Enrique V, Acto IV, Escena III

From now until the end of the world, we and it shall be remembered.
We few, we happy few, we Band of Brothers.
For he who sheds his blood with me shall be my brother.

Hermanos de sangre, el libro

Recientemente he vuelto a releer (y revisionar) Hermanos de sangre, el libro, y posteriormente serie de televisión, que narra las peripecias de la Compañía E (la Easy Company que para los aficionados al cómic bélico trae más de un recuerdo) desde su entrenamiento en Currahee hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.

En el libro, Stephen E. Ambrose hace un estupendo trabajo de documentación que, unido a la recolección de los recuerdos de los supervivientes, crea un texto ameno, directo y que engancha casi desde la primera página. Narrado en un tono sencillo, sin pretensiones ni alardes, a mitad de camino entre la crónica histórica y la periodística, el trabajo de investigación de Ambrose nos lleva de la mano por esos años difíciles y nos hace, casi, vivir lo ocurrido junto a los hombres que allí lucharon, murieron, sobrevivieron y consiguieron volver a casa.

Steven Spielberg y Tom Hanks, los creadores de la serie, tenían ante sí un trabajo difícil, ya que sus pretensiones no eran crear una serie documental, sino dramática que, por tanto, debía seguir las convenciones de la ficción narrativa. Tenían que convertir un ensayo histórico (aunque fuera un ensayo con evidentes intenciones narrativas) en una serie dramática que pudiera atraer al público. La realidad no suele estar llena de planteamientos, nudos y desenlaces, ni tiene una estructura narrativa clara con sus momentos cumbres y sus anticlímax bien distribuidos a lo largo de los acontecimientos y contados con el ritmo apropiado. El reto está, entonces, en conseguir todo eso, en dotar cada capítulo (y la serie entera) de una estructura narrativa y dramática adecuada y, al mismo tiempo, no traicionar lo que ocurrió en realidad.

Hermanos de sangre, la serie

A lo largo de la serie se usan distintos trucos para lograr eso. Muchos de ellos son técnicas que Spielberg ya había usado en Salvar al soldado Ryan: el rodaje “cámara en mano”, el color sepia y algo “quemado”, la iluminación cruda y fría, los efectos digitales bien usados y mejor dosificados y, en general, una obsesiva atención al detalle -incluso de elementos que no tienen por qué salir necesariamente en pantalla- que hacen que, sin parecer un documental, la serie nos de la impresión de estar rodada en los lugares, con el equipamiento y en los momentos originales. Las entrevistas con los hombres supervivientes de la Compañía E (a veces al principio de cada episodio, en ocasiones al final) contribuyen a que nos creamos lo que ocurre, sin la menor duda, y curiosamente, consiguen algunos de los momentos más emotivos de toda la serie. Y los directores elegidos saben darle a cada capítulo ese difícil tono a mitad de camino entre el documental y la ficción por donde debe caminar la historia si quiere tener éxito.

Pero sin duda el mayor acierto de Hermanos de sangre es el reparto. La serie está poblada de varias docenas de actores espléndidos (y desconocidos) que son los verdaderos responsables de que nos creamos lo que está pasando. Actores con un aspecto tan cotidiano, tan de tipo de la calle que a veces uno no puede evitar pensar que nosotros mismos, en las circunstancias adecuadas, podríamos haber llegado a ser uno de ellos. Su interpretación va de lo bueno a lo soberbio, siempre sin estridencias, metiéndose en el papel con una facilidad engañosa que, estoy seguro, tuvo que costarles enormes dificultades conseguir. La serie está llena de tipos humanos muy diversos y espléndidamente retratados, como si alguien hubiera ido a cualquier país occidental y hubiera tomado de allí unas cuantas personas al azar, lo que no está muy lejos de lo que pasó en realidad. Sus personajes son complejos (no se nos ahorran ni sus grandezas ni sus miserias) pero nunca son mayores que la vida misma; lo que vemos en la pantalla (tanto por físico como por comportamiento) es un grupo variopinto de campesinos, universitarios, trabajadores, jóvenes de familia “bien” y muchachos desorientados que terminan compartiendo los años más importantes de sus vidas y que en medio de todo ello, se las apañan para crecer y sobrevivir a las heridas, no sólo del cuerpo, sino también del espíritu.

La serie es, por otro, lado un ejemplo perfecto de que lo escrito y lo audiovisual pueden, en las manos adecuadas, complementarse sin que uno sea superior al otro. El comentario habitual de “estaba mejor el libro”, clásico entre muchos espectadores cinematográficos, se revela aquí como falso. Libro y serie de televisión se complementan perfectamente: hay cosas en el primero que no han pasado a la segunda, pues no eran narrativamente necesarias (o incluso habrían entorpecido el fluir de la historia) y al mismo tiempo hay elementos en la serie que, implícitos en el libro pero nunca contados de forma directa, se convierten en parte importante de lo que vemos en la pantalla.

Debe de ser la tercera o cuarta vez que veo la serie y la segunda que leo el libro. Y creo que lo seguiré haciendo unas cuantas más.

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