Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Mayo 15th, 2005

Más papistas que el papa

Domingo, Mayo 15th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | Sin comentar »

No conozco todos los detalles de cómo ha sido la historia, pero, hasta donde me he podido enterar, parece ser que alguien que ocupa un cargo más o menos importante en la Iglesia (no estoy seguro de si cardenal, obispo o qué) le ha pedido al rey que, como buen católico, se niegue a refrendar con su firma la ley del matrimonio (habitualmente llamada, por cierto, “del matrimonio homosexual”, como si sólo regulase eso; pero mejor no nos metemos en ciertas honduras del papanatismo periodístico o de la “desinformación” deliberada por parte de de algunos medios). Juan Carlos I ha manifestado que él es rey de España, no de Bélgica y que ni en sus más locos sueños se le ocurriría negarse a cumplir con sus funciones y no firmar una ley del país. El estamento eclesiástico se ha apresurado a salir al paso y decir que ellos nunca han pedido al rey que se niegue a firmar nada y que, en todo caso, se trató de una iniciativa aislada de una sola persona, no de la Iglesia como tal.

Hasta ahí, la noticia escueta. Un obispo mete la pata. El rey se niega, como es de rigor, a caer en la trampa, y el estamento eclesiástico desautoriza oficialmente a la persona que lo inició todo.

Hasta ahí… si no fuera por el empeño de un puñado de periodistas en ser más papistas que el Papa y empezar a cantar las loas y alabanzas de ese rey tan maravilloso que tenemos que, a pesar de todas las tentaciones que han salido a su paso, ha sabido resistirse y cumplir con su deber. Ese ha sido más o menos el inicio de un panegírico desenfrenado que he podido oír estos días en diversos medios, donde a los locutores se les llenaba la boca magnificando el gesto real y convirtiendo lo que no es otra cosa que el cumplimiento de las funciones de su cargo en un acto heróico, casi homérico.

Señores, el rey no ha hecho otra cosa que cumplir con sus funciones: y una de ellas es refrendar las leyes con su firma, sin que la opción de negarse a hacerlo esté presente en momento alguno. Punto. Eso ha sido todo. El rey no se niega a firmar ni esa ley ni ninguna otra porque no puede negarse, al menos en tanto en cuanto quiera seguir siendo rey. Eso es todo. No ha habido heroicidad alguna ni muestra de talante ni ninguna otra de las tonterías que he oído esos días. Simplemente, una persona que trabaja para el estado ha afirmado que, por la descripción de su puesto, no puede negarse a la firma de una ley. Lo mismo que un funcionario en una ventanilla no puede negarse a tramitar una petición que cumpla los requisitos legales necesarios. Eso es todo. Ni el funcionario es un héroe cuando da trámite al papeleo pertinente, le guste o no de qué va la cosa, ni lo es el rey cuando firma una ley, esté de acuerdo con ella o no.

Así que tal vez un poco más de perspectiva al echar una mirada a lo que pasa y un poco menos de espíritu hagiográfico al comentar los actos de determinadas personas, sería de agradecer. Soy el primero (pese a mi poco agrado por una institución como la monarquía; y especialmente por ciertos representantes de la monarquía borbónica) en tenerle simpatía a nuestro rey actual y en reconocerle que supo echarle huevos en dos o tres momentos importantes para el futuro del de país. Pero no saquemos las cosas de madre, por favor.

© 2005, Rodolfo Martínez
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Domingo, Mayo 15th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | Sin comentar »

Parece que la Iglesia Católica está verdaderamente obsesionada con el matrimonio homosexual. De hecho casi podríamos decir que se ha embarcado en una auténtica “cruzada moral” contra él, afirmando cosas tales como que la unión entre dos personas del mismo sexo no sólo no puede ser calificada de matrimonio (ha llegado a decir algo muy parecido a que eso es una “burla del verdadero matrimonio”) o que esta ley está destinada a desvirtuar y corromper el matrimonio “de verdad”, el heterosexual.

Ya he comentado lo absurdo de esas afirmaciones en otro Escrito en el agua, pero lo que me llama la atención no es tanto la insistencia de la jerarquía eclesiástica en lo aberrante de esta forma de familia (al fin y al cabo, se limita a definir cuál es su postura moral frente al asunto, como podría hacer cualquier otro colectivo) como su insistente llamada la “desobediencia civil” y a que los funcionarios y cargos públicos encargados de formalizar esas uniones, si son católicos, ejerciten la objeción de conciencia y se nieguen a celebrarlos, bajo el argumento de que uno no está obligado a cumplir una ley que considera inmoral y que, de hecho, lo contrario termina llevando a lugares como Dachau o Auswitz.

