Un caso de identidad

Parece ser que un individuo llevaba algo más de treinta años fingiéndose superviviente de uno de los campos de exterminio nazis. No sólo eso, sino que era una figura notoria y notable: había estado presente en varios homenajes a las víctimas del genocidio por toda Europa y, de hecho, era presidente de Amical Mathausen, una importante y conocida asociación de supervivientes del Holocausto.

Desconozco los pormenores de cómo ha saltado la liebre y se ha destapado el asunto. En cualquier caso, lo primero que acudió a mi mente al enterarme de la noticia fue una antigua película (protagonizada, si no me falla la memoria, por Laurence Olivier) en la que un auténtico superviviente del Holocausto, acosado por la culpa que siente por seguir vivo, finge ser un antiguo nazi y pone pistas en el camino del Mossad con el propósito de ser juzgado y alcanzar de ese modo una suerte de catarsis moral. También recuerdo algo ocurrido en Nueva York no hace muchos años, donde un adolescente judío se convirtió en un agresivo y muy militante skin head.

Evidentemente, el caso no es el mismo. No hablamos de una víctima que, por el motivo que sea, finge ser uno de los verdugos, sino de una persona que, durante más de tres décadas, se ha hecho pasar por una víctima y ha usado esa impostura para, suponemos, obtener beneficios personales (como mínimo, la simpatía de quienes le rodean) y conseguir cierta relevancia mediática. Sin embargo, y pese a las evidentes diferencias de uno y otro caso, ambos están, de un modo que no termino de comprender del todo, conectados en mi mente.

Parece ser que lo que pasó realmente es que, aunque él nunca estuvo internado en uno de los campos nazis, sí que trabajó en Alemania en 1942 y durante su estancia allí se las apañó para sabotear maquinaria bélica y actuar como informador para la prensa portuguesa. A causa de esto último, fue detenido por la Gestapo y pasó varias semanas incomunicado, sufriendo continuas humillaciones y torturas.

Con ese punto de partida, imaginemos a un hombre del montón, que ha intentado poner su granito de arena del lado de los «buenos» y que ha pagado por ello: no un precio desorbitado como el que pagaron otros (con sus vidas y la de sus familias, su salud, su tranquilidad) pero lo bastante, en su fuero interno al menos, para considerar que él también merece, como otros, que se le reconozca su esfuerzo, que se le tribute un homenaje, cuando menos. O a lo mejor, en un principio, ni siquiera piensa en eso; en todo caso, no lo hace de un modo consciente. Sus circunstancias vitales, el sitio donde ha estado y las cosas que ha tenido que pasar, hacen de un modo natural que se interese por el tema del Holocausto, y de los republicanos españoles que estuvieron encerrados en campos de trabajo nazis. Con el tiempo, suponemos, llega a convertirse en un experto.

Y un día da el paso. Ha asimilado toda esa información y, por otro lado, tiene conocimiento de primera mano de esos lugares y esa época. Él también fue una víctima, ¿no? Estuvo allí y sufrió lo suyo. Y comienza la impostura.

¿Es el afán de notoriedad lo que le mueve? ¿El simple deseo de que le sean reconocidos sus esfuerzos y sufrimientos, aunque sea de esta forma retorcida? ¿El convencimiento sincero de que, a través de su mentira, él puede hacer realmente algo bueno por todas esas víctimas que no tienen voz?

Un poco de todo, probablemente. Y quizá otros motivos que no seamos capaces de imaginar.

Tal vez, incluso, todo haya empezado por casualidad. Quizá alguien erroneamente, durante una conversación con unos amigos, le atribuye haber estado en uno de los campos de exterminio y él no lo desmiente, no dice: «no, estuve en Alemania y me detuvieron durante un par de semanas, pero nunca en esos sitios». La cosa crece poco a poco y se mete en una espiral en la que cada vez resulta más difícil salir. De la que, de hecho, en el fondo no quiere salir: al fin y al cabo, su condición de víctima, de superviviente, le proporciona cierta fama, algo de notoriedad y, sobre todo, la simpatía sincera y la compasión de los demás. Se siente querido, aunque lo quieran por una mentira. Y, al mismo tiempo, se dice, está haciendo el bien, desde su posición, por falsa que sea, está luchando por una causa justa y verdadera. ¿Cómo renunciar a todo eso?

Desde luego, yo lo definiría así si fuera uno de mis personajes. En el mundo real no sé qué tipo de persona es, qué lo ha movido a hacer lo que ha hecho durante tanto tiempo. Sí tengo claro, sin embargo, que a la larga, de un modo u otro, ha terminado creyéndose buena parte de sus mentiras. Es imposible representar un papel durante más de treinta años sin que ese «personaje» acabe convirtiéndose en parte de ti mismo y, poco a poco, empieces a ver el mundo a través de sus ojos y a recordar realmente las cosas que él recordaría si no fuera un invento de tu imaginación. Un impostor, si es lo bastante bueno, termina transformándose en cierto modo en aquello que suplanta. Y supongo que este hombre era bueno en lo suyo: no se mantiene una mentira como esa durante tres décadas por pura chiripa.

No puedo por menos que pensar que ahora mismo se encuentra en una situación un tanto paradójica. Ha salido a la luz y confesado su mentira (supongo que empujado por las circunstancias, tal vez porque vio que, si no lo decía él, alguien más lo haría). Pero hace tiempo que esa mentira es parte de sí mismo y, estoy seguro, en algún rincón de su mente se ha convertido en la verdad. Así que, por fuerza, cuando ahora dice la verdad, algo dentro de él le tiene que estar diciendo que miente.

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