Yo maté a Laura Palmer

Twin Peaks

Era un pueblecito tranquilo, de poco más de cinco mil habitantes (aunque luego, mercerd a una errata en un cartel, acabaría superando los cincuenta mil), donde la vida era idílica y nunca pasaba nada. Un lugar como tantos otros, apenas digno de figurar en el mapa. Y una mañana, se encontraba en una bolsa de plástico el cuerpo de la reina del Instituto, la chica más popular del pueblo, que llevaba comida a los inválidos, ayudaba en sus tareas a los más lentos, leía cuentos a los niños, echaba una mano en la parroquía. Era Laura Palmer, querida por todos, hija modelo, amiga ejemplar, adolescente encantadora. Quién podía haber querido matarla.

Así se iniciaba Twin Peaks, la serie que, de la mano del estrafalario director de cine David Lynch y el hábil productor televisivo Mark Frost, se convirtió en un fenómeno mediático desde el primer episodio. En realidad, Lynch y Frost utilizaron una fórmula tan simple que casi rayaba en lo genial, porque Twin Peaks no era otra cosa que un culebrón televisivo, en apariencia como tantos otros. Uno de esos donde enseguida, a los diez minutos de haber comenzado la serie, se descubre que las cosas no son lo que parecen, que el pueblo idílico no es tan idílico ni la modélica adolescente es tan modélica, que bajo la superficie de postal encantadora se agazapa un mundo oscuro, sombrío, lleno de tramas, traiciones, engaños y desengaños, cadávares guardados en el armario y secretos inconfesables que queman a sus poseedores. Nada nuevo, entonces.

Lo nuevo era que, por primera vez en televisión, nos encontrábamos con un culebrón que era consciente de su condición de tal y que, por tanto, estaba dispuesto a tomar todos y cada uno de los arquetipos del género y darles la vuelta, jugar con ellos, proporcionarles nuevos giros de tuerca y sin miedo alguno, y sin el menor temor al ridículo, llevarlos al extremo. De hecho, esa virtud fue también su mayor defecto, al menos en el aspecto comercial. Pues los espectadores que siguieron fascinados la serie durante su primera temporada empezaron a abandonarla a partir de la segunda, cuando la condición de culebrón autoconsciente de Twin Peaks se hizo explícita. El público no entendió (o quizá no quiso entender) que no había que tomarse nada de lo que se veía en serio: que no era más que un enorme parque de atracciones lleno de salas de espejos, túneles del terror y pasajes del amor.

También fue el primer culebrón que pertenecía al género fantástico (y quizá el último, si los datos no me fallan). Un género que estuvo bordeando durante toda la primera temporada y en el que se adentró ya con decisión a partir de la segunda. Y, al hacerlo, igual que había estado jugando con los clichés del culebrón, decidió hacerlo con los del género fantástico: en Twin Peaks se dieron cita el terror sobrenatural, las posesiones demoníacas, los encuentros con fuerzas que no sabíamos muy bien si eran sobrenaturales o extraterrestres.

Todo ello arropado por una galería de personajes que iban de lo entrañable a lo absurdo pasando por lo malsano y lo oscuro. Ese agente Cooper (y sus eternas conversaciones sin respuesta con Diane, a la que una y otra vez recomendaba la tarta de arándanos, ¿o era de cerezas?) que parecía un boy-scout budista enfundado en el uniforme del FBI; aquella Audrey Horne, mitad niña perversa, mitad adolescente insegura; James y Donna, la pareja atormentada por definición: ella una histérica; él, atribulado por todo lo que había sobre sus hombros (me pregunto si el pobre no sería una versión adolescente el Horatio que en CSI Miami parece llevar el peso del mundo entero en sus espaldas); la dama del leño; Windom Earle, antiguo compañero de Cooper, ahora devenido en genio del mal; el propio superior de Cooper, interpretado por un Lynch que tenía pinta de estar pasándoselo de miedo con aquello. Y me dejo muchos en el tinterio, por supuesto, pues una de las grandes virtudes de la serie era que todos los personajes, desde los más importantes a los más irrelevantes, estaban construídos de un modo impecable alrededor de un arquetipo al que, una y otra, daban la vuelta y retorcían. No puedo evitar mencionar, en cualquier caso, la fugaz aparición de un David Duchovny travestido que estuvo a punto de hacer posible ese cross-over con el que muchos hemos soñado: un equipo formado por el agente Cooper y el agente Mulder, ambos enfrentados a lo paranormal.

Laura Palmer

Y Laura, por supuesto. Esa Laura que sólo conocemos a través de los ojos de los demás, que nunca podemos ver tal y como se veía a sí misma, salvo en los breves momentos en que expresa su angustia a través de su diario. Esa Laura muerta, niña inocente, víctima propiciatoria, pálida, azulada, envuelta en su mortaja de plástico. Esa Laura que Cooper contemplaba en un monitor de televisión, la imagen congelada, y su rostro detenido para siempre en una sonrisa sin dobleces que la hacen parecer más joven aún de lo que es.

No es descabellado afirmar que Twin Peaks es, quizá, lo mejor acabado que ha hecho jamás David Lynch, un director al que, pese a un universo visual y conceptual realmente interesante, malsano e imaginativo, le pierden sus excesos. Porque el acierto de Twin Peaks estuvo en combinar dos talentos tan dispares como el de Lynch y el de Frost. El gusto por lo oscuro, retorcido y malsano del primero fue atemperado a la perfección por la visión comercial del segundo, y ambos consiguieron un producto casi redondo que hoy, más de quince años después, sigue siendo fresco, divertido e inquietante.

POSTSCRIPTUM: Si podéis evitarlo, no acudáis a la edición en DVD que Manga Films ha publicado en nuestro país. No sólo la serie está incompleta, sino que su calidad, tanto visual como de sonido, es francamente lamentable. Es aconsejable armarse de paciencia e ir comprando la edición especial que ahora mismo se está editando en inglés.

Un comentario

  1. laura palmer es alguin qyue exite en la vida de todos en todas las poblaciones.es alguien k sufre en silencio y k nadie s da kuenta d lo k le sucede hasta k algo grape pasa.

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