A la altura de las circunstancias

Por supuesto, una vez aprobada la nueva ley del matrimonio, y tras la llamada de la Iglesia Católica a que los funcionarios católicos que tengan que aplicarla ejecuten su objeción de conciencia y se nieguen a hacerlo, han empezado a surgir las primeras respuestas de nuestros políticos (fundamentalmente alcaldes y concejales) demostrando, una vez más, lo bien que nuestra clase política sabe estar a la altura de las circunstancias en todo momento y lugar.

El primero en salir a la palestra ha sido un alcalde de una localidad catalana que, sin ningún rubor, ha calificado a los homosexuales de «tarados». No tengo muy claro si a todos los homosexuales o sólo a aquellos que quieran casarse, la noticia que leí no entraba en tales detalles. El partido al que pertenece dicho individuo enseguida le ha suspendido y se ha apresurado a tomar las medidas necesarias. Un poco tarde, y el daño ya está hecho, pero al menos se ha reaccionado.

Pero, claro, los asturianos no vamos a ser menos que los demás. Al contrario, como gente «grandona» que somos, tenemos que demostrar que superamos la media nacional, incluso aunque sea en cretinismo y estupidez.

Así, el alcalde de Villaviciosa, hermoso pueblo asturiano para los que no lo conozcan, cuna entre otras cosas de la famosa sidra «El gaitero», se ha apresurado a comentar que si bien no se opone a que se celebren matrimonios entre homosexuales en su ayuntamiento, él no va a celebrarlos, ya que no se siente de humor para ver cómo los contrayentes, tras el acto, se dan un beso. Al menos si fuesen mujeres, ha dicho, no le importaría oficiar. Pero «entre dos machos» (sic), jamás.

Lo primero que habría que decirle a ese alcalde es que el ayuntamiento no es «su» ayuntamiento, sino del pueblo de Villaviciosa, del que él no es más que un trabajador con un contrato temporal de cuatro años que puede serle, o no, renovado de acuerdo a cómo los propietarios de la empresa (los ciudadanos) decidan que ha cumplido con su trabajo.

Lo segundo es que él no es quien para oponerse (o para no oponerse) a que el ayuntamiento que preside celebre matrimonios de ningún tipo. Como alcalde, una de sus obligaciones es hacer cumplir las leyes del país. Todas ellas, sean o no de su gusto, y especialmente aquellas que le afecten por la descripción de su puesto: y celebrar matrimonios civiles es una de ellas. Así pues, el alcalde de una localidad no es nadie para decir si se opone o no a que se celebren matrimonios en el ayuntamiento. Y, si realmente se opusiera, su obligación es renunciar a su cargo. Que una cosa es hacer uso de la objeción de conciencia, que me parece perfecto (si un acto va contra tu moral es legítimo que te niegues a realizarlo) y otra muy distinta es «estar en procesión y repicando»: si tu conciencia te impide ejecutar la labor para la que has sido contratado, tu deber es dimitir de ese puesto. Pero no seguir en él y al mismo tiempo negarte a cumplir las leyes escudándote en una objeción de conciencia que no ha sido diseñada para eso.

Y finalmente llegamos al meollo, a lo verdaderamente esperpéntico de sus declaraciones. Porque, al fin y al cabo, lo que he comentado en los dos párrafos anteriores no tiene demasiada importancia. Es la típica cháchara sin demasiado significado con la que los políticos abren siempre sus declaraciones. Me ha sido útil, pues me ha venido al pelo para comentar un par de cosas que me interesaban, pero sin duda no es lo importante de lo que ha dicho el alcalde de Villaviciosa.

No, lo importante es ese comentario de que no tendría ningún problema en casar a dos mujeres, pero que no puede soportar la idea de hacerlo con «dos machos». Si lo pensamos un poco, es hasta comprensible, ¿no? Qué asco, por Dios: dos tíos besándose en público, qué escándalo, que cosa más asquerosa, cómo se le revuelven a uno las tripas sólo de pensarlo. Claro, dos mujeres es distinto, incluso hasta tiene su morbete y puede resultar estimulante, ¿verdad? Al fin y al cabo, como bien nos ha enseñado el cine porno heterosexual, que dos mujeres se lo hagan es de lo más normal e incluso su acto claramente está dirigido al goce y deleite de la audiencia masculina de la película. Pero, ¿dónde se ha visto en una porno (pero de las normales, eh, no de esas cosas para maricones) que dos tíos se lo hagan? Vamos, repugnante.

Repugnante es, desde luego, el comentario del alcalde. De nada sirve que haya retirado sus comentarios al día siguiente (o a las pocas horas) de haberlos hecho. Las palabras están ahí: en su momento las dijo, y eso es lo que importa. «Soy amo de mis silencios y esclavo de mis palabras», como reza el dicho -dicho que, por cierto, no vendría mal grabar a fuego en la frente a los políticos-. Y si cuando dijo esas palabras creía en ellas, de nada sirve ahora rectificar. Por otro lado, si las dijo sin pensar y ahora se arrepiente de haberlas articulado, es aún peor, pues estamos ante una figura pública que, por pura descripción de su cargo, debe medir y aquilatar todas y cada una de las palabras que diga ante los medios de comunicación o en los actos públicos, pues todo lo que salga de su boca en ese contexto va a tener relevancia y significado político. Así que, si no es capaz de pensar lo que va a decir antes de decirlo, mejor que deje el puesto y se retire a la vida privada.

Claro que, si él lo hiciera y su ejemplo cundiese, quizá muchos políticos bocazas (empezando quizá por cierto presidente autonómico que afirmó que la emigración de jóvenes fuera de su comunidad en busca de trabajo no era más que «una leyenda urbana», o por aquel otro que se lanzó alegremente a acusar de corrupción al gobierno anterior y luego, cuando vio que le iban a joder la reforma del «estatut», se la envainó como si allí no hubiera pasado nada) deberían también dejar sus puestos. Al fin y al cabo, si no saben hacer las cosas para que les hemos contratado, ¿qué demonios pintan ahí?

Pero, claro, he ahí el problema. Nosotros les hemos contratado. Y nosotros tenemos la opción de despedirlos y mandarlos al paro en las próximas elecciones. Porque, si lo pensáis un poco, a lo mejor la culpa de que esos tipos estén donde están (y sobre todo, de que sigan donde están después de haber demostrado su ineptitud) es más nuestra que suya. Si les renovamos el contrato pese a su comportamiento, si seguimos insistiendo en votar con las vísceras -llevados por lealtades ideológicas o de partido, o por argumentos sentimentales, o por miedo, añoranza o nostalgia- en lugar de con la cabeza -es decir, teniendo en cuenta única y exclusivamente los resultados y no las declaraciones de intenciones o el color político con el que uno se vista-, sólo podemos culparnos a nosotros mismos por lo que pasa.

Al fin y al cabo, tenemos la clase política que nos merecemos. Nosotros la hemos puesto donde está y nosotros la ayudamos a perpetuarse. Así que la próxima vez que un alcalde, o un presidente autonómico o un ministro diga o haga una barbaridad, tranquilos. Es lo que queríamos que hiciera, ¿no?

¿No?

¿Entonces por qué lo hemos puesto ahí, por qué lo hemos reeligido?

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.