Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Mayo, 2005

Cosas de marcianos

Martes, Mayo 31st, 2005 Pertenece a Mi misma mismidad, Paranoias | Sin comentar »

Si yo me acerco a uno de mis compañeros de trabajo y le digo, por ejemplo: «La verdad es que es un tema que me preocupa. Porque, si lo piensas un poco, el que Mace Windu se me haga odioso ¿es porque el personaje está diseñado así, para mostrar lo arrogantes que se han vuelto los Jedis, o se trata de otra pifia de guión de Lucas?», lo más probable es que el pobre hombre me mire sin saber muy bien de qué estoy hablando. Y, si se lo explico, se encogerá de hombros y pensará, aunque quizá no me lo diga, que menuda pérdida de tiempo para un adulto el ponerse a elucubrar ese tipo de cosas. Y, probablemente, si compartiera ese pensamiento con las personas que le rodean, la mayoría se mostrarían de acuerdo con él. El comentario general será algo como «Joder, mira que es freakie el Rudy, para que le importen esas chorradas» o muy parecido.

Claro que si yo intento hacerles ver que el que te importe quién coño ha ganado la liga de fútbol, qué jugadores ha fichado el Real Madrid, o quién va a jugar la Eurocopa y con qué alineación (o, ya que está de moda y es de la tierrina, si Alonso va a ganar o no el mundial de automovilismo) es exactamente la misma pérdida de tiempo y la misma chorrada, seguramente se me quedarán mirando con expresión lastimera. O, directamente, saltarán furibundos a defender la importancia de las cuestiones balompédicas (o automovilísticas) frente a la irrelevancia de mis aficiones de tío raro al que le gustan esas «cosas de marcianos».

Nuestra sociedad ha sacralizado determinadas formas de trivialidad, las ha convertido en un estándar y son, no sólo socialmente aceptables, sino casi condición indispensable para que seas considerado una «persona normal». Decir que el fútbol te aburre, que te importa tres narices, por muy asturiano que sea, el que Fernando Alonso gane el mundial de automovilismo o que te da exactamente igual si los Príncipes de Asturias van a tener o no descendencia es como ponerte un chaleco reflectante en que están escritas con letras enormes las palabras «bicho raro».

Pues bueno, pues vale. Pues muy bien. Pues me alegro.

Incluso diría más: hasta me congratulo.

© 2005, Rodolfo Martínez
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Es un trabajo para…

Sábado, Mayo 28th, 2005 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | Sin comentar »

Es casposo, cutre, políticamente incorrecto, no muy hábil, ligeramente patoso y nunca desfilará por una pasarela llena de cuerpos perfectos… y es nuestro, es indudablemente hispano, con ese humor corrosivo, iconoclasta, ligeramente negro y, desde luego, alejado de cualquier concepción de lo adecuado. Es Cálico Eléctrónico, y es un superhéroe: está ahí para salvar el mundo, vestido con sus mayas ajustadas y posando para la posteridad en una pose ¿heroica?

Podéis encontrar sus, hasta el momento, seis episodios (cinco de la primera temporada y el primero de la segunda) en www.calicoeletronico.com. Desde la impecable animación a las excelentes voces, pasando por unos guiones gamberros y enormemente divertidos (y no olvidemos las hilarantes tomas falsas o las sesiones de casting al final de cada episodio) todo en Cálico Electrónico tiene un aspecto profesional que no tiene nada que envidiar a muchas series de animación que hoy en día hacen furor en canales como Cartoon Network. De hecho, sería buena cosa que algunas productoras de animación de nuestro país, cuyos productos van de lo insulso a lo directamente horripilante, tomaran buena nota de lo que están haciendo estos muchachos en la web. Cada episodio (con una economía de medios enviable, mucha imaginación y grandes dosis de ingenio) demuestra que se pueden hacer productos entretenidos, innovadores y con un acabado más que profesional simplemente con un buen conocimiento del medio y las herramientas y, por supuesto, con talento.

La serie está realizada en flash, una herramienta que, en principio, nació simplemente como un modo de hacer más atractivo y dinámico el aspecto de una página web, pero que con el tiempo está demostrando que sus posibilidades van mucho más allá. Los creadores de Cálico Electrónico lo están demostrando en cada episodio con una animación sencilla pero efectiva y, sobre todo, creíble.

Los argumentos de cada episodio no tienen desperdicio: esos niños mutantes de San Ildefonso que son una especie de “reverso tenebroso” de las Super Nenas, ese Corretón con su inconfundible acento andaluz (”aquí e’toy porque he venío…”) o ese hombre lobo que, cuando la luna se oculta, se convierte en algo mucho más temible: un hombrecillo de bigote algo charlotesco que, en un inglés totalmente macarrónico insiste en decir una y otra vez “I went to the White House” y cuya presencia termina provocando que Cálico, en un ataque de terror, propicie la reaparición de la luna para que vuelva a metamorfosearse en el, sin duda más inofensivo, hombre lobo.

Destacar el estupendo trabajo de los actores (no sé si profesionales o amateurs) que prestan sus voces a los distintos personajes. Tanto el propio Cálico Electrónico como los villanos de turno de cada episodio están magníficamente caracterizados, tanto en apariencia como en ademanes o en voz y son el vehículo perfecto para ese humor gamberro e iconoclasta que es el sustento de la serie.

Un humor, como he dicho, netamente español: bruto, negro y sin pararse en miramientos. Una auténtica bocanada de aire fresco en estos tiempos de corrección política que nos invaden.

