Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Junio, 2005

Empresarios

Viernes, Junio 24th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | Sin comentar »

Llevo tiempo pensando que se necesita un cambio de mentalidad en el electorado. Un cambio que haga que dejemos de vernos como súbditos y empecemos a mirarnos a nosotros mismos como ciudadanos, que dejemos de ver a los gobernantes como «los que mandan» y empecemos a considerarlos nuestros subordinados.

O, si me apuráis un poco, nuestros empleados.

¿Por qué no? Consideremos el país una empresa cuyos accionistas son todos sus ciudadanos mayores de dieciocho años. Y veamos las elecciones como una ronda de selección de personal temporal cuyo contrato, dependiendo de lo que hayan hecho una vez elegidos para el puesto, podrá serles renovado o no.

Dejémosles claro que nosotros somos los empresarios. Y que los gobernantes no son otra cosa que nuestros empleados, puestos allí por nuestra voluntad y apartados del cargo cuando nos interese. Nosotros mandamos, no ellos. Nosotros decidimos, no ellos. Ellos están allí simplemente para gestionar nuestros recursos de forma adecuada. Y vale más que cumplan bien con su trabajo si no quieren que les echemos a la calle y se queden en el paro.

Es una forma de ver las cosas que, desde luego, no creo que les guste a los políticos: porque invierte el orden de la pirámide y pone arriba lo que hasta ahora estaba abajo. Pero es la visión adecuada, la que se ajusta realmente al concepto de «democracia»: que el poder reside en la ciudadanía y ésta se limita a delegar cuándo, cómo y en quien le convenga. Porque democracia no significa que haya elecciones para ver «quién manda». No se necesitan elecciones para eso ya que el propio concepto afirma que quienes mandamos somos nosotros.

Y en realidad el cambio que estoy proponiendo es muy simple. No hay que hacer nada que antes no hayamos hecho, tan sólo comprender que nosotros somos la autoridad, el gobierno, los que mandamos, y que ellos no son otra cosa que unos empleados bajo contrato temporal que están ahí para hacer lo que nosotros les digamos que hagan y no otra cosa. Y, cuando acudamos a las urnas, ir con ese pensamiento: vamos a contratar a unos tíos para ver qué tal nos gestionan la empresa. Y, como no lo hagan bien, los cambiamos por otros, que para eso es nuestra. Y al cuerno los sentimentalismos ideológicos o las lealtades de clase. Lo que importa es que me gestionen la empresa de forma eficaz y todos los accionistas obtengamos buenos dividendos. El resto son tonterías.

Me diréis que eso no va a cambiar nada. Bueno, quizá no, al menos al principio. Pero los grandes cambios a menudo empiezan por cosas pequeñas. Y un pequeño giro de mentalidad en la ciudadanía, si es el adecuado, puede traer a la larga consecuencias inesperadas. «Por una herradura se perdió el Reino», como dice el viejo cuento infantil inglés.

Quién sabe.

© 2005, Rodolfo Martínez
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Aplicabilidad

Lunes, Junio 20th, 2005 Pertenece a Mi misma mismidad, Pergeñando | Sin comentar »

El pasado viernes, la librería gijonesa Ítaca acogió la presentación de Los sicarios del cielo. No es la primera vez que presento mi novela al público o a los medios, pero sí que era la primera presentación que hacía en casa, en la ciudad en la que vivo.

Se encargó de ella Justo E. Vasco, buen amigo, estupendo escritor y gran comunicador, capaz de sacarle el jugo, con enorme amenidad y desparpajo, a los asunto más increíbles. En este caso, fue mi obra la beneficiaria de sus dotes comunicativas, frente a algo más de una docena de gijoneses (muchos amigos y algunos desconocidos) que se habían acercado aquella tarde por la librería.

