Aplicabilidad

Rodolfo Martínez, Justo E. Vasco

El pasado viernes, la librería gijonesa Ítaca acogió la presentación de Los sicarios del cielo. No es la primera vez que presento mi novela al público o a los medios, pero sí que era la primera presentación que hacía en casa, en la ciudad en la que vivo.

Se encargó de ella Justo E. Vasco, buen amigo, estupendo escritor y gran comunicador, capaz de sacarle el jugo, con enorme amenidad y desparpajo, a los asunto más increíbles. En este caso, fue mi obra la beneficiaria de sus dotes comunicativas, frente a algo más de una docena de gijoneses (muchos amigos y algunos desconocidos) que se habían acercado aquella tarde por la librería.

Justo, como era de esperar, hizo un estupendo trabajo. A lo largo de la presentación explicó su interpretación personal de la novela, los elementos de reflexión que ésta le había aportado. No sé si se me notó o no, pero en determinado momento tuve la sensación de que se me debía estar quedando cara de estúpido. La visión que Justo tenía de Los sicarios del cielo estaba tan alejada de lo que yo tenía en mente cuando escribí la novela que, durante unos instantes, me pareció que estaba hablando de otra obra; era una interpretación muy política, donde los ángeles no eran otra cosa que metáforas del totalitarismo (brillante, por cierto, la frase con la que Justo definió el término fascista: «aquel que prefiere el orden antes que la libertad») y los sicarios que daban título a la novela, esos fríos y eficientes asesinos, personificaciones del motivo por el que las dictaduras funcionan: el hecho de que la tentación de dejarte llevar, de permitir que otros tomen por ti las decisiones de tu vida sea tremendamente liberadora; elimina de tus hombros la carga de responsabilidad que conlleva el tomar decisiones y te permite tener la vida planificada y sin sobresaltos.

Nada de todo esto estaba en mi mente cuando escribía Los sicarios del cielo. No soy un escritor político. Lo que no significa, evidentemente, que no tenga unas ideas políticas determinadas sino que no creo que la literatura sea el lugar adecuado para ejercer de tribuna ideológica. Me interesa entretener a mi público, hacerle pasar unas horas agradables y, por supuesto, también invitar a la reflexión, plantear preguntas que resulten interesantes y sean merecedoras de darles un par de vueltas en la cabeza en busca de una respuesta. Pero el contenido político explícito, el usar la literatura con fines planfletarios, propagandísticos o ideológicos, es lo más alejado que existe a mis intenciones como escritor. Detesto algo así cuando lo detecto en la obra de otros, así que difícilmente voy a emprender ese camino en la propia.

Sin embargo, no pude desautorizar la interpretación de Justo. Básicamente porque me di cuenta, a medida que la explicaba y la argumentaba, que era correcta. Correcta, no porque coincidiera con mis intenciones como autor, sino porque el texto que yo había escrito, más allá de mis designios, permitía esa especulación y había en él elementos que avalaban las conclusiones a las que había llegado Justo. Es decir, mi novela no favorecía la interpretación política por encima de otras, pero sí que la permitía.

Es algo tonto, quizá, pero no puedo evitar un pequeño toque de orgullo. El hecho de que un texto escrito por mí sea lo bastante sugerente para permitir lecturas que yo no había previsto, interpretaciones que nunca estuvieron en mi ánimo, conclusiones con las que nunca conté significa que he hecho bien mis deberes como autor y que he generado una novela con los elementos adecuados para que, una vez tamizados por la experiencia y los esquemas mentales de cada lector, se generen cosas nuevas.

A esto Tolkien lo llamaba «aplicabilidad». Usaba el término como antítesis de «alegoría» y lo sacaba a colación cada vez que alguien acusaba a El señor de los anillos de ser una alegoría de esto, lo otro o lo de más allá. Un buen cuento, decía Tolkien, tiene infinitas interpretaciones posibles, es «aplicable» a la experiencia personal de cada lector. Una alegoría, por el contrario, sólo tiene un significado válido: aquel que el autor se ha empeñado en darle. Tolkien afirmaba encontrar la alegoría limitativa creativamente y más bien irritante. Y es una opinión que no puedo por menos que compartir.

Es evidente que no he escrito El señor de los anillos. Pero sí que me alegro de haber escrito, dentro de mis posibilidades, un cuento lo bastante bueno para que los demás encuentren en él cosas con las que yo no había contado.

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