Cosas de marcianos

Si yo me acerco a uno de mis compañeros de trabajo y le digo, por ejemplo: «La verdad es que es un tema que me preocupa. Porque, si lo piensas un poco, el que Mace Windu se me haga odioso ¿es porque el personaje está diseñado así, para mostrar lo arrogantes que se han vuelto los Jedis, o se trata de otra pifia de guión de Lucas?», lo más probable es que el pobre hombre me mire sin saber muy bien de qué estoy hablando. Y, si se lo explico, se encogerá de hombros y pensará, aunque quizá no me lo diga, que menuda pérdida de tiempo para un adulto el ponerse a elucubrar ese tipo de cosas. Y, probablemente, si compartiera ese pensamiento con las personas que le rodean, la mayoría se mostrarían de acuerdo con él. El comentario general será algo como «Joder, mira que es freakie el Rudy, para que le importen esas chorradas» o muy parecido.

Claro que si yo intento hacerles ver que el que te importe quién coño ha ganado la liga de fútbol, qué jugadores ha fichado el Real Madrid, o quién va a jugar la Eurocopa y con qué alineación (o, ya que está de moda y es de la tierrina, si Alonso va a ganar o no el mundial de automovilismo) es exactamente la misma pérdida de tiempo y la misma chorrada, seguramente se me quedarán mirando con expresión lastimera. O, directamente, saltarán furibundos a defender la importancia de las cuestiones balompédicas (o automovilísticas) frente a la irrelevancia de mis aficiones de tío raro al que le gustan esas «cosas de marcianos».

Nuestra sociedad ha sacralizado determinadas formas de trivialidad, las ha convertido en un estándar y son, no sólo socialmente aceptables, sino casi condición indispensable para que seas considerado una «persona normal». Decir que el fútbol te aburre, que te importa tres narices, por muy asturiano que sea, el que Fernando Alonso gane el mundial de automovilismo o que te da exactamente igual si los Príncipes de Asturias van a tener o no descendencia es como ponerte un chaleco reflectante en que están escritas con letras enormes las palabras «bicho raro».

Pues bueno, pues vale. Pues muy bien. Pues me alegro.

Incluso diría más: hasta me congratulo.

Un comentario

  1. Pues sí, a veces hay que callar mucho en el trabajo. Y sobre todo elegir muy bien con quine hablar de según qué cosas.

    Hablo de música clásica con un par de compañeros, que son los mismos con los que departo de cine clásico y de terror, o de literatura. Que también sé hablar de fútbol o fórmula 1, pero yo me lanzo a tumba abierta cuando hablo de lo que verdaderamente me gusta.

    Tengo la suerte de tener un hermano con gustos parecidos y una mujer con la que comparto unos y no tanto otros. Lástima que mi mejor amigo (el José Díaz-Oliva de la firma y avatar) ya no pueda soportar mi apasionamiento.

    Un saludo a todos

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