Justo, como era de esperar, hizo un estupendo trabajo. A lo largo de la presentación explicó su interpretación personal de la novela, los elementos de reflexión que ésta le había aportado. No sé si se me notó o no, pero en determinado momento tuve la sensación de que se me debía estar quedando cara de estúpido. La visión que Justo tenía de Los sicarios del cielo estaba tan alejada de lo que yo tenía en mente cuando escribí la novela que, durante unos instantes, me pareció que estaba hablando de otra obra; era una interpretación muy política, donde los ángeles no eran otra cosa que metáforas del totalitarismo (brillante, por cierto, la frase con la que Justo definió el término fascista: «aquel que prefiere el orden antes que la libertad») y los sicarios que daban título a la novela, esos fríos y eficientes asesinos, personificaciones del motivo por el que las dictaduras funcionan: el hecho de que la tentación de dejarte llevar, de permitir que otros tomen por ti las decisiones de tu vida sea tremendamente liberadora; elimina de tus hombros la carga de responsabilidad que conlleva el tomar decisiones y te permite tener la vida planificada y sin sobresaltos.

Nada de todo esto estaba en mi mente cuando escribía Los sicarios del cielo. No soy un escritor político. Lo que no significa, evidentemente, que no tenga unas ideas políticas determinadas sino que no creo que la literatura sea el lugar adecuado para ejercer de tribuna ideológica. Me interesa entretener a mi público, hacerle pasar unas horas agradables y, por supuesto, también invitar a la reflexión, plantear preguntas que resulten interesantes y sean merecedoras de darles un par de vueltas en la cabeza en busca de una respuesta. Pero el contenido político explícito, el usar la literatura con fines planfletarios, propagandísticos o ideológicos, es lo más alejado que existe a mis intenciones como escritor. Detesto algo así cuando lo detecto en la obra de otros, así que difícilmente voy a emprender ese camino en la propia.

Sin embargo, no pude desautorizar la interpretación de Justo. Básicamente porque me di cuenta, a medida que la explicaba y la argumentaba, que era correcta. Correcta, no porque coincidiera con mis intenciones como autor, sino porque el texto que yo había escrito, más allá de mis designios, permitía esa especulación y había en él elementos que avalaban las conclusiones a las que había llegado Justo. Es decir, mi novela no favorecía la interpretación política por encima de otras, pero sí que la permitía.

Es algo tonto, quizá, pero no puedo evitar un pequeño toque de orgullo. El hecho de que un texto escrito por mí sea lo bastante sugerente para permitir lecturas que yo no había previsto, interpretaciones que nunca estuvieron en mi ánimo, conclusiones con las que nunca conté significa que he hecho bien mis deberes como autor y que he generado una novela con los elementos adecuados para que, una vez tamizados por la experiencia y los esquemas mentales de cada lector, se generen cosas nuevas.

A esto Tolkien lo llamaba «aplicabilidad». Usaba el término como antítesis de «alegoría» y lo sacaba a colación cada vez que alguien acusaba a El señor de los anillos de ser una alegoría de esto, lo otro o lo de más allá. Un buen cuento, decía Tolkien, tiene infinitas interpretaciones posibles, es «aplicable» a la experiencia personal de cada lector. Una alegoría, por el contrario, sólo tiene un significado válido: aquel que el autor se ha empeñado en darle. Tolkien afirmaba encontrar la alegoría limitativa creativamente y más bien irritante. Y es una opinión que no puedo por menos que compartir.

Es evidente que no he escrito El señor de los anillos. Pero sí que me alegro de haber escrito, dentro de mis posibilidades, un cuento lo bastante bueno para que los demás encuentren en él cosas con las que yo no había contado.

© 2005, Rodolfo Martínez
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Sí, padre, seré un murciélago

Domingo, Junio 19th, 2005 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | Sin comentar »

Estaba dispuesto a mostrarme benévolo con ella, lo reconozco. Me bastaba con que me hiciera olvidar el despliegue desenfrenado de horteradas, neones y despropósitos que había sido la principal aportación de Joel Shumacher al personaje y que a punto había estado de cargarse la franquicia. Y lo consigue. Pero, no contenta con ello, deja muy atrás los Batmans de Burton (especialmente el segundo, hasta ahora mi favorito) y logra alzarse como referencia de lo que debe ser una adaptación modélica a la pantalla de un personaje de cómic.

Y lo hace con una película que, en cierto modo, va a contracorriente de lo que es el cine de aventuras actual. Nada de ritmo enloquecido y sin sentido, de batallitas y peleas donde los efectos especiales se erigen en protagonistas ahogando los personajes en el proceso o de esa obsesión (que a menudo esconde una clara carencia de habilidades narrativas) por meter al espectador en un carrusel desenfrenado en el que nada importa lo que ocurra con tal de que ocurran muchas cosas.