© 2005, Rodolfo Martínez
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Detectives, guerras y poetas

Jueves, Mayo 26th, 2005 Pertenece a Mi misma mismidad, Pergeñando | Sin comentar »

Escribir sobre Sherlock Holmes me resulta tan fácil que a veces me preocupa. Al fin y al cabo, me digo, no es mi personaje y una vocecita interior insiste en decirme una y otra vez que no importa lo bien que lo haga, lo bien que le tome el pulso y lo bien que narre sus historias: no soy su creador y, para la mayoría de los lectores (y prácticamente todos los admiradores del detective de Baker Street) nunca pasaré de ser uno más de los muchos epígonos de Conan Doyle.

Así que, vale, una novelita de Holmes y un par de relatos están bien. Has cumplido, has dejado pasear tu lado más «freakie» y te has metido a contar nuevas aventuras y andanzas de un personaje que te fascina prácticamente desde tu infancia. Fin del asunto, pasa página y a otra cosa, mariposa. Eso era lo que pensaba cuando escribí La sabiduría de los muertos: que había saldado la deuda que tenía con el personaje, me había dado de paso un gustillo y se había acabado.

Pero parece ser que no. Es cierto que pasaron los años, más de diez, y no volví a escribir sobre Holmes; pero al mismo tiempo el personaje nunca abandonó del todo mis pensamientos. En 2003, mientras revisaba mis textos holmesianos para la edición de Bibliópolis que saldría al año siguiente, noté que dentro de mí algo se revolvía incómodo. Casi al mismo tiempo, Rafael Marín me había pasado el manuscrito de lo que luego sería su Elemental, querido Chaplin y me sugirió que, ya que yo estaba revisando mis propios pastiches, podíamos hacer que ambos textos, el suyo y el mío, fueran coherentes. Accedí encantado y, de este modo, lo que en principio no iba a ser más que un pequeño repaso destinado a corregir fallos menores terminó convirtiéndose en algo más serio. Y, por supuesto, a lo largo de ese proceso no dejé de preguntarme a mí mismo una y otra vez hasta qué punto Holmes yo habíamos terminado realmente.

Con el tiempo comprendí que, tarde o temprano, estaba condenado a escribir una nueva historia holmesiana. Supuse que tarde, pues tenía el impulso de hacerlo, pero me faltaba todo lo demás: la historia, el ambiente, los personajes. Poco podía suponer yo que unos meses más tarde, un comentario de pasada en la biografía de Franco escrita por Paul Preston desencadenaría un proceso casi vertiginoso que me llevaría a escribir una continuación de La sabiduría de los muertos.

Preston menciona que en julio de 1938 un tal lord Phillimore es enviado desde Inglaterra como embajador oficioso en la corte de Franco. Mi primer pensamiento fue pensar que era una lástima que no hubiera descubierto ese detalle mientras revisaba mi novela, pues entonces habría intentado ingeniármelas para relacionar al James Phillimore ficticio que aparece en ella con el lord Phillimore real que estuvo en España.

Y, claro, a partir de ese momento estuve perdido. La figura de Holmes alzándose de pie en medio de la Guerra Civil Española (un periodo sobre el que había estado leyendo con bastante detalle durante el último año, así que buena parte del trabajo de documentación ya estaba hecho) surgió en mi mente y, por más que yo intentara no pensar en ello, la historia empezó a tomar forma en mi cabeza.

Así nació este Sherlock Holmes y la huellas del poeta y, como me ocurre siempre que me enfrento a un trabajo holmesiano, ha sido uno de las historias que más me he divertido escribiendo y, al mismo tiempo, que más fácil me ha resultado de escribir. Probé muchas cosas a lo largo de ella (y unas cuantas que no había intentado antes) y tenía continuamente la sensación de que estaba dando saltos al borde de un abismo y que tan fácil me resultaría pasar al otro lado como terminar despeñándome. Sin embargo, eso no me preocupó gran cosa: me lo estaba pasando demasiado bien.

Espero que cuando aparezca la novela, dentro de poco más de una semana, la disfrutéis tanto como en su momento disfrutasteis Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos. De hecho, si soy sincero, espero que la disfrutéis más: creo que esta nueva historia es muy superior a la anterior en todos los aspectos. Pero, claro, yo sólo soy el autor. Sois vosotros, lectores, los que teneís que decidir si es así.

¿He culminado mi relación con Holmes con esta nueva novela? Mentiría si dijera que sí. Creo que el detective aún tiene cosas que decirme. Y no dudo que me las dirá, con el tiempo. Cuando lo haga, vosotros seréis los primeros en saberlo.

© 2005, Rodolfo Martínez
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Hace mucho tiempo…

Martes, Mayo 24th, 2005 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | Sin comentar »

Han sido veintiocho años de mi vida.

Por aquel entonces yo tenía doce y, de camino al colegio, pasaba junto a un cine donde se exhibía una cartelera y varias fotos promocionales de una nueva película que, eso decían, estaba haciendo furor por todas partes. La película era La guerra de las galaxias y las imágenes que, todos los días, me encontraba al salir de casa me hablaban de naves espaciales, planetas distantes, robots relucientes y batallas increíbles. La curiosidad me consumía: ¿estaría aquella película a la altura del aspecto que tenía?

Salí pronto de dudas. Y no, la película no estaba a la altura de su aspecto: estaba mucho mejor. Nunca en mi vida había visto nada como aquello, y nunca lo volvería a ver.

No, no estoy exagerando. Es cierto que, con el tiempo, vería películas de ciencia ficción muy superiores a aquella (de hecho, tres años más tarde comprendería que el mito de «nunca segundas partes fueron buenas» no era más que una frase hecha, al ver El imperio contraataca) tanto en guión como en interpretación, en dirección o, simplemente, en efectos especiales. La guerra de las galaxias no es la mejor película de la historia del cine, es cierto. Ni siquiera es la mejor película de ciencia ficción.

