebulosa, imprecisa, pero paradójicamente, no por ello menos clara en su objetivo final) para alcanzar un fin o, muchas veces, varios fines distintos, no siempre compatibles o tan siquiera relacionados entre sí. Y tras cada una de esas estrategias en busca de un fin, hay distintas personas: algunas mezquinas; otras, frías y calculadoras; otras, quizá rabiosas, tal vez hambrientas; otras más, puede que (y eso siempre me sorprende, aunque a estas altura no debería) movidas por el deseo no expresado de proteger, tranquilizar, evitar daños inevitables a personas a las que quieres; algunas con ganas de tirar los dados y ver simplemente qué ocurre, o de empujar la situación existente, tantear los límites y comprobar cuánto aguantan, y si lo hacen. Todos esos tipos no se llevan demasiado bien entre sí: como dije antes, están continuamente peleándose, y es cada uno de ellos el que, dentro de mí, trata de convencer a los demás de que, si he hecho lo que he hecho, ha sido empujado por él, no por los otros.
Es como esos montajes fotográficos en los que vemos un rostro humano cada uno de cuyos elementos es, a su vez, un rostro humano. Si analizamos la fotografía de cerca, vemos que todos esos pequeños rostros que componen el retrato son totalmente diversos y cada uno tiene unos rasgos concretos y definidos que lo diferencia de los demás: unos son blancos, otros negros; unos, jovenes y otros, viejos; unos son de hombre; otros, de mujer; algunos, de niños. Pero cuando alcanzamos la distancia suficiente, todos esos elementos dispares, contradictorios, enfrentados, terminan por componer un rostro único con unas facciones reconocibles y una expresión definida. Supongo que si cada uno de esas fotografías que componen la fotografía final tuviera voz y voluntad, intentaría convencer al fotógrafo de que es ella, y no las demás, la que compone y da consistencia al resultado.
Con lo cual, quizá eso de que somos una única persona quizá no sea una mentira ni una ilusión. Sino una simple cuestión de distancia. ¿Qué es real, al fin y al cabo, el sólido suelo que pisamos, o sus componentes, llenos de espacio vacío? Ambos son, no sólo igual de reales, sino igualmente necesarios para construirlo: y el que veamos uno u otro sólo depende de la distancia a la que enfoquemos nuestra mirada.
Por lo tanto, cada vez que hago algo (cada paso que doy, cada promesa que rompo, cada movimiento que hago, como en la canción de The Police) es cierto que hay muchas personas enfrentadas tras mi decisión, pero no lo es menos que hay una sola (una sola que quizá no exista, pero sin la que las demás carecerían de sentido) que hace que la suma de todas ellas tenga propósito, coherencia y pueda funcionar y relacionarse con los demás. Unos demás que, no lo olvidemos, también son una amalgama que cree ser uno solo.
Como ocurre casi siempre, todo esto que acabo de decir, ha sido mejor expresado (y de una forma mucho más concisa) hace ya bastante tiempo. Al fin y al cabo, como dijo Walt Whitman:
Do I contradict myself?
Then I contradict myself.
I am large. I contain multitudes.
Life is what happens while you’re busy making other plans
Viernes, Julio 15th, 2005 Pertenece a Para leer, Poemas | Sin comentar »Tras tus ojos el presente se derrama incontenible
y temes que el futuro se convierta
en una herida abierta para siempre.
En el borde de tus labios
hay huestes de silencios aterrados
que buscan, temblorosos, su camino hasta mi boca.
El miedo y el alivio se desbocan en tu rostro.
Sabes poco y temes demasiado:
el mañana es un relato que no sabes quién escribirá.
Planes. Promesas. Temores. Deseos.
Ninguno se va a cumplir como crees
y todos lo harán.
Pero en ese futuro que nadie se atreve a mirar,
cada vez que tropieces,
podrás encontrarme.
Encrucijada
Miércoles, Julio 13th, 2005 Pertenece a Para leer, Poemas | Sin comentar »Can you hear what I’m saying?
Well I’m hoping, I’m dreamin’, I’m prayin’
I know what you’re thinkin’
See what you’re seein’
-Hodgson & Davies-
La rabia, una herida abierta.
Pensamientos afilados
clavan dedos insaciables en tu sueño
y abren en tu carne surcos de mentiras.
Sospechas. Certezas.
El futuro se vuelve un laberinto
lleno de caminos imposibles.
Nadie los recorre.