Christopher Nolan y su co-guionista, David S. Goyer, han tenido el acierto de tomarse su tiempo para perfilar los personajes con acierto, recrear su entorno de un modo adecuado y, sobre todo, integrarlos en una historia que no insulte la inteligencia del espectador; una historia donde las cosas pasan por un motivo y no porque “molen” o sean impactantes visualmente. Para hacer eso han acudido con abundancia a Frank Miller (la sombra de su Batman Año Uno sobrevuela toda la película y se hace explícita en la secuencia desarrolllada en Arkham y en el momento final en el que el hombre murciélago y el teniente Gordon se encuentran junto a la bat-señal) y, como ya hiciera éste en su momento, han sabido darle a la película un tono entre cine negro, historia de búsqueda personal y narración de aventuras en la que, sorprendentemente, ninguno de los elementos ahoga al otro. De hecho, si tuviera que definir esta película con una sola palabra, sería la de “equilibrio”.

Otro de los grandes aciertos del film es el casting, pese a que a primera vista Christian Bale no me parecía el actor adecuado para encarnar ni a Batman ni, mucho menos, a Bruce Wayne. Sin embargo, consigue hacernos creíbles a ambos y al espectador le es fácil, casi inevitable, compartir las motivaciones de ese joven huérfano obsesionado por la justicia que termina convirtiéndose en un vigilante enmascarado. Completan el reparto un excelente Michael Caine como Alfred (ninguna sorpresa por ese lado: Caine siempre está bien, haga lo que haga), un contenidísimo Gary Oldman (y eso sí que resulta sorprendente) interpretando a un Gordon que es el único policía honrado en una ciudad corrupta y un Liam Neeson que, por momentos, parece estar repitiendo su papel de mentor Jedi en La amenaza fantasma, aunque luego su personaje da un giro (quizá previsible, pero sin duda coherente) bastante más interesante.

Para mí, este Batman begins ha sido una de las grandes sorpresas cinematográficas de este año. Quizá el hecho de que mis expectativas ante ella no fueran muy grandes y que haya sabido cumplirlas y rebasarlas abundantemente, ha tenido algo que ver en el asunto, sin duda. Pero ha sido refrescante encontrar una adaptación de un cómic de superhéroes que se toma su tiempo en contarnos una historia interesante y, por el camino, no pierde la esencia del personaje y de su entorno. Junto con el X-Men 2 de Brian Singer y el primer Superman de Richard Donner, Batman begins es una de las mejores traslaciones que he visto del universo cuatricolor de los tebeos de superhéroes a la pantalla.

Lo cual me recuerda que falta ya poco para que podamos ver el Superman returns de Singer. El Hombre de Acero es un personaje que no tiene menos potencial que Batman pero, al contrario que en el caso del Hombre Murciélago, resulta mucho más difícil de trasladar a la pantalla de forma creíble. Singer es un buen director y ama el personaje lo que, sobre el papel, debería ser una garantía.

Ya veremos.

© 2005, Rodolfo Martínez
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¿Popularidad?

Martes, Junio 14th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | Sin comentar »

El otro día pasaban por televisión el resultado de una de esas encuestas que se hacen siempre que hay elecciones en el horizonte. En este caso concreto se refería, evidentemente, a las gallegas y comentaba que si este partido perdía tantos escaños, aquel otro ganaba no sé cuántos… Ese tipo de cosas. También se mencionaba cuáles eran, según el parecer de los encuestados, los líderes mejor considerados. Encabezaba la lista el candidato del PP, Manuel Fraga, seguido bastante de cerca por el del PSOE.

Hasta ahí, nada reseñable. Pero llega el momento de dar cifras y resulta que ese «líder mejor valorado» tiene una nota media de 5,2 (sobre 10). Es decir, estamos hablando de que en unas elecciones el político que tiene mejor imagen de cara a los electores está aprobando por los pelos. Vamos, que en un caso así hablar de «mejor valorado» no pasa de ser un mal chiste y que quizá habría que haberlo cambiado por «el líder valorado menos negativamente».

