¿Popularidad?

El otro día pasaban por televisión el resultado de una de esas encuestas que se hacen siempre que hay elecciones en el horizonte. En este caso concreto se refería, evidentemente, a las gallegas y comentaba que si este partido perdía tantos escaños, aquel otro ganaba no sé cuántos… Ese tipo de cosas. También se mencionaba cuáles eran, según el parecer de los encuestados, los líderes mejor considerados. Encabezaba la lista el candidato del PP, Manuel Fraga, seguido bastante de cerca por el del PSOE.

Hasta ahí, nada reseñable. Pero llega el momento de dar cifras y resulta que ese «líder mejor valorado» tiene una nota media de 5,2 (sobre 10). Es decir, estamos hablando de que en unas elecciones el político que tiene mejor imagen de cara a los electores está aprobando por los pelos. Vamos, que en un caso así hablar de «mejor valorado» no pasa de ser un mal chiste y que quizá habría que haberlo cambiado por «el líder valorado menos negativamente».

No sé vosotros, pero cuando yo estudiaba (sí, cuando los dinosarios dominaban la Tierra y se empeñaban en perseguir a Raquel Welch) mis padres no saltaban precisamente de alegría si les traía un cinco pelado en las notas. No me castigaban, evidentemente, pero tampoco me compensaban por haberme limitado a «cumplir» con los mínimos. Y, desde luego, no consideraban que la cosa hubiera sido precisamente un éxito clamoroso y algo de lo que estar orgullosos.

Sin embargo, a nadie parece importarle que el líder político mejor considerado por los electores en unas elecciones tenga un aprobado pelado, el siguiente uno justo y, a partir de ahí, todos hayan suspendido. Los medios de comunicación se han limitado a reseñar el hecho y punto. No he visto reflexiones sobre el asunto, llamadas de atención, invitaciones a que nos preguntemos qué está pasando con nuestra clase política. No: se han limitado a decir quiénes son los «favoritos» (el entrecomillado es deliberado, por si a alguien se le escapa) de los electores y luego a dar las cifras. Fin de la noticia.

No, señores. Ese no es el fin, sino el inicio. Porque no es normal, no es bueno, y resulta enormemente preocupante que pase algo así. Que hayamos llegado al punto de desconfiar tanto de nuestra clase política que el que se limiten a aprobar por la mínima ni siquiera nos parece reseñable. Que no nos demos cuenta de que la situación normal sería que todos tuvieran como mínimo un cinco, y de ahí para arriba. Que nos encojamos de hombros cuando lo que debería ser excepcional se convierte en habitual y que ni siquiera nos importe demasiado el asunto.

Lo curioso es que a los políticos, los primeros a los que debería importarles, tampoco parece que les interese demasiado. Evidentemente, les preocupan las «clasificaciones relativas», saber si van por delante o por detrás de la competencia; pero las absolutas, es decir, saber cuál es su consideración global en el ánimo de los ciudadanos, independientemente de cómo consideren a otros políticos, se la trae directamente al pairo o, en las inmortales palabras de Rhett Butler: «Frankly, dear, I don’t give a damm».

No soy un analista político: no es mi trabajo analizar y valorar las consecuencias de algo así. Pero soy un ciudadano, y sí que es parte de mi trabajo preocuparme por la marcha del sistema político bajo el que vivo y que, me guste o no, va a condicionar mi modo de vida. Y cuando veo cosas como ésta, y veo la falta de reacción que despiertan entre los medios de comunicación y los ciudadanos, me preocupo. Me preocupo bastante. Si fuera dado a las expresiones gruesas, hasta podría decir que me acojono.

Que el líder mejor valorado en unas elecciones apruebe por los pelos no es otra cosa que un síntoma. Uno más. Quizá el último de una larga serie de ellos. Y, si no empezamos pronto a buscar cuál es la enfermedad que hay tras esos síntomas y qué es lo que la está causando, a lo mejor no somos capaces de detenerla.

En la última entrega de la saga galáctica de Lucas, cuando Palpatine se proclama emperador y es vitoreado por el Senado, Amidala exclama: «Así termina la libertad, con un estruendoso aplauso». A veces me pregunto, sin embargo, si en realidad no acabará muriendo entre la apatía, la indiferencia y el hastío de quienes la deberían (deberíamos) defender.

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