Etnocentrismo, mitos e ilusiones

El etnocentrismo es algo muy curioso.

Recientemente, y mientras leía un libro de historia de los Estados Unidos, descubrí que la primera «migración forzosa» de los indios hacia las reservas no se produjo sobre los indios sin «contaminar» de las grandes praderas. Ya sabéis, esos pueblos que la hagiografía actual ha convertido en nobles salvajes en comunión con la naturaleza y con un modo de vida y una filosofía superior a la de los blancos que los derrotaron, en esa característica pirueta de nuestro pensamiento que, inmediatamente, convierte al más débil en moralmente superior. No es mi intención embarcarme ahora en una discusión pormenorizada del asunto, así que me limitaré a decir que tan ridículo me parece dibujar a los nativos americanos como un grupo de salvajes pintarrajeados sedientos de sangre como vestirlos de una superioridad moral y de modo de vida que, en realidad, sólo está en nuestra imaginación hambrienta de romanticismo.

Decía que el primer traslado forzoso de un pueblo indio no tuvo como protagonistas a los fieros apaches, los orgullosos cheyennes o los nobles y tranquilos arapahoes. No, los primeros pueblos de nativos americanos que el gobierno de los Estados Unidos «cambió de sitio» para que no molestaran fueron personas, pueblos, comunidades que ya estaban «civilizadas» o, para usar un término menos tendencioso, occidentalizadas: hacía tiempo que habían abandonado su vagabundeo nómada por las praderas interminables y se habían asentado, convirtiéndose en granjeros y usando las herramientas y muchas de las costumbres de los blancos.

Mi primera reacción al descubrir eso fue llenarme de horror. «Demonios», pensé. «Eran indios que ya vivían como blancos, que habían aceptado la cultura y la civilización occidental. ¿Cómo pudieron hacer algo tan atroz con ellos?».

Y luego, claro, caí en la barbaridad de lo que acababa de pensar. Implícitamente acababa de disculpar todo lo que vino después con la excusa de que los otros indios eran salvajes primitivos que no habían aceptado los beneficios de la civilización del hombre blanco y, por tanto, lo que se hizo con ellos era menos malo que lo se había hecho con otros que ya eran blancos en todo salvo en la piel. Como si la opresión de un pueblo civilizado (civilizado desde nuestros propios estándares, claro, tan subjetivos y relativos como cualesquiera otros) fuera peor moralmente que la de uno primitivo.

Es, desde luego, incómodo descubrir que uno mismo no está libre de prejuicios y que, cuando menos se lo espera, su propia mente le juega una mala pasada. Es, también, inevitable. El mundo que contemplamos está teñido por nuestra educación, por la sociedad en la que vivimos y por la cultura en la que nos hemos educado desde nuestro nacimiento. Y eso hace que veamos naturales, inevitables, cientos de cosas que, en realidad, no son otra cosa que prejuicios, rituales autoperpetuados o mecanismos de defensa cultural que han sobrevivido a su utilidad… O que aún siguen siendo útiles, pero que, en cualquier caso, no tienen el valor absoluto, de cosa evidente por sí misma, que nos empeñamos en atribuirles una y otra vez, casi siempre de modo inconsciente.

Soy lo que soy porque he nacido donde he nacido y me he criado como me he criado. Y eso me marca de un modo indeleble. Incluso cuando soy consciente de que determinados pensamientos no son otra cosa que prejuicios, esos pensamientos siguen ahí, acuden a mi mente de modo natural y tengo que hacer un esfuerzo deliberado y consciente para no guiar mi comportamiento por ellos. Mis esquemas mentales hacen que determinadas líneas de razonamiento resulten, sino inevitables, al menos más fáciles, más «naturales» que otras.

Estamos en lucha continua con nuestra propia mente, con todo lo que hemos aprendido (del modo en que aprenden los primates, que al fin y al cabo es lo que somos: mediante la imitación del comportamiento y del pensamiento de quienes nos rodean hasta que se convierten en parte de nosotros mismos) y que hemos acabado por considerar una verdad universal. Día a día, luchamos por no dejarnos llevar por esos prejuicios y tratamos de encontrar nuestro camino a través de una maraña de historias, leyendas, rituales y costumbres.

Es una lucha dura. Que además, tiene el peligro añadido de que uno puede a veces luchar demasiado contra sí mismo y acabar saliendo por el otro lado: acabar, no limitándose a rechazar los prejuicios propios como lo que son, sino construyendo otros nuevos, enfrentados a ellos pero igualmente falsos. Hablaba antes de que es igual de estúpido ver a los indios como salvajes sedientos de sangre que pensar que eran nobles individuos moralmente superiores. Y a menudo, cuando destruimos una leyenda, un prejuicio, en lugar de intentar contemplar las cosas como son, construimos una leyenda opuesta y la tomamos por la verdad.

Es, quizá, el precio que debemos pagar por nuestra inteligencia: el que ésta se empeñe una y otra vez en construir historias con la que vestir a la realidad, en lugar de permitirnos contemplarla tal como es. Vivimos rodeados de ilusiones, de mitos, de estructuras que carecen de sentido más allá del que les ha dado nuestra mente. Y usando esas ilusiones como bandera, como escudo, como fortaleza y como arma hemos construido y derribado civilizaciones, hemos provocado guerras atroces y firmado paces efímeras, hemos creado arte que nos conmueve y causado desgracias que nos horrorizan.

No sé si eso es bueno o malo (sí, otras dos ilusiones, otros dos mitos, otras dos estructuras que no tienen sentido fuera de la mente humana) o simplemente inevitable. Pero, desde luego, a veces te gasta bromas pesadas.

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