No sé vosotros, pero cuando yo estudiaba (sí, cuando los dinosarios dominaban la Tierra y se empeñaban en perseguir a Raquel Welch) mis padres no saltaban precisamente de alegría si les traía un cinco pelado en las notas. No me castigaban, evidentemente, pero tampoco me compensaban por haberme limitado a «cumplir» con los mínimos. Y, desde luego, no consideraban que la cosa hubiera sido precisamente un éxito clamoroso y algo de lo que estar orgullosos.

Sin embargo, a nadie parece importarle que el líder político mejor considerado por los electores en unas elecciones tenga un aprobado pelado, el siguiente uno justo y, a partir de ahí, todos hayan suspendido. Los medios de comunicación se han limitado a reseñar el hecho y punto. No he visto reflexiones sobre el asunto, llamadas de atención, invitaciones a que nos preguntemos qué está pasando con nuestra clase política. No: se han limitado a decir quiénes son los «favoritos» (el entrecomillado es deliberado, por si a alguien se le escapa) de los electores y luego a dar las cifras. Fin de la noticia.

No, señores. Ese no es el fin, sino el inicio. Porque no es normal, no es bueno, y resulta enormemente preocupante que pase algo así. Que hayamos llegado al punto de desconfiar tanto de nuestra clase política que el que se limiten a aprobar por la mínima ni siquiera nos parece reseñable. Que no nos demos cuenta de que la situación normal sería que todos tuvieran como mínimo un cinco, y de ahí para arriba. Que nos encojamos de hombros cuando lo que debería ser excepcional se convierte en habitual y que ni siquiera nos importe demasiado el asunto.

Lo curioso es que a los políticos, los primeros a los que debería importarles, tampoco parece que les interese demasiado. Evidentemente, les preocupan las «clasificaciones relativas», saber si van por delante o por detrás de la competencia; pero las absolutas, es decir, saber cuál es su consideración global en el ánimo de los ciudadanos, independientemente de cómo consideren a otros políticos, se la trae directamente al pairo o, en las inmortales palabras de Rhett Butler: «Frankly, dear, I don’t give a damm».

No soy un analista político: no es mi trabajo analizar y valorar las consecuencias de algo así. Pero soy un ciudadano, y sí que es parte de mi trabajo preocuparme por la marcha del sistema político bajo el que vivo y que, me guste o no, va a condicionar mi modo de vida. Y cuando veo cosas como ésta, y veo la falta de reacción que despiertan entre los medios de comunicación y los ciudadanos, me preocupo. Me preocupo bastante. Si fuera dado a las expresiones gruesas, hasta podría decir que me acojono.

Que el líder mejor valorado en unas elecciones apruebe por los pelos no es otra cosa que un síntoma. Uno más. Quizá el último de una larga serie de ellos. Y, si no empezamos pronto a buscar cuál es la enfermedad que hay tras esos síntomas y qué es lo que la está causando, a lo mejor no somos capaces de detenerla.

En la última entrega de la saga galáctica de Lucas, cuando Palpatine se proclama emperador y es vitoreado por el Senado, Amidala exclama: «Así termina la libertad, con un estruendoso aplauso». A veces me pregunto, sin embargo, si en realidad no acabará muriendo entre la apatía, la indiferencia y el hastío de quienes la deberían (deberíamos) defender.

© 2005, Rodolfo Martínez
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Feria en escarlata

Domingo, Junio 12th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, Crónicas | Sin comentar »

“Con cuidado, es mi primera vez”, que dijo no sé quién no sé cuándo no sé dónde. La primera vez que estaba en un acontecimiento multitudinario como la Feria del libro de Madrid. Evidentemente, he estado en la Semana Negra de Gijón muchos años (y que duren) y en casi todas las HispaCones, pero eso no me había preparado para algo tan gigantesco como la feria del libro madrileña.

Lllegamos, mi mujer y yo, el viernes por la tarde. Lo que es publicar con una editorial que forma parte del Grupo Planeta: no reparan en gastos para que te sientas como en casa. En cuanto nos bajamos del avión empezó a llover con ganas y, salvo por el calor (que debo confesar, fue bastante menos del que me había “concienciado” a soportar; y es que uno, en el brumoso norte, lleva muy mal eso de las temperaturas altas) fue como si no me hubiera movido de Asturias.

