Smoke on the water

Un reciente programa de televisión ha tenido, entre otras cosas, la virtud de dejar al estado, una vez más, con las bragas bajadas. Sí, me refiero al programa sobre el tabaco en España que, dirigido por Mercedes Milá, se emitió esta misma semana y donde se airearon detalles como el hecho de que, de las más de cuatrocientas sustancias que intervienen en la elaboración de un cigarrillo, la administración sólo analiza tres y que su análisis falsea, en cierto modo los resultados, al no ser realizado en las mismas condiciones que en el mundo real.

A eso se ha unido el escándalo, ya viejo (y recientemente puesto otra vez de actualidad por la película El dilema de Michael Mann), de la incorporación de amoniaco a las labores de tabaco para que la absorción de la nicotina por el cuerpo sea mucho mayor de lo que sería en circunstancias normales, aumentando de ese modo la intensidad de la adición y la rapidez con la que ésta se produce.

Entretanto, el gobierno elabora una ley sobre el control del tabaco que entrará en vigor a partir del año que viene. ¿Obliga esa ley a los fabricantes de tabaco a no incluir amoniaco en la elaboración de su producto? ¿Quizá se va a hacer un control más exhaustivo de todo lo que lleva un cigarrillo, analizando todas las sustancias que intervienen en él y tratando de averiguar qué efectos pueden causar en el cuerpo humano?

No. La ley se orienta única y exclusivamente al aspecto social del tabaquismo. Prohibición de fumar en los lugares de trabajo, en determinados sitios públicos, prohibición de fumar por aquí, por allá, por donde sea…

Entendedme bien. Me parece bien (me parece lógico) que se prohiba fumar en los lugares de trabajo, por ejemplo: los no fumadores no tienen por qué estar fumando pasivamente; y más, teniendo en cuenta, que uno no va a su puesto de trabajo voluntariamente, en el sentido en que sí va voluntariamente a un bar o a un restaurante: sabe lo que se va a encontrar y puede decidir si entra o no. En tu trabajo, si es que quieres ganarte las lentejas, debes por narices ir a ese sitio todos los días. Y lo menos que puede hacer la administración pública es garantizar que sus derechos sean respetados.

Perfecto. Soy fumador, pero la medida me parece estupenda. Causará problemas, probablemente: muchos fumadores, sobre todo al principio, llevarán (llevaremos) mal el asunto, con la consiguiente ansiedad, crsipación y malos humores. Pero me parece una medida necesaria.

Sin embargo, analicemos otra parte de la ley. La referida a la hostelería: bares, restaurantes y demás. Resulta que si un bar tiene más de cierta capacidad (creo que son cien metros cuadrados, no estoy seguro) debe incorporar una zona de fumadores, con las condiciones pertinentes de estanqueidad y demás. Si la superficie del local está por debajo de esas medidas el dueño puede decidir si acepta o no que se fume en en su bar y, a tal fin, debe indicarlo con claridad en la puerta para que nadie se llame a engaño cuando entre.

Parece estupendo, ¿no?

Pero, analicémoslo más de cerca. ¿Qué van a hacer la inmensa mayoría de los dueños de los bares? Es evidente: poner un cartel a la puerta donde se indica que se admiten fumadores. Pocos se arriesgarán a perder clientela impidiendo fumar en su local. No voy a entrar en detalladas explicaciones de por qué los fumadores se van a negar a entrar en un lugar donde se les impida fumar, mientras que los no fumadores (sobre todo si van en un grupo de personas en las que algunos de ellos consuma tabaco) entrarán, en la mayoría de los casos, en un bar donde se fume. Parece evidente por sí mismo.

Con lo cual, una vez más, el gobierno ha lanzado una medida “cosmética”, de cara a la galería, que suena muy progre, muy avanzada socialmente y, sobre todo, muy vendible de cara a las elecciones. Pero que, una vez más, deja las cosas como están y no soluciona el problema.

Los verdaderos pasos para solucionarlo están ahí, al alcance del gobierno. Y van desde un mayor control de la fabricación del tabaco (impidiendo, por ejemplo, que en él intervengan ciertas sustancias -por otro lado totalmente innecesarias- que aumenten la potencia de la adición o provoquen los verdaderos problemas de salud que conlleva el fumar -y no me refiero a la nicotina, evidentemente-), a una legislación que, de verdad, tome medidas en el asunto y prohiba el consumo del tabaco en lugares públicos. De cualquier tipo. Uno en su casa puede meterse lo que quiera, allá él, es su problema. Pero los demás no tienen por qué sufrirlo mientras comen, se van de copas, están trabajando o pasean por un centro comercial.

Y aclaro una vez más que soy fumador desde hace más de veinte años, pero lo que es, es. Un poco más de decisión y un poco menos de hipocresía y de gestos de cara a la galería serían deseables en este tema.

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