Mea culpa

Está bien, lo confieso. No aguanto más con este peso en mi corazón: soy varón, blanco y heterosexual.

Sí, yo soy el responsable de contaminar el planeta, de exterminar a las ballenas, de mantener el tercer mundo en la pobreza y la miseria. Yo solo, sin ayuda de nadie, he mantenido a las mujeres sojuzgadas durante siglos, he demonizado, perseguido y, a veces, torturado a los homosexuales. He aplastado minorías étnicas sin que me temblara el pulso. Con un etnocentrismo atroz, con una arrogancia sin límites, me he atrevido a imponer mis valores al resto del mundo y, en nombre de una supuesta labor civilizadora he desangrado naciones, esquilmado recursos de otros pueblos, violado a sus mujeres, esclavizado a sus hijos y, cuando me ha convenido, he encerrado culturas enteras tras una valla y las he hacinado en guetos miserables. Cuando un pueblo oprimido necesitaba mi ayuda, he mirado a otro lado y, salvo que benificiara a mis mezquinos intereses económicos, no he movido un dedo a su favor. Soy el inventor del fascismo, de los campos de concentración y exterminio, de las guerras globales, de las armas de destrucción masiva, del fanatismo religioso, de las guerras santas y la burocracia corrupta.

Yo, sí, yo.

Me sorprende que, cuando camino por la calle, los demás no me señalen con el dedo, se aparten de mí llenos de odio y temor y murmuren entre ellos comentando mis crímenes. Al fin y al cabo soy un monstruo. No merezco ocupar un lugar junto a los humanos, sino entre las fieras. Cruel, mezquino y sediento de sangre y poder como soy debería estar encerrado en una jaula y ser mostrado como advertencia para las generaciones venideras y escarnio de las presentes.

Mi lugar de nacimiento, mis cromosomas, mi orientación sexual me marcan indeleblemente como al mayor criminal de la historia, responsable de todos los males del mundo y creador de la miseria, la pobreza y la opresión. Nada importa que yo, personalmente, no haya hecho nada de todo eso. Soy blanco, soy hombre, soy heterosexual: por definición, soy un cabrón de cuidado del que uno no se puede fiar pues, a la mínima de cambio, ahí estaré con el pie en el cuello de los demás.

El mundo no es un lugar analógico, continuo, lleno de una gradación paulatina de grises que rara vez desembocan en un blanco puro o en un negro total. No, el mundo es un sitio que sólo permite estados discretos: puedes ser blanco o negro, bueno o malo, víctima o verdugo. Y yo, el hombre blanco heterosexual soy, por supuesto, el verdugo, el malvado. El resto del mundo es mi víctima. No hay zonas intermedias, no hay grises.

Y, evidentemente, soy el tipo que mató a Kennedy. Ah, y el toro que mató a Manolete, claro.

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