Feria en escarlata

Rodolfo Martínez en el stand de Estudio en Escarlata

“Con cuidado, es mi primera vez”, que dijo no sé quién no sé cuándo no sé dónde. La primera vez que estaba en un acontecimiento multitudinario como la Feria del libro de Madrid. Evidentemente, he estado en la Semana Negra de Gijón muchos años (y que duren) y en casi todas las HispaCones, pero eso no me había preparado para algo tan gigantesco como la feria del libro madrileña.

Lllegamos, mi mujer y yo, el viernes por la tarde. Lo que es publicar con una editorial que forma parte del Grupo Planeta: no reparan en gastos para que te sientas como en casa. En cuanto nos bajamos del avión empezó a llover con ganas y, salvo por el calor (que debo confesar, fue bastante menos del que me había “concienciado” a soportar; y es que uno, en el brumoso norte, lleva muy mal eso de las temperaturas altas) fue como si no me hubiera movido de Asturias.

Aquella misma noche acudimos al cóctel que organizaba Planeta. Muchas caras conocidas (buena parte de los españoles que han publicado, o están a punto de hacerlo, con Minotauro) algunas famosas (Antonio Gala, que flotó entre la multitud como si ésta no estuviera allí; o Boris Izaguirre, al que parece ser que estuve a punto de llevarme por delante sin darme ni cuenta y al que luego tuve un buen rato a mis espaldas sin ser consciente de ello) y la mayoría desconocidas. El ambiente, un pelín excesivo. Sí, ya sé que tengo fama de misántropo, pero las multitudes en lugares cerrados me ponen nervioso y algo agresivo, así que no es de extrañar que enseguida tomara posesión de la terraza y, con una copa de vino blanco en la mano, me dispusiera a disfrutar de una tranquila charla y una hermosa vista del Madrid nocturno, esa ciudad que, como me dijo Pedro Pablo García May aquella noche, cuando se termine va a quedar preciosa. Lo que, como diría Abraracurcix, no parece que vaya a pasar mañana.

Escaparate de Estudio en Escarlata

Abandonamos el cóctel horas más tarde y en compañía de Luis García Prado y Blanca Martínez (atención a su primer relato, publicado en Artifex a no tardar) estuvimos tomando algo y tratando de mostrarnos ingeniosos (no sé si con mucha o poca forturna, por suerte el alcohol ha cubierto de un piadoso velo buena parte de esa noche) en una terraza cercana.

Así que llega el sábado. Amanece un hermoso día soleado (bueno, hermoso para esas personas extrañas e incomprensibles que forman el 90% de la humanidad: para los individuos sensatos y normales como yo, donde esté un buen día nublado del otoño asturiano que se quiten todas esas zarandajas del sol) y nos vamos a la feria. Enorme, como he dicho. Inacabable, como las piernas de alguna rubia, que habría dicho Raymond Chandler.

Encuentro sin problemas la caseta de Miraguano, que es donde voy a firmar. No deja de ser curioso, pues Miraguano fue mi primer editor en el campo profesional: ellos publicaron La sonrisa del gato. Me armo con el proverbial bolígrafo (suministrado por mi esposa, la sufrida Marisa Cuesta, que se ha tomado muy en serio lo de ser mi eficiente asistente técnica) y a esperar. No tengo que hacerlo mucho rato. Evidentemente, no soy Geronimo Stilton, con lo cual no se forman colas interminables frente a mí, pero de vez en cuando se deja caer algún incauto y, a veces, hasta se compran el libro y me piden que se lo firme. Incluso una lectora desconocida se para un rato a hablar conmigo y me comenta lo mucho que le ha gustado mi novela. No está mal. Nada mal.

Luis G. Prado, Rodolfo Martínez

Algunos amigos se van acercando por allí. Juanma Barranquero y yo por fin conseguimos dejar de eludirnos y nos vemos. Marta Caldevilla se viene con la idea de hacerse con unos Sicarios y se acaba llevando también un Holmes, y encima se queda un buen rato por allí, y hasta soporta, impavida, a algún friki que insiste en darle la vara como si la conociera de algo. Llega Manu Colmenero (él insiste en que es la reencarnación de Neo y su argumento para defender eso es que programa en COBOL: qué le vamos hacer. El calor, que se come muchas neuronas). Mis dos editores, Luis Prado y Paco Lorenzana tienen toda la pinta de estar tramando algo. Nada bueno, conociéndolos. Finalmente, cuando ya la dábamos por perdida, Blanca aparece de nuevo, dan las dos y mi sesión de firmas ha terminado. Hora de irse a comer y pasar unas horas relajadas hasta la siete y media de la tarde, momento en que presentaré en la librería Estudio en Escarlata mi nueva novela holmesiana.

