La novia mató a Kung-Fú

Kill Bill

No me canso de verla, qué le voy a hacer. Soy consciente de que no es otra cosa que un refrito donde Tarantino ha decidido meter todo aquello que le gusta, mezclarlo sin complejos y agitar bien el frasco a ver qué sale. Pero, coño, lo que ha salido ha sido una declaración de amor por el cine de género y una de las películas más desenfrenadamente entretenidas que he visto en mucho tiempo.

Kill Bill, claro, qué otra cosa. Supongo que en buena medida me gusta porque tras ella se oculta, no sólo buena parte de la infancia del director, sino de la mía. Tarantino ha sabido jugar muy bien con la nostalgia propia y ha hecho la película que, seguramente, le hubiera gustado ver de crío y no pudo. De paso, también ha hecho la que me hubiera gustado ver a mí. Es «una de chinos», es un spagueti-western, es una película «de tiros», de espadachines, de mafiosos, de samurais, es una historia de amores, desamores, encuentros y desencuentros, de persecuciones, de venganzas… Y, de paso, como quien no quiere la cosa, es una patada en las partes «nobles» a un cierto tipo de cine de acción muy de moda actualmente en el que el espectáculo desmesurado y la acción exagerada terminan provocando el bostezo. Difícilmente puedo quitarme de la cabeza la idea de que la secuencia en que Beatrix Kiddo masacra a los «88 maniacos» en el bar japonés tiene su aquel de corte manga, de restregarles por las narices a cierta pareja de hermanos cómo se puede hacer una pelea de uno contra muchos sin que el resultado acabe convirtiéndose en una invitación al sueño. Al contrario de lo que pasa cuando Neo lucha contra varios cientos de Smiths, la secuencia de los «88 maniacos» mantiene la tensión en todo momento y nunca llega a saturar al espectador. ¿Por qué? Porque Tarantino comprende, y los Wachoswki parecen haber olvidado, que una pelea es algo más que una bonita coreografía, que debe tener una estructura narrativa y que tiene que tener sus momentos altos y bajos, su descanso y su frenesí, sus clímax y sus anticlímax. En una palabra: debe tener ritmo. Pero en los últimos tiempos, Hollywood parece empeñado en confundir ritmo con rapidez, como si bastara con que las cosas sucedan a una velocidad endiablada para enganchar al espectador a a la butaca.

Y luego está, por supuesto, el desparpajo, el atrevimiento. Quizá sea eso lo que ha molestado a muchos críticos, el hecho de que Tarantino no se corte un pelo a la hora de hacer lo que le apetece y si tiene que conjugar dos tradiciones cinematográficas totalmente distintas (y parecería que hasta antagónicas) en una única secuencia, lo hace sin preocuparse por ello. Por supuesto, no son pocos los críticos que han saltado sobre Tarantino y lo han acusado de caer sobre determinado cine de género y limitarse a mimetizarlo bajo la excusa, tan usada y abusada últimamente, del homenaje.

Kill Bill 2

Pero, como dijo no sé quién, el plagio está permitido si va acompañado del asesinato. Y en este caso, si me permitís el chiste, más que asesinato, ha habido una masacre. Tarantino ha asimilado perfectamente sus modelos dentro del cine de género, los ha conjugado unos con otros y ha sabido crear una cosa distinta que, al mismo tiempo, mantiene el aspecto y, aparentemente, sigue las mismas reglas que el original. Pero que ya no lo es: Kill Bill casi podría ser definido como «cine de autor», porque sin duda es la película más personal de Tarantino. Y, curiosamente, para llegar a algo así, para hacer realidad el deseo del niño que era y que aún recuerda, ha amontando un cliché cinematográfico encima de otro. Lo sorprendente, lo que la crítica, una vez más, ha sido demasiado miope para percibir, es que el resultado no es una montaña de clichés, sino algo nuevo, fresco, vibrante y tremendamente personal.

No creo que le haya resultado fácil, por cierto. De hecho, tengo la impresión de que ha estado trabajando en el guión de Kill Bill durante varios años, puliendo, compendiando, fusionando todo lo que necesitaba, retocando una y otra vez hasta que el resultado fue el que quería. Y el resultado es un guión construido con una precisión de mecanismo de relojería, que juega con el tiempo a su antojo (y donde, al contrario que en Pulp Fiction, sí que consigue que ese trastocamiento de la narrativa lineal funcione) y en el que cada secuencia tiene sentido: sentido narrativo, dentro de la estructura de la película, pero también sentido dentro de la historia y de la conclusión hacia la que se encamina. No hay, pese a lo que pueda parecer, escenas gratuitas en Kill Bill: todo está al servicio de una narración eficaz que se dirige hacia un final inevitable.

Pero todo esto, si me paro a pensarlo, es irrelevante. Porque lo que importa, lo que de verdad tiene sentido es que me lo paso de miedo cada vez que veo Kill Bill. El resto no son más que justificaciones a posteri.

Si tuviera que definir la película con una sola palabra, me resultaría muy sencillo: entretenimiento. Entretenimiento del mejor, sin complejos y sin tener que pedirle disculpas a nadie. Ya lo decían en el Hollywood clásico: «That’s enterteinment». Y vaya si lo es.

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