Boothill, boothill, so cold, so still

Soy, lo confieso, un admirador del western desde que tengo memoria. En todas sus vertientes: el clásico de Ford o Hawks, el espagueti-western de Leone, el sincrético de Eastwood y, por qué no, la mirada oriental que sobre el género ha lanzado Kurosawa en algunas de sus películas o John Woo en casi todas.

Reconozco que pasé mi más tierna infancia leyendo las novelas de Marcial la Fuente Estefanía y, en menor medida, las de Silver Kane y otros autores de bolsilibros, las entrañables «novelas de a duro». Más tarde, mi padre me hizo descubrir la obra de Zane Grey quien, pese a todos sus excesos descriptivos y su romanticismo caduco y un tanto ñoño, abrió mi imaginación a las grandes praderas, las guerras con los indios y las luchas de los primeros colonos. No sorprenderé a nadie si digo que una de mis novelas favoritas es Centenario de James Michener, donde se narra la historia un pueblo del estado de Colorado (y a través suyo de todo el Oeste y la frontera) desde la llegada de los indios hasta finales del siglo XX.

Visto lo cual, está claro dónde tengo que planificar mis próximas vacaciones: sin duda en ese estado de Florida que el hermano de George W. Bush acaba de convertir en un pueblo de frontera donde los ciudadanos podrán hacer uso legítimo de sus armas no ya si su vida corre peligro, o están bajo el fuego de otros sino, simplemente, si se sienten «razonablemente amenazados». Ya le tengo echado el ojo a un hermoso Colt peacemaker y a un precioso Winchester 73. Una vez que me haga con ellos (a los que uniré, por supuesto mi jorongo, un bonito sombrero Stetson y unas botas de cowboy como Dios manda -las espuelas, tengo que conseguir unas espuelas; y quizá unas chaparreras, por qué no-) me iré a Florida y estoy seguro de que allí me sentiré como en casa. Me bastará mirarle a los ojos cualquier desconocido (ya imagino el plano cercano de su rostro, un «Leone» en todo su esplendor: la mirada fija, inmutable, sin parpadear mientras una harmónica desgrana a lo lejos una melodía de Morricone) y decirle: «no he venido por el dinero, por el poder o por la mujer. He venido porque sé que, por fin, obtendré todas las respuestas. Hoy, de un modo u otro, terminaremos con esto» y bang! descargaré sobre él los seis tiros de mi revólver y el plomo hablará por mí y entonará su canción mortal y ardiente.

Sí, no puedo por menos que aplaudir la iniciativa de Jeb Bush de convertir todo el estado de Florida en un inmenso parque temático dedicado al viejo oeste. Con un poco de suerte, quizá cunda su ejemplo y otros gobernadores tomen medidas similares. Así podré pasearme por el Nueva York o el Chicago de la Prohibición (ah, paesano te haré una oferta que no podrás rechazar), el Los Ángeles y el San Francisco de los años treinta (lleno de tíos duros y rubias sinuosas, donde un hombre de verdad puede ganarse la vida investigando las ajenas por veinte al día más gastos), la Filadelfia de 1776 («creemos que todos los hombres ha sido dotados por su creador de ciertos derechos inalienables…»), la California de la Depresión, la Texas de El Alamo, la Alaska de la fiebre del oro, el Hawaii de finales de 1941…

Claro que, si lo pienso un poco, quizá no sea tan buena idea. Recuerdo de pronto la obsesión de Michael Crichton (desarrollada por ejemplo en su película Almas de metal y su novela Parque Jurásico) por los parques temáticos perfectamente controlados en los que, precisamente, algo escapa al control y acaba provocando el desastre. No, me digo, eso es ficción, en la realidad un tipo tan avispado como Jeb Bush (al fin y al cabo es hermano del Presidente, tipo listo donde los haya) no va a dejar nada al azar. Estoy seguro de que la ley que acaba de firmar lo tiene todo «atado y bien atado». Veamos…. Hmm… Sí, seguro.

Eh… un momento. Uno puede disparar contra otro si se siente «razonablemente amenazado». Ya. Claro. ¿Cómo se define «razonablemente»? ¿Qué rango legal tiene esa palabra? Probemos: «Aquel tipo me estaba mirando de un modo un poco extraño y además echó mano al bolsillo de su pantalón. Cómo iba a saber yo que iba a coger su teléfono móvil, agente: me pareció razonablemente amenazador».

No. Eso pasaría en un país como el nuestro. Seguro que nunca sucedería nada similar en los Estados Unidos. Allí la gente vive la vida de otro modo, un modo más tranquilo, más seguro, menos crispado que en la vieja Europa. Seguro que allí no va a haber ningún individuo de gatillo fácil que por una mala mirada y un gesto extraño le vacíe el cargador en la cara a un vecino.

Vamos, ni que hubiera pasado eso alguna vez.

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