Estás solo,
acechado por historias que has creado en el silencio
y no sabes dónde acaban.
O si empiezan.
El enemigo está dentro,
y no deja de tramar planes absurdos
para días que no van a suceder.
Historias. Mentiras. Promesas.
La rabia, una herida roja.
Cuidado con los idus de julio (D’artagnan tarda en ser nombrado mosquetero)
Lunes, Julio 11th, 2005 Pertenece a Mi misma mismidad, Paranoias | Sin comentar »A veces parece que no pasa nada, aunque pase.
A veces, sentada en medio de ninguna parte, todos los caminos confluyen hacia ti, pero no llevan a ningún lado.
A veces parecería que todo está a punto de pasar, pero no termina de hacerlo, como si todo a tu alrededor estuviera conteniendo el aliento, aguardando algo que nadie sabe quién es.
A veces todo cuando te rodea es una prisión gigantesca, inacabable, inabarcable. Y estás sola dentro de sus muros. Recorres salones que siempre han estado vacíos, subes escaleras por las que nadie transita jamás, llegas al final de pasillos que nunca se han usado, entras en comedores donde nadie comerá, te asomas a celdas de aislamiento en la que nadie nunca se ha sumido en la desesperación.
A veces sientes la necesidad irreprimible de golpear algo, a alguien, cualquier cosa. De dirigir hacia no sábes donde una rabia que no sabes de dónde te viene.
A veces todo parece una conspiración en la que no interviene nadie.
A veces la noche es un enemigo, y la cama un territorio demasiado desolado que no compartes con nadie.
A veces sientes que estás perdiendo una guerra en la que no ha habido batallas. Que ganas combates en los que el enemigo no ha querido luchar.
A veces nada de lo que hay a tu alrededor parece ser suficiente; otras, es demasiado.
A veces tú misma eres tu peor enemigo.
A veces el tiempo es un engaño, el espacio una fachada; el mundo, una obra de la que nadie se atreve a escribir el libreto y en la que estás sola en medio de un escenario vacío.
A veces tus ojos se llenan de preguntas que no están seguras de querer ser respondidas.
Y, a veces, simplemente…
De asturconis misteriis
Sábado, Julio 9th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, Crónicas | Sin comentar »
Desde hace tres años, un grupo de locos asturianos nos venimos embarcando en la organización de unos modestos encuentros de ciencia ficción y fantasía dentro de la Semana Negra de Gijón. A esos dos o tres días que aprovechamos para reunirnos con amigos de toda España, comer, preparar unas mesas rendondas, comer, pasear por el recinto de esa feria gigantesca que es la Semana Negra, comer, comprar libros, comer, asaltar a nuestros autores favoritos, comer, charlar sobre nuestras cosas, comer, organizar un concurso de cuentos y, finalmente, comer, los hemos llamado AsturCon.
La de este año empezó ayer mismo de forma extraoficial, como hace casi siempre: fueron muchos los que llegaron, se reunieron en la Semana Negra y, sorprendentemente, quedaron para cenar.
Hoy darán comienzo, dentro de un par de horas, las distintas actividades de esta AsturCon: una mesa redonda en la que estarán presentes algunos de los mejores portadistas del género fantástico, otra dedicada a ese mundo casi desconocido que es la literatura fantástica para niños y jóvenes, una conferencia sobre el diseño y modelado de miniaturas metálicas, presentaciones de libros, sesiones de firmas y, por supuesto, comidas, cenas, desayunos y la ya tradicional cena oficial en un llagar cercano a la ciudad.
Van a ser tres días durante los que no es que vaya a dormir mucho. Pero, al fin y al cabo, quién lo necesita.
Supongo que lo lógico sería que, a mis cuarenta, dejara de meterme en estas cosas, me limitara a ejercer de figura respetable en el género y dejara que otros, si están lo bastante locos para ello, se pusieran a organizar saraos como éste. Sí, claro, lo lógico. Qué demonios es eso de la lógica. Y, además, a quien le importa.
Al fin y al cabo, ya lo dijo Paul Simon: “I’m still crazy after all these years”. Y que dure la locura, y que no perdamos las ganas de hacer cosas, qué demonios.
Generalmente, por eso de que soy un autor más o menos conocido dentro del mundillo de la literatura fantástica y de ciencia ficción, me toca ejercer de figura visible durante la AsturCon, lo que hace que el trabajo de personas como Belinda, Carolina, Javi, Iván, Marisa, Germán, Chus o Sergio pase desapercibido, cosa que es totalmente injusta, ya que a menudo son ellos los que hacen el verdadero trabajo, el realmente difícil, ese que no es visible pero sin el cual las cosas no funcionarían.