Pero fue la primera. No, no fue la primera película de ciencia ficción, aunque, en cierto modo…

Cuando se estrenó, estaba sola. Sin competencia posible: nunca nadie había hecho nada parecido. A nadie se le había ocurrido (o quizá sí se le había ocurrido, pero no había encontrado quien se lo financiase) crear aquel space opera mayor que la vida misma, lleno de personajes arquetípicos pero bien construídos, repleta de aventura por los cuatro costados, emocionante, divertida, y con los efectos especiales convertidos casi en un personaje más, en uno de los protagonistas, usados de un modo impecable para ayudar a la narración de la historia, a la ambientación de los lugares y situaciones, al ritmo de la película.

Hoy, cuando un joven de doce años va al cine a ver una película de ciencia ficción o de género fantástico, lleva casi desde su nacimiento bombardeado por imáganes de batallas espaciales, duelos a pistola láser, ejércitos que no caben en la pantalla o criaturas imposibles que vuelan por ella.

En aquel lejano 1977, sin embargo, fue como si se nos abrieran los ojos y se nos mostrase algo que no creíamos posible, pero que deseábamos que existiera. Todo lo que vino después, vino a su estela. Como he dicho, esa primera película de La guerra de las galaxías (a la que, lo lamento, aún me resulta díficil llamar por su título actual: Star Wars. Episodio IV: Una nueva esperanza) no es ni de lejos la mejor película de ciencia ficción que se haya rodado. Si me apuran, ni siquiera es una de las diez mejores. Pero fue la que abrió el camino para todo lo que vino después. Y poco importa que no fuera tan buena como la nostalgia nos ha hecho creer (los defectos de Lucas como director y guionista ya estaban allí, por más que el espectáculo asombroso que se exhibía ante nuestros ojos nos impidiera verlos), porque su verdadera importancia, al menos para mi generación, fue su carácter pionero, fue el modo en que nos hizo abrir los ojos a una nueva forma de hacer cine que, desde entonces, ha marcado para siempre a la industria (para bien, dicen unos; para mal, según otros).

Los años fueron pasando. Como he dicho, tres más tarde vino ese Imperio que contraatacaba y donde los personajes habían madurado y se enfrentaban a su destino. Era una película más oscura, más compleja y donde descubríamos que era cierto lo que algunos habían sospechado: ese temible Vader era el padre de Luke y Obi-wan le había mentido.

En 1983, con El retorno del Jedi pareció cerrarse un ciclo. Y no se cerró de un modo satisfactorio: tras el paso adelante que había supuesto El imperio contraataca aquel Episodio VI era un indudable paso atrás, una vuelta a un infantilismo tonto y facilón que a muchos nos hizo sentir incómodos. Pese a todo, ahí queda esa batalla espacial sobre la luna de Endor que, pese a los nuevos tiempos de efectos digitales, aún no ha sido superada en dinamismo, ritmo y espectacularidad. Y, sobre todo, estaba el enfrentamiento final entre Luke y Vader, y la redención de este último.

El ciclo se cerraba, pensamos todos. Lucas afirmó que se iba a tomar un descanso y yo fui de los que pensaron que ese descanso iba a ser definitivo. Que los episidos VII, VIII y IX nunca se rodarían y, desde luego, mucho menos el I, II y III.

Nos conformamos como pudimos. Con las novelas (aunque ninguna llegó al nivel de El ojo de la mente, escrita por Alan Dean Foster poco después de la primera película), con los comics, con los juegos de ordenador… Y, por supuesto, con las propias películas, vistas una y otra vez en VHS o en reestrenos en el cine, seguidos por discusiones interminables sobre cuál era la mejor de las tres, qué personaje nos gustaba más, cuál era nuestra escena favorita y, por supuesto, las cuestines candentes: ¿era de verdad Obi-wan Kenobi el mayor mentiroso de la Galaxia? ¿Realmente Lucas tenía en mente que Vader fuera el padre de Luke, o que éste y Leía fueran hermanos? Había un cierto consenso sobre la primera pregunta (sí, sin duda Obi-wan mentía más que hablaba), no tanto sobre la segunda (aunque la expresión en el rostro de Alec Guinnes al decirle a Luke aquello de «Darth Vader fue quien traicionó y asesinó a tu padre» era bastante elocuente en una mirada retrospectiva) y menos aún sobre la tercera.

Llegaron los años noventa. Las películas se reestrenaron con nuevos efectos, ahora digitales (algunos, un adecuado complemento que nos mostraban cosas que quisimos ver en su día y Lucas no pudo mostrarnos; otros, un parche mal integrado con el resto) y llegó el anuncio: habría una nueva trilogía. Se iban a filmar los tres primeros episodios.

Íbamos a ver a Anakin Skywalker siendo entrenado por Obi-wan Kenobi. Íbamos a ver las Guerras Clon, por fin. Íbamos a ver el ascenso de Palpatine y la creación del Imperio a partir de la República. Íbamos a ver algo con lo que llevábamos soñando desde 1977 y sobre lo que, muchos, ya habíamos fabricado nuestras propias versiones.

El resultado fue irregular. En parte fue irregular porque muchos fans de toda la vida tenían su propia idea sobre lo que había pasado, y lo que Lucas mostraba en la pantalla no coincidía con lo que nuestra imaginación había fabricado. Fue irregular porque Lucas, obsesionado con ser el autor de esta nueva trilogía, no cedió el control creativo (ni de guión ni de dirección) y lo que veinte años atrás eran defectos que el espectáculo no nos dejó ver (y que ahora la nostalgia nos ocultaba) se hicieron visibles y evidentes. Fue irregular porque, en cierto modo, nos dio más y menos de lo que esperábamos.

