El diccionario del diablo

El diccionario del diablo, de Ambrose Bierce

Ambrose Bierce se ha convertido en parte de la mitología popular a causa de su desaparición en 1913, cuando decidió irse a Méjico para unirse a las fuerzas de Pancho Villa. Carlos Fuentes especuló sobre lo que podría haber pasado con el escritor en su novela Gringo Viejo, que luego sería llevada al cine por Luis Puenzo, con Gregory Peck encarcando convincentemente a Bierce. Más recientemente aparecía en la tercera parte de Abierto hasta el amanecer, donde se daba, por supuesto, una explicación fantástica a su desaparición.

Bierce fue un notable escritor de relatos fantásticos y costumbristas y un periodista incisivo, que no respetaba ninguna estructura establecida ni dejaba títere sin cabeza. Nihilista feroz, cínico desencantado, atinado destructor de prejuicos y de “verdades absolutas”, su pluma dejó para la posteridad una serie de definiciones que van de lo irreverente a lo iconoclasta, pasando por lo reflexivo e incluso lo poético que inició en las páginas de los periódicos y que serían posteriormente recogidas en el libro titulado El diccionario del diablo.

Un libro que no es mala cosa releer en cualquier época, pero más aún en estos tiempos de posicionamiento moral absoluto, donde el enemigo aparece con frecuencia demonizado y la crítica legítima a determinadas actitudes se convierte en alta traición. No rebajaré a Bierce diciendo que fue el Michael Moore de su época. Moore, si bien una necesaria, saludable y más que bienvenida “mosca cojonera” que todo país democrático debería tener por su propia salud mental, no alcanza la talla intelectual del escritor del siglo XIX ni tiene la profundidad incisiva y a veces desgarradora que Bierce demostró en su diccionario.

Un diccionario que ahora reeditan Círculo de Lectores y Galaxia Gutemberg, en una edición muy cuidada que desde aquí me apresuro a recomendar. Para los que ya tengan en su poder la edición anterior en castellano, que en su día hizo Valdemar, aclararles que se trata de una edición ampliada (así consta en el título original, The Enlarge Devil’s Dictionary, y así lo pude comprobar al cotejar ambas ediciones) que incluye como complemento a algunas de las definiciones poemas, pequeños relatos o breves comentarios periodísticos.

En El diccionario del diablo todo tiene cabida y sus entradas muestran una visión del ser humano en la que no hay lugar para la esperanza o el consuelo. Somos bestias, nos dice Bierce, animales feroces, hipócritas, egoistas y brutales. Es cierto que esa imagen es sesgada, pues además de todo eso, somos otras cosas. Pero, al fin y al cabo, igualmente sesgada es la imagen del hombre como noble criatura civilizada, que avanza lleno de ideales en pos del progreso y la felicidad. Sin embargo, mientras la publicación de un panegírico a esa “pieza de artesanía que es el hombre” (en irónicas palabras de Shakespeare que, por desgracia, casi siempre son citadas en su sentido literal, olvidando que Hamlet las está usando con intenciones burlescas) no despierta reacción negativa alguna, cuando uno cae al otro lado y se centra en nuestra parte oscura, no suele ser bien recibido por sus congéneres. O, usando las propias palabras de Bierce:

cínico: Sinvergüenza cuya visión defectuosa le hace ver las cosas como son, en lugar de como deberían ser. De ahí la costumbre de los escitas de arrancarles los ojos a los cínicos para mejorarles la vista.

Abrir El diccionario del diablo por una página al azar y leer algunas de las definiciones es un ejercicio al que deberíamos dedicarle unos minutos todos los días. Un modo de abrir los ojos y enfrentarse al mundo con la mente bien despierta, quizá un tanto brusco, pero sin duda efectivo.

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