Y, por supuesto, todos esos amigos que no están oficialmente en la organización del asunto, pero nos echan una mano, como Chus Parrado, como Jorge Iván, como Paloma. Sin ellos es posible que la cosa funcionara, pero tengo mis dudas.
En cualquier caso, y mientras termino de despejarme con un café, trato de abrir los ojos sin que la luz me hiera demasiado y empiezo a saturar mi organismo de nicotina (y de alquitrán y de amoniaco, y de sabe Dios cuántas cosas más), me pongo a repasar lo que nos espera hoy, lo que puede pasar mañana y todas las cosas que pueden ir saliendo mal a lo largo del proceso. Son muchas. Muchísimas.
Sin embargo, no puedo por menos que recordar una frase de Shakespeare in love: “Al final todo se arregla. ¿Cómo? No lo sé, es un misterio”.
Y qué sería la vida sin unos cuantos misterios, ¿no?
El pulgar de Miguelito (2)
Jueves, Julio 7th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | Sin comentar »Hace unos años, en mi antigua página web, escribí una columna de opinión titulada así, El pulgar de Miguelito. En ella usaba una referencia a una tira de Mafalda para hablar de la falta de perspectiva con la que, a menudo, la gente se contempla a sí misma y a su trabajo. La historia de la tira era más o menos como sigue: Miguelito está mirando un edificio lejano. Pone el pulgar ante los ojos y se da cuenta de que ve el pulgar más grande que el edificio. Llega Mafalda y Miguelito le comenta lo que ha pasado. Mafalda pregunta: «¿Sabes por qué es?» esperando quizá que su amigo le conteste que si la distancia, la perspectiva y todas esas cosas. Pero en lugar de eso, Miguelito responde: «Claro, porque el pulgar es mío y me importa mucho más».
A veces me da por bucear en los blogs de otras personas. Visito bastante a menudo el de Rafael Marín y, con una frecuencia no mucho menor, el de Iván Olmedo. Últimamente he empezado a dejarme caer por el de Blanca Martínez, a la espera de que vaya creciendo y se vuelva, como sin duda pasará, cada vez más interesante. Pero también entro en otros, más esporádicamente es cierto, pero me gusta ver lo que se cuece por ahí de vez en cuando.
Hace un par de días entré en uno de esos blogs donde su administrador, que aspira a convertirse en escritor (aunque se comporta, no sólo como si ya lo fuera, sino como si él y Faulkner fueran las únicas figuras a tener en cuenta en los últimos cien años de la historia de la literatura) se lamentaba de no haber quedado finalista en un premio de relatos al que se había presentado.
Nada que objetar al lamento. Todos ponemos nuestra ilusión en lo que hacemos, y aspiramos a que esa ilusión sea compartida por los demás, y que nuestro trabajo se aprecie. Así que, cuando no lo conseguimos, es normal que no nos siente demasiado bien.
Sin embargo, lo curioso del lamento no era éste en sí, sino la actitud, el «tono» en el que estaba escrito. El autor del comentario consideraba las distintas posibilidades por las que su cuento no había pasado a la final. Entre ellas estaban la de que quizá había resultado demasiado corto, o de que su «prosa poética» (sic) no hubiera sido del agrado del jurado o, finalmente, que pasara desapercibido entre los centenares de cuentos que se habían presentado. En ningún caso se consideraba la posibilidad de que el jurado lo hubiera leído y hubiera considerado, simplemente, que no tenía calidad suficiente para pasar a la final. Que el cuento les hubiera parecido malo: mal escrito, mal contado, mal estructurado, mal desarrollado… No, por fuerza el motivo por el que el relato no había quedado finalista tenía que ser algo ajeno al propio cuento: el fallo estaba, en todo caso, en el jurado o en el proceso de selección, nunca en lo que este hombre había escrito.