Nos dio paisajes increíbles, una Galaxia abigarrada, hermosa, en conflicto, mayor que la vida misma. Nos dio Jedis que se movían, actuaban y luchaban como siempre habíamos querido ver. Nos dio batallas, enfrentamientos, secuencias de acción que no nos habíamos atrevido a imaginar. También nos dio una república inoperante, un consejo de los Jedis miope, fanático y burocrático, y un estupendo villano que movía los hilos desde las sombras y manipulaba a todos sin que fueran conscientes de ello. Pero, al mismo tiempo, nos dio malos diálogos y peores interpretaciones, situaciones mal resueltas y secuencias mal rodadas (aunque bien montadas: nadie podrá negarle a Lucas sus méritos en la mesa de edición, su casi genial concepción del montaje y del ritmo de los planos dentro de una secuencia).

No nos dio lo que queríamos. Como he dicho, nos dio más (en ocasiones mucho más) y nos dio menos.

Pero, pese a todo, con todos sus defectos (ah, y algunos tan fáciles de evitar en manos de un director un poco más competente o de un guionista un poco menos incapaz) nos ha dado una película de doce horas en seis episodios que, con altibajos, con buenos y malos momentos, sigue teniendo un lugar especial en nuestro corazón; nos ha dado una Galaxia compleja, abigarrada, bien diseñada, llena de especies alienígenas, de malos torvos y sibilinos, de héroes que quizá no lo sean tanto, de luchas, dolor, amor, pérdidas y redenciones a largo plazo; nos ha dado una historia mítica, plagada de arquetipos universales y llena de resonancias en lo más profundo de nuestro subconsciente. Nos ha dado, pese a todo, un lugar con el que soñar, un universo que visitar y que considerar nuestro (ya lo decía Obi-wan en aquel lejano Episodio IV: «Recuerda, la fuerza te acompañará… siempre»).

Y, por supuesto, nos ha dado tema para hablar durante los próximos veintiocho años.

O más.

© 2005, Rodolfo Martínez
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Sábado, Mayo 21st, 2005 Pertenece a Imágenes en acción, Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »
From now until the end of the world, we and it shall be remembered.
We few, we happy few, we Band of Brothers.
For he who sheds his blood with me shall be my brother.

Recientemente he vuelto a releer (y revisionar) Hermanos de sangre, el libro, y posteriormente serie de televisión, que narra las peripecias de la Compañía E (la Easy Company que para los aficionados al cómic bélico trae más de un recuerdo) desde su entrenamiento en Currahee hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.

En el libro, Stephen E. Ambrose hace un estupendo trabajo de documentación que, unido a la recolección de los recuerdos de los supervivientes, crea un texto ameno, directo y que engancha casi desde la primera página. Narrado en un tono sencillo, sin pretensiones ni alardes, a mitad de camino entre la crónica histórica y la periodística, el trabajo de investigación de Ambrose nos lleva de la mano por esos años difíciles y nos hace, casi, vivir lo ocurrido junto a los hombres que allí lucharon, murieron, sobrevivieron y consiguieron volver a casa.

Steven Spielberg y Tom Hanks, los creadores de la serie, tenían ante sí un trabajo difícil, ya que sus pretensiones no eran crear una serie documental, sino dramática que, por tanto, debía seguir las convenciones de la ficción narrativa. Tenían que convertir un ensayo histórico (aunque fuera un ensayo con evidentes intenciones narrativas) en una serie dramática que pudiera atraer al público. La realidad no suele estar llena de planteamientos, nudos y desenlaces, ni tiene una estructura narrativa clara con sus momentos cumbres y sus anticlímax bien distribuidos a lo largo de los acontecimientos y contados con el ritmo apropiado. El reto está, entonces, en conseguir todo eso, en dotar cada capítulo (y la serie entera) de una estructura narrativa y dramática adecuada y, al mismo tiempo, no traicionar lo que ocurrió en realidad.

A lo largo de la serie se usan distintos trucos para lograr eso. Muchos de ellos son técnicas que Spielberg ya había usado en Salvar al soldado Ryan: el rodaje “cámara en mano”, el color sepia y algo “quemado”, la iluminación cruda y fría, los efectos digitales bien usados y mejor dosificados y, en general, una obsesiva atención al detalle -incluso de elementos que no tienen por qué salir necesariamente en pantalla- que hacen que, sin parecer un documental, la serie nos de la impresión de estar rodada en los lugares, con el equipamiento y en los momentos originales. Las entrevistas con los hombres supervivientes de la Compañía E (a veces al principio de cada episodio, en ocasiones al final) contribuyen a que nos creamos lo que ocurre, sin la menor duda, y curiosamente, consiguen algunos de los momentos más emotivos de toda la serie. Y los directores elegidos saben darle a cada capítulo ese difícil tono a mitad de camino entre el documental y la ficción por donde debe caminar la historia si quiere tener éxito.

Pero sin duda el mayor acierto de Hermanos de sangre es el reparto. La serie está poblada de varias docenas de actores espléndidos (y desconocidos) que son los verdaderos responsables de que nos creamos lo que está pasando. Actores con un aspecto tan cotidiano, tan de tipo de la calle que a veces uno no puede evitar pensar que nosotros mismos, en las circunstancias adecuadas, podríamos haber llegado a ser uno de ellos. Su interpretación va de lo bueno a lo soberbio, siempre sin estridencias, metiéndose en el papel con una facilidad engañosa que, estoy seguro, tuvo que costarles enormes dificultades conseguir. La serie está llena de tipos humanos muy diversos y espléndidamente retratados, como si alguien hubiera ido a cualquier país occidental y hubiera tomado de allí unas cuantas personas al azar, lo que no está muy lejos de lo que pasó en realidad. Sus personajes son complejos (no se nos ahorran ni sus grandezas ni sus miserias) pero nunca son mayores que la vida misma; lo que vemos en la pantalla (tanto por físico como por comportamiento) es un grupo variopinto de campesinos, universitarios, trabajadores, jóvenes de familia “bien” y muchachos desorientados que terminan compartiendo los años más importantes de sus vidas y que en medio de todo ello, se las apañan para crecer y sobrevivir a las heridas, no sólo del cuerpo, sino también del espíritu.

