La séptima víctima

Supongo que la noticia no me afectaría lo mismo si no lo hubiera conocido y hablado con él. Es normal, incluso inevitable: solemos darle importancia a las cosas más por su cercanía a nosotros que por su relevancia objetiva.

Sí, hablo de Robert Sheckley, que ahora mismo se encuentra «atrapado» en un hospital en Kiev porque no puede pagar las facturas médicas: su seguro americano de pensionista no cubre lo ocurrido en el extranjero y, para colmo de males, perdió el seguro que se hizo al llegar al país y nadie ha sido capaz de encontrarlo. Así que en estos momentos se encuentra en medio de una situación que, si lo pensamos un poco, no es muy distinta de la que él mismo describió en alguno de sus relatos.

Le conocí en el año 2000, durante la celebración de la Semana Negra de Gijón que, aquel año, acogió la HispaCon (el congreso nacional de fantasía y ciencia ficción) dentro de su infraestructura. Hablamos un poco, mientras yo ejercía de improvisado «cicerone» y ambos esperábamos a unos periodistas que deseaban entrevistarle. Me sorprendió descubrir que, tras aquel escritor responsable de algunos de los más incisivos, satíricos, burlones y demoledores cuentos de ciencia ficción que yo había leído, había un hombre amable, tranquilo y que parecía tomarse la vida con esa calma que a veces se confunde con la indiferencia y que, me parece, es fruto de haber pasado por casi todo y haber conseguido sobrevivir a ello. Me habló de su interés por volver a vivir en España (ya lo había hecho hacía varias décadas) y me comentó que con sus ingresos la vida en Estados Unidos se la hacía cada vez más cuesta arriba; España, me dijo, era un país mucho más asequible, que además ya conocía y le gustaba.

Y ahora está en Kiev, convertido en protagonista de uno de sus propios cuentos: un pensionista americano que viaja al extranjero y que de pronto se siente mal, le cuesta respirar, cae al suelo, posiblemente pierde la conciencia. Cuando despierta, está en un hospital y un hombre de bata blanca, mientras le explica lo que le ha ocurrido y cómo ha sido la intervención a la que lo han sometido, le tiende la minuta. Más de siete mil dólares que él no tiene y que su seguro médico americano (sí, ese por el que lleva cotizando, ¿cuánto?, ¿treinta, cuarenta años, tal vez más?) no cubre los accidentes o intervenciones quirúrgicas en el extranjero. No hay problema, dice, me saqué un seguro al venir al país. Pero nadie encuentra ese seguro, nadie es capaz de dar con la documentación que lo acredita. Así que el hospital se convierte en una cárcel para ese hombre. Una cárcel de la que además, no podrá salir, pues a medida que pasa el tiempo, su deuda con el hospital va aumentando: cada comida que toma, cada chequeo que le hacen, cada día que pasa sin que deje libre la habitación son más y más dólares que se van añadiendo a la minuta.

La historia tiene (eso esperamos) un final feliz. Multitud de escritores de ciencia ficción se han ofrecido a ayudar a Sheckley y el autor británico Michael Moorcok está coordinando los esfuerzos de todos ellos. Otras iniciativas han salido al paso: una, que me toca de cerca, es la de la Semana Negra de Gijón, que se ha ofrecido a adelantar dos mil dólares para luego editar un pequeño folleto con un cuento de Sheckley que venderá por un euro, recuperando así, con la ayuda de los aficionados a la ciencia ficción, ese dinero.

Entretanto, el tiempo va pasando, y no puedo por menos de preguntarme de quién es la culpa de que ocurra algo así. Y no, no estoy pensando en las derivaciones sociales del asunto, no es mi intención embarcarme en una diatriba interminable sobre el sistema de seguridad social estaodunidense. Mi primer pensamiento al saber la noticia (aparte de la imagen en mi mente de ese hombre tranquilo, callado -con ese aspecto de «no quisiera molestar» que fue lo primero que vino a mi cabeza al conocerle- atado a la cama de un hospital, con los médicos convertidos en hoscos carceleros) fue el de cómo era posible que un hombre como Robert Sheckley, uno de los grandes de la ciencia ficción, un escritor que tiene relatos que, una y otra vez, son recogidos en cualquier antología que se precie de «lo mejor de…», un autor que ha sido adaptado al cine y que ha gozado en su momento de una popularidad no desdeñable, se encuentre en una situación económica tan apurada.

Quizá el problema esté precisamente en que Sheckley ha sido siempre un autor de cuentos, de relatos cortos, un escritor excepcional en las distancias cortas y medias pero que nunca ha funcionado demasiado bien como novelista. Eso, en un mercado como el actual, donde el cuento es algo de usar y tirar y para vivir de lo que escribes tienes que dedicarte, casi a tiempo total, a la novela, lo ha condenado a un segundo puesto, a vivir (supongo que más de una vez a malvivir) escribiendo novelizaciones de películas o franquicias y a malgastar una y otra vez su talento en un género que no es el suyo pero que, desgraciadamente para él, es el que produce beneficios.

Es curioso, porque siempre he pensado que el cuento es un género mucho más difícil que la novela (a mí me lo resulta, al menos) y nunca he acabado de comprender del todo esa falta de éxito comercial de los relatos cortos. En cualquier caso, el dato está ahí y es irrefutable. Y ese comportamiento del mercado literario es el que ha hecho que un escritor magnífico como Sheckley no haya podido ganarse la vida con lo que escribe (o que otros escritores se echaran a perder, como es el caso de Clive Barker, que pasó de pergeñar cuentos perfectos a componer novelas infladas con dos o tres momentos geniales, pero eso ya sería otra historia) y que esté ahora en la apurada situación económica que le ha metido en todo este lío.

Un lío del que esperamos que salga pronto, del que, estoy seguro, todos haremos lo posible para que salga pronto. Y, con un poco de suerte, quizá podamos ver a Sheckley de nuevo paseando por la Semana Negra, con ese aire entre despistado, modesto y reflexivo, concediendo entrevistas, firmando libros y, por qué no, pensando en el cuento que va a escribir sobre ese pensionista americano para el que un hospital se acabó convirtiendo en una cárcel.

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