A partir de ahí, la entrada en el blog se volvía muy divertida, por llamarla de algún modo. El autor alzaba la cabeza, arrugaba la nariz y arremetía, en un tono de aristocrático desprecio (lo que yo llamo «el síndrome de Oscar Wilde», con la diferencia de que Wilde tenía talento suficiente para que le pudiéramos perdonar esa actitud, y este hombre todavía no ha demostrado tenerlo) contra las toneladas de «literatura inconclusa, informe e imperfecta» que pueblan nuestro mundo. Una «literatura inconclusa, informe e imperfecta» en la que, por supuesto, no estaba incluida la suya, faltaría más. Con esa actitud de «yo soy un artista, estoy por encima de esa basura y, causa de mi especial sensibilidad, es inevitable que el vulgo ni me comprenda ni sepa apreciar mi obra» nuestro blogero seguía eyaculando palabras durante un par de párrafos más, hasta terminar con lo que él debía considerar una profunda, a la par que original, reflexión sobre el tiempo y la literatura.
Supongo que en esta época del «todo vale» de «todas las opiniones tienen el mismo peso», de aspiraciones a un triunfo rápido y sin esfuerzo, no debería sorprenderme esa falta de perspectiva y de autocrítica. Pero, qué queréis, soy un ingenuo y me sigue sorprendiendo. Siempre he creído que una de las herramientas básicas de un escritor es la capacidad de autoanálisis necesaria para ser el juez más implacable y cruel posible de su propia obra, para que ningún crítico, por duro que sea, por mucho que se ensañe con lo que has escrito, sea capaz de juzgar con tanta dureza lo que escribes como tú mismo.
En lugar de eso, mejor caer en la autoindulgencia, en considerarte un genio en ciernes y echarle la culpa de que no puedas publicar, no ganes premios o lo que escribas no guste, siempre a los demás, nunca a ti mismo. Tú eres bueno, muy bueno, eso está claro: es el punto de partida incontrovertible, la premisa innegable a partir de la cual construyes todo tu armazón mental, tu proceso lógico. Puesto que tu calidad es un axioma, cuando esa calidad no es reconocida por los demás es inevitable llegar a la conclusión de que donde está el fallo es en los demás.
Bien, allá cada uno. Como decíamos cuando yo era adolescente «otros peinan bombillas, o chupan candados». Si eres feliz así, cerrando los ojos a la posibilidad de que puedas estar equivocado, pensando que los demás no disfrutan de lo que escribes porque carecen de gusto, no tienen cultura suficiente o, directamente, son unos envidiosos, pues adelante, hombre, no te cortes. Que lo disfrutes.
Que tú y tu pulgar lo paséis bien, convencidos de lo enormes que sois ambos. Al fin y al cabo, qué coño sabrá la realidad de esas cosas, ¿no?
Ese perezoso cretino derrotista
Domingo, Julio 3rd, 2005 Pertenece a Mi misma mismidad, Paranoias | Sin comentar »Tirar la toalla. Interesante concepto.
Y una tentación muy grande. Dentro de mí hay un individuo apático, perezoso y cobarde que estaría encantado de dejarse llevar por la rutina, pasarse el día tumbado en el sofá sin hacer más ejercicio que el requerido para cambiar de canal con el mando a distancia y, sobre todo, quitarse de encima problemas tales como tener que tomar decisiones, asumir responsabilidades o plantearse qué va a hacer, no ya al día siguiente, sino dentro de cinco minutos.
Y a veces ese tipo gana.
A veces se hace con el control, me lleva donde él quiere (es decir, a ninguna parte) y paso temporadas enteras tomando siempre el camino más fácil entre todos los posibles. Eso tiene varias consecuencias: dejar languidecer relaciones que son importantes y sin las que mi vida no estaría completa, pasarme meses enteros sin escribir nada o, cuando lo hago, no esforzarme lo suficiente y confiar en que, a base de oficio y buena suerte, todo salga bien y termine encajando como debe.
Por suerte, sólo gana batallas. Y, de momento, la guerra va perdiéndola.
Sin embargo… a veces está a punto de alzarse con el triunfo total, de convencerme de que, qué coño, al fin y al cabo todo esto no merece la pena y que me estoy esforzando para nada. Que, al final, nunca voy a pasar de ser un escritorcillo medianamente competente pero tampoco nada del otro jueves; un artesanillo eficaz pero sin alharacas. Y que, desde luego, puedo ir olvidándome de que me lean más allá de un puñado de personas o de que lo que escriba deje una huella permanente entre mis lectores. Eres del montón, chico, me dice: bueno, pero no lo suficiente. Y nunca lo serás.
A lo largo de mi vida, ha estado a punto de convencerme de eso unas cuantas veces. Ha tenido la victoria al alcance de la mano y siempre se le ha escapado por un pelo.