La serie es, por otro, lado un ejemplo perfecto de que lo escrito y lo audiovisual pueden, en las manos adecuadas, complementarse sin que uno sea superior al otro. El comentario habitual de “estaba mejor el libro”, clásico entre muchos espectadores cinematográficos, se revela aquí como falso. Libro y serie de televisión se complementan perfectamente: hay cosas en el primero que no han pasado a la segunda, pues no eran narrativamente necesarias (o incluso habrían entorpecido el fluir de la historia) y al mismo tiempo hay elementos en la serie que, implícitos en el libro pero nunca contados de forma directa, se convierten en parte importante de lo que vemos en la pantalla.

Debe de ser la tercera o cuarta vez que veo la serie y la segunda que leo el libro. Y creo que lo seguiré haciendo unas cuantas más.

© 2005, Rodolfo Martínez
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La séptima víctima

Jueves, Mayo 19th, 2005 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »

Supongo que la noticia no me afectaría lo mismo si no lo hubiera conocido y hablado con él. Es normal, incluso inevitable: solemos darle importancia a las cosas más por su cercanía a nosotros que por su relevancia objetiva.

Sí, hablo de Robert Sheckley, que ahora mismo se encuentra «atrapado» en un hospital en Kiev porque no puede pagar las facturas médicas: su seguro americano de pensionista no cubre lo ocurrido en el extranjero y, para colmo de males, perdió el seguro que se hizo al llegar al país y nadie ha sido capaz de encontrarlo. Así que en estos momentos se encuentra en medio de una situación que, si lo pensamos un poco, no es muy distinta de la que él mismo describió en alguno de sus relatos.

Le conocí en el año 2000, durante la celebración de la Semana Negra de Gijón que, aquel año, acogió la HispaCon (el congreso nacional de fantasía y ciencia ficción) dentro de su infraestructura. Hablamos un poco, mientras yo ejercía de improvisado «cicerone» y ambos esperábamos a unos periodistas que deseaban entrevistarle. Me sorprendió descubrir que, tras aquel escritor responsable de algunos de los más incisivos, satíricos, burlones y demoledores cuentos de ciencia ficción que yo había leído, había un hombre amable, tranquilo y que parecía tomarse la vida con esa calma que a veces se confunde con la indiferencia y que, me parece, es fruto de haber pasado por casi todo y haber conseguido sobrevivir a ello. Me habló de su interés por volver a vivir en España (ya lo había hecho hacía varias décadas) y me comentó que con sus ingresos la vida en Estados Unidos se la hacía cada vez más cuesta arriba; España, me dijo, era un país mucho más asequible, que además ya conocía y le gustaba.

Y ahora está en Kiev, convertido en protagonista de uno de sus propios cuentos: un pensionista americano que viaja al extranjero y que de pronto se siente mal, le cuesta respirar, cae al suelo, posiblemente pierde la conciencia. Cuando despierta, está en un hospital y un hombre de bata blanca, mientras le explica lo que le ha ocurrido y cómo ha sido la intervención a la que lo han sometido, le tiende la minuta. Más de siete mil dólares que él no tiene y que su seguro médico americano (sí, ese por el que lleva cotizando, ¿cuánto?, ¿treinta, cuarenta años, tal vez más?) no cubre los accidentes o intervenciones quirúrgicas en el extranjero. No hay problema, dice, me saqué un seguro al venir al país. Pero nadie encuentra ese seguro, nadie es capaz de dar con la documentación que lo acredita. Así que el hospital se convierte en una cárcel para ese hombre. Una cárcel de la que además, no podrá salir, pues a medida que pasa el tiempo, su deuda con el hospital va aumentando: cada comida que toma, cada chequeo que le hacen, cada día que pasa sin que deje libre la habitación son más y más dólares que se van añadiendo a la minuta.

La historia tiene (eso esperamos) un final feliz. Multitud de escritores de ciencia ficción se han ofrecido a ayudar a Sheckley y el autor británico Michael Moorcok está coordinando los esfuerzos de todos ellos. Otras iniciativas han salido al paso: una, que me toca de cerca, es la de la Semana Negra de Gijón, que se ha ofrecido a adelantar dos mil dólares para luego editar un pequeño folleto con un cuento de Sheckley que venderá por un euro, recuperando así, con la ayuda de los aficionados a la ciencia ficción, ese dinero.

Entretanto, el tiempo va pasando, y no puedo por menos de preguntarme de quién es la culpa de que ocurra algo así. Y no, no estoy pensando en las derivaciones sociales del asunto, no es mi intención embarcarme en una diatriba interminable sobre el sistema de seguridad social estaodunidense. Mi primer pensamiento al saber la noticia (aparte de la imagen en mi mente de ese hombre tranquilo, callado -con ese aspecto de «no quisiera molestar» que fue lo primero que vino a mi cabeza al conocerle- atado a la cama de un hospital, con los médicos convertidos en hoscos carceleros) fue el de cómo era posible que un hombre como Robert Sheckley, uno de los grandes de la ciencia ficción, un escritor que tiene relatos que, una y otra vez, son recogidos en cualquier antología que se precie de «lo mejor de…», un autor que ha sido adaptado al cine y que ha gozado en su momento de una popularidad no desdeñable, se encuentre en una situación económica tan apurada.