No comentaré lo absurdo de la comparación. Por un lado estamos hablando de que, en el ejercicio de tu cargo, te niegues a cumplir una medida que ni te priva de tus derechos ni perjudica a ningún colectivo (a nadie se le obliga, que yo sepa, a casarse con alguien de su mismo sexo); en el otro de una ley que, directamente, atenta contra los derechos y la vida de muchas personas.

No, el meollo del asunto es otro. Y, en realidad, las palabras sobre Dachau o Auswitz me vienen al pelo. Porque me hacen preguntarme dónde estaba precisamente la Iglesia Católica en aquellos tiempos. No recuerdo haber leído en ninguna parte un llamamiento de la Iglesia a los católicos (civiles y militares, funcionarios y personas privadas) involucrados en el genocidio judio para que se negaran a cumplir las órdenes criminales que les daban, o a los jueces católicos responsables de aplicar las leyes alemanas de segregación y encarcelamiento de los judíos para que no las ejecutaran. ¿Dónde estaba esa llamada a la desobediencia civil, a la objeción de conciencia, a negarte a obedecer leyes inmorales mientras morían miles, millones de personas en la Alemania nazi? ¿Aconsejó la Iglesia a los militares católicos chilenos que ejercitaran su derecho a la objeción de conciencia y no arrojaran civiles desde aviones en vuelo? ¿O quizá, se limitó a mirar a otro lado y pensar aquello tan famoso de “que los maten a todos, que Dios ya reconocerá a los suyos”?

Lo menos que se le puede pedir (a cualquiera, pero más especialmente a una organización que, se supone, tiene la virtud como uno de sus principales puntales ideológicos) es que sea coherente a la hora de aplicar sus ideas. Y, francamente, no me resulta coherente lanzar una cruzada de desobediencia civil por un tema que no va a privar nadie de ningún derecho (y mucho menos a los católicos) mientras guardas (o has guardado) un silencio aquiescente ante leyes que convierten en ciudadanos de segunda clase o, directamente, condenan a muerte, a miles o millones de personas.

Quizá el problema está en el concepto de moral, de virtud, que parece haber tenido la Iglesia Católica a lo largo de su historia: circunscrito estrictamente a lo sexual. Nada importa que mates, robes, tortures o intervengas en un genocidio mientras seas un buen padre de familia, no uses condón y utilices sólo la postura del misionero en la cama. El único mandamiento importante parece ser el sexto (bueno, y quizá el tercero, que eso de “santificar las fiestas” ayuda al sostén económico de la Iglesia); los otros son irrelevantes.

En cierto modo, tiene sentido que la obsesión moral principal de la Iglesia esté girando siempre alrededor del sexo. Un comportamiento sexual determinado genera unas relaciones afectivas y sociales concretas que acaban desembocando en un tipo de familia específico. Y, al fin y al cabo, la familia, la familia tradicional, la de siempre, la “verdadera” lleva dos mil años siendo el reducto a través del cual se transmiten las ideas religiosas y se perpetúan los los rituales de comportamiento. Permitir la existencia de alternativas, dejar que todos vean que el suyo no es el único camino posible, puede llevar a que algunas personas piensen, se planteen hasta qué punto lo que han dado siempre por supuesto como “natural” lo es realmente y a que empiecen a contemplar con ojo crítico sus propias creencias y comportamientos.

Algo a lo que, por supuesto, la Iglesia Católica le tiene verdadero pánico. Poco importa que un dictador mate a miles o millones de personas, mientras no perturbe los rituales sociales y sexuales que favorecen la estructura familiar a través de la cual se ha perpetuado la la iglesia a lo largo del tiempo. Pero si los fieles empiezan a pensar por sí mismos, a cuestionar la validez de la jerarquía eclesiástica como único interlocutor válido entre ellos y la divinidad y, por tanto, los únicos con capacidad y autoridad para interpretar el código moral de esa divinidad… si llegan a la conclusión de que, al fin y al cabo, ellos pueden tener su propia relación personal con el dios en el que creen, sin necesidad de intermediarios, entonces ¿para qué sirve la Iglesia?

© 2005, Rodolfo Martínez
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