Un paseillo, algo refrescante en una terracita, y una visita rápida al hotel, donde alguien, cuyo nombre no diré, salvo para comentar que ya le he mencionado dos veces en este texto, una de ellas en el párrafo anterior, nos descubre a los demás que, en realidad, la nueva trilogía galáctica de Lucas es una comedia de enredo. Y lo hace sin querer. Esta chica llegará lejos si no la defenestramos antes, sin duda.

El público, durante la presentación

Llegamos a Estudio en Escarlata. La cosa tiene muy buena pinta: un escaparate entero dedicado a mis últimas novelas. Estos chicos tienen buen gusto, sin duda. La librería es coquetona, bien puesta (sobria y con gusto) y merece tener suerte. Lo cierto es que no pueden empezar con mejor pie: la primera presentación que hacen de un libro es de una novela de Rodolfo Martínez. El cielo les sonríe.

El encargado de presentar Sherlock Holmes y las huellas del poeta es su editor, Luis G. Prado. Como es costumbre en él, hace un buen trabajo y no me lo pone muy fácil. Hago de tripas corazón, intento recordar algunos de mis mejores chistes (esos que, con gran benevolencia, han sido descritos como “patéticos”) y me lanzo a fondo. Sorprendentemente el público parece interesado. Hasta se animan y hacen preguntas y, entre amigos y desconocidos, llenan el espacio que la librería nos ha concedido esa tarde.

Rodolfo Martínez

Tras la presentación, más firmas, unas copitas de cava y algo de picar, todo ello ofrecido por los dueños de Estudio en Escarlata que están decididos a que nos sintamos como en casa. Una selecta representación del fandom madrileño (que, vista su voracidad, cada vez tengo más la sospecha de que se han congregado por los canapés y no por otra cosa) nos acompaña hasta que llega el momento de irnos a cenar. Charlo un poco con Eduardo Vaquerizo, con Santi y Arantxa, con Javier Romero, achucho un poco a Susana y Paloma (la culpa es suya: si las chicas son achuchables, yo qué le voy a hacer), me reuno con Sher y Sammael y discutimos sobre los normandos y su papel en la fundación de Mieres, intento inútilmente que Miniyó me haga un poco de caso, intercambio una mirada cómplice con Ramón y, para acabar, sorprendo a Blanca Martínez abalanzándose sobre los pastelitos de chocolate como si el mañana no existiera.

Es la hora de la cena. Comida persa, me han dicho. Tiendo a ser más bien conservador en la comida (excepto con el sashimi, reconozco que puedo devorar toneladas sin cansarme: pero es que el sashimi es la versión oriental de las pipas, uno empieza pero nunca sabe cuando termina), pero dado que la última vez que intenté un experimento culinario exótico no me fue demasiado mal (un restaurante hindú vegetariano en Barnacity que, pese a mis temores, no estaba nada mal), me encojo de hombros e invoco a ese aventurero que todos llevamos dentro y que, en mi caso, suele pasarse la mayor parte del día durmiendo.

Rodolfo Martínez, Blanca Martínez

La cena está bastante bien y la compañía mejor aún. Mucha especia, buena carne, arroz de distintos tipos, algunas cosas irreconocibles que, sin embargo, resultan sabrosas y un extraño brebaje que me dicen que es yogur agrio especiado y que hace que me den ganas de cabalgar por la estepa masacrando a otras etnias. Veo que Susana y Juanma Barranquero congenian con facilidad mientras Paloma intenta buscarme las cosquillas (no las encuentra, es que no lo ha intentado lo suficiente: algunas se rinden enseguida) y, entre unas cosas y otras, se va pasando el tiempo.

Buscamos un sitio que esté abierto y, milagrosamente, lo encontramos. Tras unas copillas y algo de conversación (incluyendo visiones irreconciliables del mundo que se enfrentan en torno a la obra de George Lucas) decidimos que ha llegado la hora de irnos al hotel. Nos despedimos (casi un “hasta mañana”, en realidad, porque nos vamos a ver todos enseguida en la Semana Negra), conseguimos encontrar un taxi pese a que las calles de Madrid están tomadas por aficionados del Betis y de vuelta al hotel, que mañana será otro día y hay que volver a casita.

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