Quizá el problema esté precisamente en que Sheckley ha sido siempre un autor de cuentos, de relatos cortos, un escritor excepcional en las distancias cortas y medias pero que nunca ha funcionado demasiado bien como novelista. Eso, en un mercado como el actual, donde el cuento es algo de usar y tirar y para vivir de lo que escribes tienes que dedicarte, casi a tiempo total, a la novela, lo ha condenado a un segundo puesto, a vivir (supongo que más de una vez a malvivir) escribiendo novelizaciones de películas o franquicias y a malgastar una y otra vez su talento en un género que no es el suyo pero que, desgraciadamente para él, es el que produce beneficios.

Es curioso, porque siempre he pensado que el cuento es un género mucho más difícil que la novela (a mí me lo resulta, al menos) y nunca he acabado de comprender del todo esa falta de éxito comercial de los relatos cortos. En cualquier caso, el dato está ahí y es irrefutable. Y ese comportamiento del mercado literario es el que ha hecho que un escritor magnífico como Sheckley no haya podido ganarse la vida con lo que escribe (o que otros escritores se echaran a perder, como es el caso de Clive Barker, que pasó de pergeñar cuentos perfectos a componer novelas infladas con dos o tres momentos geniales, pero eso ya sería otra historia) y que esté ahora en la apurada situación económica que le ha metido en todo este lío.

Un lío del que esperamos que salga pronto, del que, estoy seguro, todos haremos lo posible para que salga pronto. Y, con un poco de suerte, quizá podamos ver a Sheckley de nuevo paseando por la Semana Negra, con ese aire entre despistado, modesto y reflexivo, concediendo entrevistas, firmando libros y, por qué no, pensando en el cuento que va a escribir sobre ese pensionista americano para el que un hospital se acabó convirtiendo en una cárcel.

© 2005, Rodolfo Martínez
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Total, para lo que me pagan

Martes, Mayo 17th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | Sin comentar »

Es curioso. Si yo no voy a trabajar un día, ese día no cobro. Y no sólo eso, sino que mi empresa me pegará un toque, me preguntará qué ha pasado y más vale que tenga una buena explicación a mano, o me puedo dar por jodido.

Y eso que mi trabajo no es precisamente importante. De él no dependen ni la paz del mundo, ni la prosperidad de la nación, ni la vida o la muerte de nadie. Así que uno se piensa que, coño, ya podían ser un poco más flexibles mis jefes, que al fin y al cabo lo único que nos jugamos es un poco de dinerillo, cuatro duros como si dijéramos, y hacer la vista gorda si de vez en cuando me da por irme de copas con los amiguetes en lugar de ir trabajar. Que comprendan que todo tiene un límite y que, además, por lo que me pagan, tampoco nos vamos a poner exquisitos, ¿no?

Otra cosa sería si tuviera un trabajo importante de verdad. No sé… por poner un ejemplo al azar que me viene ahora mismo a la mente… pues si fuera diputado, ¿no? Ahí sí que me estoy moviendo en otros niveles, con otras responsabilidades: mi voto representa la decisión de varios miles de personas y lo que haga o deje de hacer es importante. Soy uno de los tíos que legislan y, por tanto, que decide el aspecto que va a tener el país. Y además, ahí sí que me pagan un dinerillo jugoso, que merece que me lo tome en serio y que, por aburrido que me resulte estar ahí a veces, pues haga de tripas corazón y cumpla con mi trabajo con seriedad y no trate de escaquearme a la mínima de cambio. Vamos, que me pagan (y nada mal) por estar ahí al pie del cañón, me lo esté pasando bien o no. Y, dado que nadie me obligó a concurrir a unas elecciones, sino que lo hice movido por un afán de servicio público, pues lo menos que puedo hacer es cumplir con mi trabajo.

Sí, si fuera diputado entendería el cabreo de mi empresa. Si fuera diputado comprendería que me pidiera cuentas, que me echase una bronca del copón si falto a mis obligaciones o incluso que me despidiera si decido que, total para la mierda que se está discutiendo en el Congreso, mejor me voy a la cafetería con los amigotes, que seguro que voy a estar más entretenido.

Sí, si fuera diputado sería otra cosa. Sin duda.

© 2005, Rodolfo Martínez
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Más papistas que el papa

Domingo, Mayo 15th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | Sin comentar »

No conozco todos los detalles de cómo ha sido la historia, pero, hasta donde me he podido enterar, parece ser que alguien que ocupa un cargo más o menos importante en la Iglesia (no estoy seguro de si cardenal, obispo o qué) le ha pedido al rey que, como buen católico, se niegue a refrendar con su firma la ley del matrimonio (habitualmente llamada, por cierto, “del matrimonio homosexual”, como si sólo regulase eso; pero mejor no nos metemos en ciertas honduras del papanatismo periodístico o de la “desinformación” deliberada por parte de de algunos medios). Juan Carlos I ha manifestado que él es rey de España, no de Bélgica y que ni en sus más locos sueños se le ocurriría negarse a cumplir con sus funciones y no firmar una ley del país. El estamento eclesiástico se ha apresurado a salir al paso y decir que ellos nunca han pedido al rey que se niegue a firmar nada y que, en todo caso, se trató de una iniciativa aislada de una sola persona, no de la Iglesia como tal.

Hasta ahí, la noticia escueta. Un obispo mete la pata. El rey se niega, como es de rigor, a caer en la trampa, y el estamento eclesiástico desautoriza oficialmente a la persona que lo inició todo.

