¿Dónde estabas en los malos tiempos?

Parece que la Iglesia Católica está verdaderamente obsesionada con el matrimonio homosexual. De hecho casi podríamos decir que se ha embarcado en una auténtica “cruzada moral” contra él, afirmando cosas tales como que la unión entre dos personas del mismo sexo no sólo no puede ser calificada de matrimonio (ha llegado a decir algo muy parecido a que eso es una “burla del verdadero matrimonio”) o que esta ley está destinada a desvirtuar y corromper el matrimonio “de verdad”, el heterosexual.

Ya he comentado lo absurdo de esas afirmaciones en otro Escrito en el agua, pero lo que me llama la atención no es tanto la insistencia de la jerarquía eclesiástica en lo aberrante de esta forma de familia (al fin y al cabo, se limita a definir cuál es su postura moral frente al asunto, como podría hacer cualquier otro colectivo) como su insistente llamada la “desobediencia civil” y a que los funcionarios y cargos públicos encargados de formalizar esas uniones, si son católicos, ejerciten la objeción de conciencia y se nieguen a celebrarlos, bajo el argumento de que uno no está obligado a cumplir una ley que considera inmoral y que, de hecho, lo contrario termina llevando a lugares como Dachau o Auswitz.

No comentaré lo absurdo de la comparación. Por un lado estamos hablando de que, en el ejercicio de tu cargo, te niegues a cumplir una medida que ni te priva de tus derechos ni perjudica a ningún colectivo (a nadie se le obliga, que yo sepa, a casarse con alguien de su mismo sexo); en el otro de una ley que, directamente, atenta contra los derechos y la vida de muchas personas.

No, el meollo del asunto es otro. Y, en realidad, las palabras sobre Dachau o Auswitz me vienen al pelo. Porque me hacen preguntarme dónde estaba precisamente la Iglesia Católica en aquellos tiempos. No recuerdo haber leído en ninguna parte un llamamiento de la Iglesia a los católicos (civiles y militares, funcionarios y personas privadas) involucrados en el genocidio judio para que se negaran a cumplir las órdenes criminales que les daban, o a los jueces católicos responsables de aplicar las leyes alemanas de segregación y encarcelamiento de los judíos para que no las ejecutaran. ¿Dónde estaba esa llamada a la desobediencia civil, a la objeción de conciencia, a negarte a obedecer leyes inmorales mientras morían miles, millones de personas en la Alemania nazi? ¿Aconsejó la Iglesia a los militares católicos chilenos que ejercitaran su derecho a la objeción de conciencia y no arrojaran civiles desde aviones en vuelo? ¿O quizá, se limitó a mirar a otro lado y pensar aquello tan famoso de “que los maten a todos, que Dios ya reconocerá a los suyos”?

Lo menos que se le puede pedir (a cualquiera, pero más especialmente a una organización que, se supone, tiene la virtud como uno de sus principales puntales ideológicos) es que sea coherente a la hora de aplicar sus ideas. Y, francamente, no me resulta coherente lanzar una cruzada de desobediencia civil por un tema que no va a privar nadie de ningún derecho (y mucho menos a los católicos) mientras guardas (o has guardado) un silencio aquiescente ante leyes que convierten en ciudadanos de segunda clase o, directamente, condenan a muerte, a miles o millones de personas.

Quizá el problema está en el concepto de moral, de virtud, que parece haber tenido la Iglesia Católica a lo largo de su historia: circunscrito estrictamente a lo sexual. Nada importa que mates, robes, tortures o intervengas en un genocidio mientras seas un buen padre de familia, no uses condón y utilices sólo la postura del misionero en la cama. El único mandamiento importante parece ser el sexto (bueno, y quizá el tercero, que eso de “santificar las fiestas” ayuda al sostén económico de la Iglesia); los otros son irrelevantes.

En cierto modo, tiene sentido que la obsesión moral principal de la Iglesia esté girando siempre alrededor del sexo. Un comportamiento sexual determinado genera unas relaciones afectivas y sociales concretas que acaban desembocando en un tipo de familia específico. Y, al fin y al cabo, la familia, la familia tradicional, la de siempre, la “verdadera” lleva dos mil años siendo el reducto a través del cual se transmiten las ideas religiosas y se perpetúan los los rituales de comportamiento. Permitir la existencia de alternativas, dejar que todos vean que el suyo no es el único camino posible, puede llevar a que algunas personas piensen, se planteen hasta qué punto lo que han dado siempre por supuesto como “natural” lo es realmente y a que empiecen a contemplar con ojo crítico sus propias creencias y comportamientos.

Algo a lo que, por supuesto, la Iglesia Católica le tiene verdadero pánico. Poco importa que un dictador mate a miles o millones de personas, mientras no perturbe los rituales sociales y sexuales que favorecen la estructura familiar a través de la cual se ha perpetuado la la iglesia a lo largo del tiempo. Pero si los fieles empiezan a pensar por sí mismos, a cuestionar la validez de la jerarquía eclesiástica como único interlocutor válido entre ellos y la divinidad y, por tanto, los únicos con capacidad y autoridad para interpretar el código moral de esa divinidad… si llegan a la conclusión de que, al fin y al cabo, ellos pueden tener su propia relación personal con el dios en el que creen, sin necesidad de intermediarios, entonces ¿para qué sirve la Iglesia?

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