Aquella misma noche acudimos al cóctel que organizaba Planeta. Muchas caras conocidas (buena parte de los españoles que han publicado, o están a punto de hacerlo, con Minotauro) algunas famosas (Antonio Gala, que flotó entre la multitud como si ésta no estuviera allí; o Boris Izaguirre, al que parece ser que estuve a punto de llevarme por delante sin darme ni cuenta y al que luego tuve un buen rato a mis espaldas sin ser consciente de ello) y la mayoría desconocidas. El ambiente, un pelín excesivo. Sí, ya sé que tengo fama de misántropo, pero las multitudes en lugares cerrados me ponen nervioso y algo agresivo, así que no es de extrañar que enseguida tomara posesión de la terraza y, con una copa de vino blanco en la mano, me dispusiera a disfrutar de una tranquila charla y una hermosa vista del Madrid nocturno, esa ciudad que, como me dijo Pedro Pablo García May aquella noche, cuando se termine va a quedar preciosa. Lo que, como diría Abraracurcix, no parece que vaya a pasar mañana.

Abandonamos el cóctel horas más tarde y en compañía de Luis García Prado y Blanca Martínez (atención a su primer relato, publicado en Artifex a no tardar) estuvimos tomando algo y tratando de mostrarnos ingeniosos (no sé si con mucha o poca forturna, por suerte el alcohol ha cubierto de un piadoso velo buena parte de esa noche) en una terraza cercana.

Así que llega el sábado. Amanece un hermoso día soleado (bueno, hermoso para esas personas extrañas e incomprensibles que forman el 90% de la humanidad: para los individuos sensatos y normales como yo, donde esté un buen día nublado del otoño asturiano que se quiten todas esas zarandajas del sol) y nos vamos a la feria. Enorme, como he dicho. Inacabable, como las piernas de alguna rubia, que habría dicho Raymond Chandler.

Encuentro sin problemas la caseta de Miraguano, que es donde voy a firmar. No deja de ser curioso, pues Miraguano fue mi primer editor en el campo profesional: ellos publicaron La sonrisa del gato. Me armo con el proverbial bolígrafo (suministrado por mi esposa, la sufrida Marisa Cuesta, que se ha tomado muy en serio lo de ser mi eficiente asistente técnica) y a esperar. No tengo que hacerlo mucho rato. Evidentemente, no soy Geronimo Stilton, con lo cual no se forman colas interminables frente a mí, pero de vez en cuando se deja caer algún incauto y, a veces, hasta se compran el libro y me piden que se lo firme. Incluso una lectora desconocida se para un rato a hablar conmigo y me comenta lo mucho que le ha gustado mi novela. No está mal. Nada mal.

Algunos amigos se van acercando por allí. Juanma Barranquero y yo por fin conseguimos dejar de eludirnos y nos vemos. Marta Caldevilla se viene con la idea de hacerse con unos Sicarios y se acaba llevando también un Holmes, y encima se queda un buen rato por allí, y hasta soporta, impavida, a algún friki que insiste en darle la vara como si la conociera de algo. Llega Manu Colmenero (él insiste en que es la reencarnación de Neo y su argumento para defender eso es que programa en COBOL: qué le vamos hacer. El calor, que se come muchas neuronas). Mis dos editores, Luis Prado y Paco Lorenzana tienen toda la pinta de estar tramando algo. Nada bueno, conociéndolos. Finalmente, cuando ya la dábamos por perdida, Blanca aparece de nuevo, dan las dos y mi sesión de firmas ha terminado. Hora de irse a comer y pasar unas horas relajadas hasta la siete y media de la tarde, momento en que presentaré en la librería Estudio en Escarlata mi nueva novela holmesiana.

Un paseillo, algo refrescante en una terracita, y una visita rápida al hotel, donde alguien, cuyo nombre no diré, salvo para comentar que ya le he mencionado dos veces en este texto, una de ellas en el párrafo anterior, nos descubre a los demás que, en realidad, la nueva trilogía galáctica de Lucas es una comedia de enredo. Y lo hace sin querer. Esta chica llegará lejos si no la defenestramos antes, sin duda.

Llegamos a Estudio en Escarlata. La cosa tiene muy buena pinta: un escaparate entero dedicado a mis últimas novelas. Estos chicos tienen buen gusto, sin duda. La librería es coquetona, bien puesta (sobria y con gusto) y merece tener suerte. Lo cierto es que no pueden empezar con mejor pie: la primera presentación que hacen de un libro es de una novela de Rodolfo Martínez. El cielo les sonríe.