Hasta ahí… si no fuera por el empeño de un puñado de periodistas en ser más papistas que el Papa y empezar a cantar las loas y alabanzas de ese rey tan maravilloso que tenemos que, a pesar de todas las tentaciones que han salido a su paso, ha sabido resistirse y cumplir con su deber. Ese ha sido más o menos el inicio de un panegírico desenfrenado que he podido oír estos días en diversos medios, donde a los locutores se les llenaba la boca magnificando el gesto real y convirtiendo lo que no es otra cosa que el cumplimiento de las funciones de su cargo en un acto heróico, casi homérico.

Señores, el rey no ha hecho otra cosa que cumplir con sus funciones: y una de ellas es refrendar las leyes con su firma, sin que la opción de negarse a hacerlo esté presente en momento alguno. Punto. Eso ha sido todo. El rey no se niega a firmar ni esa ley ni ninguna otra porque no puede negarse, al menos en tanto en cuanto quiera seguir siendo rey. Eso es todo. No ha habido heroicidad alguna ni muestra de talante ni ninguna otra de las tonterías que he oído esos días. Simplemente, una persona que trabaja para el estado ha afirmado que, por la descripción de su puesto, no puede negarse a la firma de una ley. Lo mismo que un funcionario en una ventanilla no puede negarse a tramitar una petición que cumpla los requisitos legales necesarios. Eso es todo. Ni el funcionario es un héroe cuando da trámite al papeleo pertinente, le guste o no de qué va la cosa, ni lo es el rey cuando firma una ley, esté de acuerdo con ella o no.

Así que tal vez un poco más de perspectiva al echar una mirada a lo que pasa y un poco menos de espíritu hagiográfico al comentar los actos de determinadas personas, sería de agradecer. Soy el primero (pese a mi poco agrado por una institución como la monarquía; y especialmente por ciertos representantes de la monarquía borbónica) en tenerle simpatía a nuestro rey actual y en reconocerle que supo echarle huevos en dos o tres momentos importantes para el futuro del de país. Pero no saquemos las cosas de madre, por favor.

© 2005, Rodolfo Martínez
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¿Dónde estabas en los malos tiempos?

Domingo, Mayo 15th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | Sin comentar »

Parece que la Iglesia Católica está verdaderamente obsesionada con el matrimonio homosexual. De hecho casi podríamos decir que se ha embarcado en una auténtica “cruzada moral” contra él, afirmando cosas tales como que la unión entre dos personas del mismo sexo no sólo no puede ser calificada de matrimonio (ha llegado a decir algo muy parecido a que eso es una “burla del verdadero matrimonio”) o que esta ley está destinada a desvirtuar y corromper el matrimonio “de verdad”, el heterosexual.

Ya he comentado lo absurdo de esas afirmaciones en otro Escrito en el agua, pero lo que me llama la atención no es tanto la insistencia de la jerarquía eclesiástica en lo aberrante de esta forma de familia (al fin y al cabo, se limita a definir cuál es su postura moral frente al asunto, como podría hacer cualquier otro colectivo) como su insistente llamada la “desobediencia civil” y a que los funcionarios y cargos públicos encargados de formalizar esas uniones, si son católicos, ejerciten la objeción de conciencia y se nieguen a celebrarlos, bajo el argumento de que uno no está obligado a cumplir una ley que considera inmoral y que, de hecho, lo contrario termina llevando a lugares como Dachau o Auswitz.

No comentaré lo absurdo de la comparación. Por un lado estamos hablando de que, en el ejercicio de tu cargo, te niegues a cumplir una medida que ni te priva de tus derechos ni perjudica a ningún colectivo (a nadie se le obliga, que yo sepa, a casarse con alguien de su mismo sexo); en el otro de una ley que, directamente, atenta contra los derechos y la vida de muchas personas.

No, el meollo del asunto es otro. Y, en realidad, las palabras sobre Dachau o Auswitz me vienen al pelo. Porque me hacen preguntarme dónde estaba precisamente la Iglesia Católica en aquellos tiempos. No recuerdo haber leído en ninguna parte un llamamiento de la Iglesia a los católicos (civiles y militares, funcionarios y personas privadas) involucrados en el genocidio judio para que se negaran a cumplir las órdenes criminales que les daban, o a los jueces católicos responsables de aplicar las leyes alemanas de segregación y encarcelamiento de los judíos para que no las ejecutaran. ¿Dónde estaba esa llamada a la desobediencia civil, a la objeción de conciencia, a negarte a obedecer leyes inmorales mientras morían miles, millones de personas en la Alemania nazi? ¿Aconsejó la Iglesia a los militares católicos chilenos que ejercitaran su derecho a la objeción de conciencia y no arrojaran civiles desde aviones en vuelo? ¿O quizá, se limitó a mirar a otro lado y pensar aquello tan famoso de “que los maten a todos, que Dios ya reconocerá a los suyos”?

Lo menos que se le puede pedir (a cualquiera, pero más especialmente a una organización que, se supone, tiene la virtud como uno de sus principales puntales ideológicos) es que sea coherente a la hora de aplicar sus ideas. Y, francamente, no me resulta coherente lanzar una cruzada de desobediencia civil por un tema que no va a privar nadie de ningún derecho (y mucho menos a los católicos) mientras guardas (o has guardado) un silencio aquiescente ante leyes que convierten en ciudadanos de segunda clase o, directamente, condenan a muerte, a miles o millones de personas.

