Marionetas del destino

Arthur Conan Doyle

Hay escritores condenados a sufrir un destino paradójico.

Arthur Conan Doyle es, sin duda, uno de ellos. Eclipsado por su creación más famosa, Sherlock Holmes, pasó buena parte de su vida tratando de deshacerse del detective y, cuando creyó que lo había conseguido (despeñándolo por unas cataratas suizas), descubrió que necesitaba el perfil aquilino y los ademanes arrogantes de su criatura muerta para poder contar de modo adecuado la novela de terror que estaba escribiendo. Sin Holmes no era capaz de narrar El perro de los Baskerville, así que tuvo que traerlo de entre los muertos (aunque sin devolverlo del todo a la vida, pues se limitó a afirmar que aquella aventura era anterior a su enfrentamiento con Moriarty) para que él y Watson nos llevaran de la mano por aquella escalofriante leyenda familiar que tenía por protagonista los páramos de Dartmoor.

Aquel «flashback» no fue otra cosa que una premonición. Y, años más tarde, Doyle se vio obligado, ahora sí, a resucitar formalmente a su criatura (y su madre no fue precisamente la que menos presionó en ese aspecto) y seguir narrando sus aventuras. Las aventuras de un personaje que se le había ido haciendo odioso con los años (por no mencionar que era el arquetipo mismo del racionalista escéptico, mientras él se dedicaba a intentar fotografiar a las hadas y a hablar con su hijo muerto a través de supuestos mediums) y que, además, le robaba el tiempo necesario para dedicarse a lo que de verdad deseaba, lo que esperaba que terminase justificándolo como escritor: la novela histórica.

Para el público moderno, Doyle es un caso claro de miopía, de ceguera ante su propia obra. Sus novelas históricas, hasta la más ambiciosa de todas ellas, La compañía blanca, no pasan de ser pálidos epígonos en la estela de Walter Scott. Sus historias de Holmes, por el contrario, nos han dejado un retrato, impresionista e intenso, de algunas de las partes más oscuras de la Era Victoriana. El mundo no recuerda a Sir Nigel (incluso algunos olvidan a sir Arthur), pero todos tenemos grabado a fuego en la memoria ese perfil afilado, esa pipa en la boca y ese «Elemental, querido Watson» que dicen que Holmes nunca dijo. El mundo está poblado por «hijos» del primer detective consultor. Y no es casual que la personalidad del Gil Grissom que dirige el departamento de CSI en Las Vegas esté marcada por una mezcla de arrogancia, altivez y «autismo social».

Miguel de Cervantes

Cervantes es otro de esos escritores paradójicos. Por un lado, se vio obligado a dedicar sus mejores esfuerzos literarios a un género que, en aquella época, estaba considerado «de segunda», la novela, claramente arrinconada frente a la poesía (fuente de prestigio) y el teatro (fuente de dinero). Hoy nos puede parecer sorprendente, pues la novela es, en estos días, el género rey y el teatro (más allá de tres o cuatro producciones colosalistas) difícilmente sobreviviría sin las subvenciones del erario público.

Sin embargo, en aquellos tiempos, si uno quería vivir (y en algunos casos vivir bien, e incluso muy bien) de la literatura, el teatro era el lugar al que debía dirigir sus esfuerzos. Y Cervantes lo intentó. Por desgracia sus intentos, quizá formalmente más perfectos, más adecuados a las normas aristotélicas, carecían de la vitalidad desbordante, de la mezcla de drama y comedia, de la comprensión (y a veces de la explotación) de lo más bajo y lo más alto de la naturaleza humana que hay en la obra del gigante de la época: ese Lope de Vega, fenix de los ingenios, que dominó la escena española durante toda su vida, e incluso, por qué no, después de su muerte.

Es curioso. Porque todo lo que Cervantes no supo o no quiso (quizá demasiado obsesionado por ajustarse a unos arquetipos formales que estaban condenados a desaparecer) meter en su teatro, sí que fue capaz de introducirlo en su narrativa. Sus novelas ejemplares diseccionan la sociedad de su tiempo con mano firme y precisa, y El Quijote fue, con diferencia, el mayor best-seller de la época. Era conocido en toda Europa, y disfrutado en todas partes. Desgraciadamente, necesitaba de un requisito previo para convertirse en un éxito de ventas que, en aquel tiempo, difícilmente se podía dar: al contrario que con el teatro, había que saber leer para disfrutar de la novela. La obra de Cervantes fue popular, enormemente popular (tanto como lo era en el teatro Lope de Vega), y se leía en voz alta en pueblos, plazas y posadas. Por cada ejemplar de la novela que se vendió, docenas, quizá cientos de personas, oyeron leer la historia. Pero no la leyeron ellos mismos, puesto que no sabían.

Pero quizá lo más paradójico de su destino sea el hecho de que él mismo consideraba su actividad como escritor algo secundario, sin relevancia frente a lo que era su principal interés, su mayor orgullo: el oficio de soldado. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que en el famoso «Discurso de las armas y las letras» que Don Quijote pronuncia en el salón común de una venta (que él veía como castillo, por supuesto), está detrás la voz del autor y que quien habla en ese caso no es la criatura, sino el creador. Para Cervantes -igual que para uno de los grandes la ciencia ficción del pasado siglo, el americano Robert A. Heinlein-, la profesión más noble que podía ejercer un ser humano era la de soldado, y toda una vida dedicada a la literatura, como la suya, era algo secundario comparado con haber estado en «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni verán los venideros»: la batalla de Lepanto en la que se detuvo el avance de los turcos (y en la que, por cierto, eso se dice ahora, Cervantes no perdió el uso de la mano como siempre habíamos creído).

Cervantes y Conan Doyle. Dos hombres que pasaron a la historia por algo que ellos mismos consideraban secundario, un modo de ganarse la vida al que optaron cuando no pudieron hacerlo por el que realmente querían. Nosotros nos alegramos de que haya sido así, de que Doyle retratara la oscuridad de la sociedad de su tiempo, y de que Cervantes nos diseccionara la España del siglo de oro en sus novelas. Sin su obra, nuestro mundo sería un poco más pobre, y seguramente nos comprenderíamos peor a nosotros mismos.

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