Y, si lo pienso ahora, el mérito de su derrota no me corresponde a mí. No totalmente al menos. Evidentemente, he tenido que poner algo de mi parte, y al final soy yo quien me enfrento a ese perezoso cretino derrotista, le hago frente y le obligo a volver a las sombras, donde sigue incordiando pero, al menos, no se hace con el control.
Supongo que, en parte, he encontrado las fuerzas para hacer eso porque, para mí, escribir ha sido siempre una de las mayores fuentes de placer de mi vida. Al contrario que otros escritores (que disfrutan creando pero que odian el proceso concreto de escribir, y que incluso lo pasan mal escribiendo) para mí escribir siempre ha sido enormemente divertido. Y, de hecho, el impulso primario que me mueve a hacerlo es lo bien que me lo paso; lo bien que me lo paso desarrollando una idea, estructurándola, creando personajes adecuados a ella, buscando el tono que mejor le vaya… y, desde luego, escribiéndola. Hasta el extremo de que, a estas alturas, se ha convertido en algo parecido en una adicción: soy un yonqui de la literatura y, por más que quisiera, no podría dejar de escribir, de inventarme nuevas historias y tratar de darles forma a través de las palabras. Aunque tratara de abandonar, de rendirme, dudo mucho que pudiera.
Pero, claro, eso es sólo una parte de la ecuación. Porque el perezoso cretino derrotista no es precisamente tonto. Me conoce bien y es astuto. Y, llegado el momento, cuando se da cuenta de que no puede convencerme de que deje de escribir, sí que se las puede apañar para que tome el camino fácil, no me esfuerce lo suficiente y siga el camino de menor resistencia, sin molestarme en tratar de hacerlo mejor que la vez anterior, sin preocuparme de buscar nuevos lugares literarios donde no había estado antes, sin arriesgarme a hacer cosas que no sé si sabré hacer pero que merece la pena intentar. En resumen, que haga lo que ya sé y me limite a cumplir.
Por suerte (y pese a ocasionales victorias) termina perdiendo a la larga. Y ahí es donde no puedo atribuirme el mérito. Ninguno.
Porque si no me he rendido, si no he tirado la toalla y dejado que el perezoso cretino derrotista se salga con la suya, no ha sido por mi fuerza de carácter o mi empeño en hacer las cosas como se deben. No he sido yo quien lo ha vencido: sino otros. Personas lo bastante importantes para mí, personas sin las que mi vida no está completa y a las que no me atrevería a mirar a la cara si me limitase a “cumplir” y tomar el camino fácil.
Son ellas las que vencen al perezoso cretino derrotista, las que lo ponen en fuga y lo obligan a retroceder hasta el cuarto más oscuro de mi mente y lo tienen allí, muerto de miedo y sin atreverse a salir. A veces lo hacen sin ser conscientes de que lo están haciendo: su sola presencia, el saber que están ahí y que no puedo permitirme el lujo de decepcionarlas, es más que suficiente. Otras luchan por mí, pese a las difultades que a menudo yo mismo pongo en su camino, y con garras y dientes, llenas de desesperación y de un amor rabioso que no tiene nada que envidiar al de una leona defendiendo sus cachorros, me apartan del camino fácil y me ponen en la senda correcta.
Iba a decir que nunca se lo he agradecido lo suficiente. En realidad, debería decir, simplemente, que nunca se lo he agradecido. Quizá no lo necesitan; es posible que ni siquiera lo deseen: que el único agradecimiento por mi parte que esperan es que no me rinde, continúe trabajando y esforzándome. Sí, seguro que sí.
Sin embargo, poco importa que quieran o no mi agradicimiento. Lo tienen. Lo tendrán siempre. Y, qué demonios, es hora ya de que se lo exprese.
No son muchas personas. Tan sólo un puñado. Tampoco hace falta que sean muchas más. Están ahí y sé que no se van a ir. En ocasiones, la distancia, la vida o las dos, nos han separado o nos separan. En otras, están justo en la habitación de al lado.
Como decía, no son muchas. Aunque quizá más de las que merezco, quién sabe. En cualquier caso, no voy a quejarme por haber tenido suerte. No soy tan hipócrita. De esas personas hay tres que, cada una a su particular manera, con sus peculiares circunstancias y su presencia concreta, destacan sobre todas las demás.
No les voy a decir gran cosa. Sólo gracias.
Marta. Blanca.
Marisa.
Gracias.