Quizá el problema está en el concepto de moral, de virtud, que parece haber tenido la Iglesia Católica a lo largo de su historia: circunscrito estrictamente a lo sexual. Nada importa que mates, robes, tortures o intervengas en un genocidio mientras seas un buen padre de familia, no uses condón y utilices sólo la postura del misionero en la cama. El único mandamiento importante parece ser el sexto (bueno, y quizá el tercero, que eso de “santificar las fiestas” ayuda al sostén económico de la Iglesia); los otros son irrelevantes.

En cierto modo, tiene sentido que la obsesión moral principal de la Iglesia esté girando siempre alrededor del sexo. Un comportamiento sexual determinado genera unas relaciones afectivas y sociales concretas que acaban desembocando en un tipo de familia específico. Y, al fin y al cabo, la familia, la familia tradicional, la de siempre, la “verdadera” lleva dos mil años siendo el reducto a través del cual se transmiten las ideas religiosas y se perpetúan los los rituales de comportamiento. Permitir la existencia de alternativas, dejar que todos vean que el suyo no es el único camino posible, puede llevar a que algunas personas piensen, se planteen hasta qué punto lo que han dado siempre por supuesto como “natural” lo es realmente y a que empiecen a contemplar con ojo crítico sus propias creencias y comportamientos.

Algo a lo que, por supuesto, la Iglesia Católica le tiene verdadero pánico. Poco importa que un dictador mate a miles o millones de personas, mientras no perturbe los rituales sociales y sexuales que favorecen la estructura familiar a través de la cual se ha perpetuado la la iglesia a lo largo del tiempo. Pero si los fieles empiezan a pensar por sí mismos, a cuestionar la validez de la jerarquía eclesiástica como único interlocutor válido entre ellos y la divinidad y, por tanto, los únicos con capacidad y autoridad para interpretar el código moral de esa divinidad… si llegan a la conclusión de que, al fin y al cabo, ellos pueden tener su propia relación personal con el dios en el que creen, sin necesidad de intermediarios, entonces ¿para qué sirve la Iglesia?

© 2005, Rodolfo Martínez
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El diccionario del diablo

Sábado, Mayo 14th, 2005 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 2 comentarios »

Ambrose Bierce se ha convertido en parte de la mitología popular a causa de su desaparición en 1913, cuando decidió irse a Méjico para unirse a las fuerzas de Pancho Villa. Carlos Fuentes especuló sobre lo que podría haber pasado con el escritor en su novela Gringo Viejo, que luego sería llevada al cine por Luis Puenzo, con Gregory Peck encarcando convincentemente a Bierce. Más recientemente aparecía en la tercera parte de Abierto hasta el amanecer, donde se daba, por supuesto, una explicación fantástica a su desaparición.

Bierce fue un notable escritor de relatos fantásticos y costumbristas y un periodista incisivo, que no respetaba ninguna estructura establecida ni dejaba títere sin cabeza. Nihilista feroz, cínico desencantado, atinado destructor de prejuicos y de “verdades absolutas”, su pluma dejó para la posteridad una serie de definiciones que van de lo irreverente a lo iconoclasta, pasando por lo reflexivo e incluso lo poético que inició en las páginas de los periódicos y que serían posteriormente recogidas en el libro titulado El diccionario del diablo.

Un libro que no es mala cosa releer en cualquier época, pero más aún en estos tiempos de posicionamiento moral absoluto, donde el enemigo aparece con frecuencia demonizado y la crítica legítima a determinadas actitudes se convierte en alta traición. No rebajaré a Bierce diciendo que fue el Michael Moore de su época. Moore, si bien una necesaria, saludable y más que bienvenida “mosca cojonera” que todo país democrático debería tener por su propia salud mental, no alcanza la talla intelectual del escritor del siglo XIX ni tiene la profundidad incisiva y a veces desgarradora que Bierce demostró en su diccionario.

Un diccionario que ahora reeditan Círculo de Lectores y Galaxia Gutemberg, en una edición muy cuidada que desde aquí me apresuro a recomendar. Para los que ya tengan en su poder la edición anterior en castellano, que en su día hizo Valdemar, aclararles que se trata de una edición ampliada (así consta en el título original, The Enlarge Devil’s Dictionary, y así lo pude comprobar al cotejar ambas ediciones) que incluye como complemento a algunas de las definiciones poemas, pequeños relatos o breves comentarios periodísticos.

En El diccionario del diablo todo tiene cabida y sus entradas muestran una visión del ser humano en la que no hay lugar para la esperanza o el consuelo. Somos bestias, nos dice Bierce, animales feroces, hipócritas, egoistas y brutales. Es cierto que esa imagen es sesgada, pues además de todo eso, somos otras cosas. Pero, al fin y al cabo, igualmente sesgada es la imagen del hombre como noble criatura civilizada, que avanza lleno de ideales en pos del progreso y la felicidad. Sin embargo, mientras la publicación de un panegírico a esa “pieza de artesanía que es el hombre” (en irónicas palabras de Shakespeare que, por desgracia, casi siempre son citadas en su sentido literal, olvidando que Hamlet las está usando con intenciones burlescas) no despierta reacción negativa alguna, cuando uno cae al otro lado y se centra en nuestra parte oscura, no suele ser bien recibido por sus congéneres. O, usando las propias palabras de Bierce:

cínico: Sinvergüenza cuya visión defectuosa le hace ver las cosas como son, en lugar de como deberían ser. De ahí la costumbre de los escitas de arrancarles los ojos a los cínicos para mejorarles la vista.

Abrir El diccionario del diablo por una página al azar y leer algunas de las definiciones es un ejercicio al que deberíamos dedicarle unos minutos todos los días. Un modo de abrir los ojos y enfrentarse al mundo con la mente bien despierta, quizá un tanto brusco, pero sin duda efectivo.

© 2005, Rodolfo Martínez
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