El encargado de presentar Sherlock Holmes y las huellas del poeta es su editor, Luis G. Prado. Como es costumbre en él, hace un buen trabajo y no me lo pone muy fácil. Hago de tripas corazón, intento recordar algunos de mis mejores chistes (esos que, con gran benevolencia, han sido descritos como “patéticos”) y me lanzo a fondo. Sorprendentemente el público parece interesado. Hasta se animan y hacen preguntas y, entre amigos y desconocidos, llenan el espacio que la librería nos ha concedido esa tarde.

Tras la presentación, más firmas, unas copitas de cava y algo de picar, todo ello ofrecido por los dueños de Estudio en Escarlata que están decididos a que nos sintamos como en casa. Una selecta representación del fandom madrileño (que, vista su voracidad, cada vez tengo más la sospecha de que se han congregado por los canapés y no por otra cosa) nos acompaña hasta que llega el momento de irnos a cenar. Charlo un poco con Eduardo Vaquerizo, con Santi y Arantxa, con Javier Romero, achucho un poco a Susana y Paloma (la culpa es suya: si las chicas son achuchables, yo qué le voy a hacer), me reuno con Sher y Sammael y discutimos sobre los normandos y su papel en la fundación de Mieres, intento inútilmente que Miniyó me haga un poco de caso, intercambio una mirada cómplice con Ramón y, para acabar, sorprendo a Blanca Martínez abalanzándose sobre los pastelitos de chocolate como si el mañana no existiera.

Es la hora de la cena. Comida persa, me han dicho. Tiendo a ser más bien conservador en la comida (excepto con el sashimi, reconozco que puedo devorar toneladas sin cansarme: pero es que el sashimi es la versión oriental de las pipas, uno empieza pero nunca sabe cuando termina), pero dado que la última vez que intenté un experimento culinario exótico no me fue demasiado mal (un restaurante hindú vegetariano en Barnacity que, pese a mis temores, no estaba nada mal), me encojo de hombros e invoco a ese aventurero que todos llevamos dentro y que, en mi caso, suele pasarse la mayor parte del día durmiendo.

La cena está bastante bien y la compañía mejor aún. Mucha especia, buena carne, arroz de distintos tipos, algunas cosas irreconocibles que, sin embargo, resultan sabrosas y un extraño brebaje que me dicen que es yogur agrio especiado y que hace que me den ganas de cabalgar por la estepa masacrando a otras etnias. Veo que Susana y Juanma Barranquero congenian con facilidad mientras Paloma intenta buscarme las cosquillas (no las encuentra, es que no lo ha intentado lo suficiente: algunas se rinden enseguida) y, entre unas cosas y otras, se va pasando el tiempo.

Buscamos un sitio que esté abierto y, milagrosamente, lo encontramos. Tras unas copillas y algo de conversación (incluyendo visiones irreconciliables del mundo que se enfrentan en torno a la obra de George Lucas) decidimos que ha llegado la hora de irnos al hotel. Nos despedimos (casi un “hasta mañana”, en realidad, porque nos vamos a ver todos enseguida en la Semana Negra), conseguimos encontrar un taxi pese a que las calles de Madrid están tomadas por aficionados del Betis y de vuelta al hotel, que mañana será otro día y hay que volver a casita.

© 2005, Rodolfo Martínez
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La novia mató a Kung-Fú

Miércoles, Junio 8th, 2005 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | Sin comentar »

No me canso de verla, qué le voy a hacer. Soy consciente de que no es otra cosa que un refrito donde Tarantino ha decidido meter todo aquello que le gusta, mezclarlo sin complejos y agitar bien el frasco a ver qué sale. Pero, coño, lo que ha salido ha sido una declaración de amor por el cine de género y una de las películas más desenfrenadamente entretenidas que he visto en mucho tiempo.

