Empresarios

Llevo tiempo pensando que se necesita un cambio de mentalidad en el electorado. Un cambio que haga que dejemos de vernos como súbditos y empecemos a mirarnos a nosotros mismos como ciudadanos, que dejemos de ver a los gobernantes como «los que mandan» y empecemos a considerarlos nuestros subordinados.

O, si me apuráis un poco, nuestros empleados.

¿Por qué no? Consideremos el país una empresa cuyos accionistas son todos sus ciudadanos mayores de dieciocho años. Y veamos las elecciones como una ronda de selección de personal temporal cuyo contrato, dependiendo de lo que hayan hecho una vez elegidos para el puesto, podrá serles renovado o no.

Dejémosles claro que nosotros somos los empresarios. Y que los gobernantes no son otra cosa que nuestros empleados, puestos allí por nuestra voluntad y apartados del cargo cuando nos interese. Nosotros mandamos, no ellos. Nosotros decidimos, no ellos. Ellos están allí simplemente para gestionar nuestros recursos de forma adecuada. Y vale más que cumplan bien con su trabajo si no quieren que les echemos a la calle y se queden en el paro.

Es una forma de ver las cosas que, desde luego, no creo que les guste a los políticos: porque invierte el orden de la pirámide y pone arriba lo que hasta ahora estaba abajo. Pero es la visión adecuada, la que se ajusta realmente al concepto de «democracia»: que el poder reside en la ciudadanía y ésta se limita a delegar cuándo, cómo y en quien le convenga. Porque democracia no significa que haya elecciones para ver «quién manda». No se necesitan elecciones para eso ya que el propio concepto afirma que quienes mandamos somos nosotros.

Y en realidad el cambio que estoy proponiendo es muy simple. No hay que hacer nada que antes no hayamos hecho, tan sólo comprender que nosotros somos la autoridad, el gobierno, los que mandamos, y que ellos no son otra cosa que unos empleados bajo contrato temporal que están ahí para hacer lo que nosotros les digamos que hagan y no otra cosa. Y, cuando acudamos a las urnas, ir con ese pensamiento: vamos a contratar a unos tíos para ver qué tal nos gestionan la empresa. Y, como no lo hagan bien, los cambiamos por otros, que para eso es nuestra. Y al cuerno los sentimentalismos ideológicos o las lealtades de clase. Lo que importa es que me gestionen la empresa de forma eficaz y todos los accionistas obtengamos buenos dividendos. El resto son tonterías.

Me diréis que eso no va a cambiar nada. Bueno, quizá no, al menos al principio. Pero los grandes cambios a menudo empiezan por cosas pequeñas. Y un pequeño giro de mentalidad en la ciudadanía, si es el adecuado, puede traer a la larga consecuencias inesperadas. «Por una herradura se perdió el Reino», como dice el viejo cuento infantil inglés.

Quién sabe.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.