Kill Bill, claro, qué otra cosa. Supongo que en buena medida me gusta porque tras ella se oculta, no sólo buena parte de la infancia del director, sino de la mía. Tarantino ha sabido jugar muy bien con la nostalgia propia y ha hecho la película que, seguramente, le hubiera gustado ver de crío y no pudo. De paso, también ha hecho la que me hubiera gustado ver a mí. Es «una de chinos», es un spagueti-western, es una película «de tiros», de espadachines, de mafiosos, de samurais, es una historia de amores, desamores, encuentros y desencuentros, de persecuciones, de venganzas… Y, de paso, como quien no quiere la cosa, es una patada en las partes «nobles» a un cierto tipo de cine de acción muy de moda actualmente en el que el espectáculo desmesurado y la acción exagerada terminan provocando el bostezo. Difícilmente puedo quitarme de la cabeza la idea de que la secuencia en que Beatrix Kiddo masacra a los «88 maniacos» en el bar japonés tiene su aquel de corte manga, de restregarles por las narices a cierta pareja de hermanos cómo se puede hacer una pelea de uno contra muchos sin que el resultado acabe convirtiéndose en una invitación al sueño. Al contrario de lo que pasa cuando Neo lucha contra varios cientos de Smiths, la secuencia de los «88 maniacos» mantiene la tensión en todo momento y nunca llega a saturar al espectador. ¿Por qué? Porque Tarantino comprende, y los Wachoswki parecen haber olvidado, que una pelea es algo más que una bonita coreografía, que debe tener una estructura narrativa y que tiene que tener sus momentos altos y bajos, su descanso y su frenesí, sus clímax y sus anticlímax. En una palabra: debe tener ritmo. Pero en los últimos tiempos, Hollywood parece empeñado en confundir ritmo con rapidez, como si bastara con que las cosas sucedan a una velocidad endiablada para enganchar al espectador a a la butaca.

Y luego está, por supuesto, el desparpajo, el atrevimiento. Quizá sea eso lo que ha molestado a muchos críticos, el hecho de que Tarantino no se corte un pelo a la hora de hacer lo que le apetece y si tiene que conjugar dos tradiciones cinematográficas totalmente distintas (y parecería que hasta antagónicas) en una única secuencia, lo hace sin preocuparse por ello. Por supuesto, no son pocos los críticos que han saltado sobre Tarantino y lo han acusado de caer sobre determinado cine de género y limitarse a mimetizarlo bajo la excusa, tan usada y abusada últimamente, del homenaje.

Pero, como dijo no sé quién, el plagio está permitido si va acompañado del asesinato. Y en este caso, si me permitís el chiste, más que asesinato, ha habido una masacre. Tarantino ha asimilado perfectamente sus modelos dentro del cine de género, los ha conjugado unos con otros y ha sabido crear una cosa distinta que, al mismo tiempo, mantiene el aspecto y, aparentemente, sigue las mismas reglas que el original. Pero que ya no lo es: Kill Bill casi podría ser definido como «cine de autor», porque sin duda es la película más personal de Tarantino. Y, curiosamente, para llegar a algo así, para hacer realidad el deseo del niño que era y que aún recuerda, ha amontando un cliché cinematográfico encima de otro. Lo sorprendente, lo que la crítica, una vez más, ha sido demasiado miope para percibir, es que el resultado no es una montaña de clichés, sino algo nuevo, fresco, vibrante y tremendamente personal.

No creo que le haya resultado fácil, por cierto. De hecho, tengo la impresión de que ha estado trabajando en el guión de Kill Bill durante varios años, puliendo, compendiando, fusionando todo lo que necesitaba, retocando una y otra vez hasta que el resultado fue el que quería. Y el resultado es un guión construido con una precisión de mecanismo de relojería, que juega con el tiempo a su antojo (y donde, al contrario que en Pulp Fiction, sí que consigue que ese trastocamiento de la narrativa lineal funcione) y en el que cada secuencia tiene sentido: sentido narrativo, dentro de la estructura de la película, pero también sentido dentro de la historia y de la conclusión hacia la que se encamina. No hay, pese a lo que pueda parecer, escenas gratuitas en Kill Bill: todo está al servicio de una narración eficaz que se dirige hacia un final inevitable.

Pero todo esto, si me paro a pensarlo, es irrelevante. Porque lo que importa, lo que de verdad tiene sentido es que me lo paso de miedo cada vez que veo Kill Bill. El resto no son más que justificaciones a posteri.

Si tuviera que definir la película con una sola palabra, me resultaría muy sencillo: entretenimiento. Entretenimiento del mejor, sin complejos y sin tener que pedirle disculpas a nadie. Ya lo decían en el Hollywood clásico: «That’s enterteinment». Y vaya si lo es.

© 2005, Rodolfo Martínez
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Críticas, argumentos y juicios

Miércoles, Junio 1st, 2005 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | Sin comentar »

Siempre he sido un partidario firme, casi acérrimo, de que el escritor debe guardar silencio ante las críticas a su obra y que nunca, por más que le apetezca, debe salir al paso y defenderse: es la obra la que tiene que defenderse por sí misma y, si no lo ha logrado, mala suerte.

Sin embargo, a veces la tentación es grande, tanto que comprendo lo difícil que resulta resistirse a ella.

Esta mañana, mientras leía el número de junio de Qué leer y me enfrentaba a la crítica que un tal Manu González había hecho de Los sicarios del cielo, fue uno de esos momentos. Es curioso el efecto demoledor que puede tener una reseña de poco más de doscientas palabras con casi la mitad de ella, además, centrada en loar la obra de Gaiman y su esfuerzo por reinventarse a sí mismo. El resto, ciento y pico palabras, está dedicado a comentar la falta de originalidad de mi novela, su ramplonería o el hecho de que no esté muy claro si cruza la frontera entre el plagio y el homenaje; y todavía le queda espacio para finalizar el comentario acusando en bloque a la narrativa fantástica española de mala imitación de lo que se hace fuera de nuestro país.

Como decía, la tentación de responder ha sido muy fuerte. Tanto, que me ha resultado difícil no acudir a San Google para buscar el nombre del crítico y, con un poco de suerte, encontrar entre sus filias y fobias algo que echarle en cara (en realidad, ni siquiera me habría hecho falta: en ese mismo número de Qué leer aparece un artículo suyo sobre el cómic donde sitúa una basura como Arkham Asylum en un lugar destacado, lo que ya me dice bastante sobre su gusto y su criterio).

Me detuve a tiempo, por supuesto. Nada gano con atacar al crítico, aparte de que sería entrar en una dinámica absurda de la que no iba a sacar ningún provecho. Además, el daño ya está hecho: la crítica negativa ha salido en un medio de gran tirada y ha llegado (o estará llegando) a los ojos de posibles lectores que, en otras circunstancias, quizá se habrían sentido interesados por mi novela. Meterme en una polémica por una mala crítica no sólo es desaconsejable en cualquier caso, sino que -mucho peor- no sirve para nada. Por otro lado, reconozco que el hecho de que hoy salga en El País la entrevista que me hizo hace unas semanas Jacinto Antón ha ayudado a que me tome las cosas con un poco más de calma.

En cualquier caso, el asunto me ha servido para darme cuenta de algunas cosas. Unas de carácter más bien personal y que no vienen ahora al caso.

Otras, por el contrario son reflexiones más genéricas y quizá más interesantes. Son cosas que tal vez sabía pero que en las que nunca me había parado a pensar hasta ahora. Me refiero al hecho de que una crítica negativa de poco más de cien palabras es mucho más contundente y, sobre todo, más inatacable, que una reseña bien argumentada y amplia. Puedes enfrentarte a lo segundo y confrontar tus propios argumentos contra los del crítico; demostrar incluso que los suyos son pobres y carentes de valor. Pero ante una opinión contundente, sin matización de ninguna clase, sin razonamientos que la respalden o la justifiquen, estás perdido: no puedes rebatir lo que dice porque no hay nada que rebatir. El crítico se ha limitado a valorar negativamente tu obra sin argumentar su juicio y frente a eso, lo único que puedes hacer es rechinar los dientes y cruzar los dedos esperando que el daño que haga a la carrera comercial de tu novela no sea demasiado grande.

Siempre he pensado (no es la primera vez que lo digo, tanto en público como en privado) que una crítica no es más que una opinión y que, como toda opinión, será tan buena o tan mala como los argumentos que la sustenten. Pero, ¿qué pasa cuando no hay argumentos tras ella, o si los hay el crítico no se ha molestado -o quizá no ha podido a causa de las limitaciones de espacio- en detallarlos? ¿De qué me sirve a mí, como simple lector, que alguien me diga «tal libro es cojonudo» o «tal libro es una bazofia» si tras esos juicios no hay argumentos, razonamientos, explicaciones? ¿Qué utilidad tiene, entonces, ese tipo de crítica?

© 2005, Rodolfo Martínez
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