Marionetas del destino
Domingo, Abril 24th, 2005 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »
Hay escritores condenados a sufrir un destino paradójico.
Arthur Conan Doyle es, sin duda, uno de ellos. Eclipsado por su creación más famosa, Sherlock Holmes, pasó buena parte de su vida tratando de deshacerse del detective y, cuando creyó que lo había conseguido (despeñándolo por unas cataratas suizas), descubrió que necesitaba el perfil aquilino y los ademanes arrogantes de su criatura muerta para poder contar de modo adecuado la novela de terror que estaba escribiendo. Sin Holmes no era capaz de narrar El perro de los Baskerville, así que tuvo que traerlo de entre los muertos (aunque sin devolverlo del todo a la vida, pues se limitó a afirmar que aquella aventura era anterior a su enfrentamiento con Moriarty) para que él y Watson nos llevaran de la mano por aquella escalofriante leyenda familiar que tenía por protagonista los páramos de Dartmoor.
Aquel «flashback» no fue otra cosa que una premonición. Y, años más tarde, Doyle se vio obligado, ahora sí, a resucitar formalmente a su criatura (y su madre no fue precisamente la que menos presionó en ese aspecto) y seguir narrando sus aventuras. Las aventuras de un personaje que se le había ido haciendo odioso con los años (por no mencionar que era el arquetipo mismo del racionalista escéptico, mientras él se dedicaba a intentar fotografiar a las hadas y a hablar con su hijo muerto a través de supuestos mediums) y que, además, le robaba el tiempo necesario para dedicarse a lo que de verdad deseaba, lo que esperaba que terminase justificándolo como escritor: la novela histórica.
Para el público moderno, Doyle es un caso claro de miopía, de ceguera ante su propia obra. Sus novelas históricas, hasta la más ambiciosa de todas ellas, La compañía blanca, no pasan de ser pálidos epígonos en la estela de Walter Scott. Sus historias de Holmes, por el contrario, nos han dejado un retrato, impresionista e intenso, de algunas de las partes más oscuras de la Era Victoriana. El mundo no recuerda a Sir Nigel (incluso algunos olvidan a sir Arthur), pero todos tenemos grabado a fuego en la memoria ese perfil afilado, esa pipa en la boca y ese «Elemental, querido Watson» que dicen que Holmes nunca dijo. El mundo está poblado por «hijos» del primer detective consultor. Y no es casual que la personalidad del Gil Grissom que dirige el departamento de CSI en Las Vegas esté marcada por una mezcla de arrogancia, altivez y «autismo social».
Cervantes es otro de esos escritores paradójicos. Por un lado, se vio obligado a dedicar sus mejores esfuerzos literarios a un género que, en aquella época, estaba considerado «de segunda», la novela, claramente arrinconada frente a la poesía (fuente de prestigio) y el teatro (fuente de dinero). Hoy nos puede parecer sorprendente, pues la novela es, en estos días, el género rey y el teatro (más allá de tres o cuatro producciones colosalistas) difícilmente sobreviviría sin las subvenciones del erario público.
Sin embargo, en aquellos tiempos, si uno quería vivir (y en algunos casos vivir bien, e incluso muy bien) de la literatura, el teatro era el lugar al que debía dirigir sus esfuerzos. Y Cervantes lo intentó. Por desgracia sus intentos, quizá formalmente más perfectos, más adecuados a las normas aristotélicas, carecían de la vitalidad desbordante, de la mezcla de drama y comedia, de la comprensión (y a veces de la explotación) de lo más bajo y lo más alto de la naturaleza humana que hay en la obra del gigante de la época: ese Lope de Vega, fenix de los ingenios, que dominó la escena española durante toda su vida, e incluso, por qué no, después de su muerte.
Es curioso. Porque todo lo que Cervantes no supo o no quiso (quizá demasiado obsesionado por ajustarse a unos arquetipos formales que estaban condenados a desaparecer) meter en su teatro, sí que fue capaz de introducirlo en su narrativa. Sus novelas ejemplares diseccionan la sociedad de su tiempo con mano firme y precisa, y El Quijote fue, con diferencia, el mayor best-seller de la época. Era conocido en toda Europa, y disfrutado en todas partes. Desgraciadamente, necesitaba de un requisito previo para convertirse en un éxito de ventas que, en aquel tiempo, difícilmente se podía dar: al contrario que con el teatro, había que saber leer para disfrutar de la novela. La obra de Cervantes fue popular, enormemente popular (tanto como lo era en el teatro Lope de Vega), y se leía en voz alta en pueblos, plazas y posadas. Por cada ejemplar de la novela que se vendió, docenas, quizá cientos de personas, oyeron leer la historia. Pero no la leyeron ellos mismos, puesto que no sabían.
Pero quizá lo más paradójico de su destino sea el hecho de que él mismo consideraba su actividad como escritor algo secundario, sin relevancia frente a lo que era su principal interés, su mayor orgullo: el oficio de soldado. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que en el famoso «Discurso de las armas y las letras» que Don Quijote pronuncia en el salón común de una venta (que él veía como castillo, por supuesto), está detrás la voz del autor y que quien habla en ese caso no es la criatura, sino el creador. Para Cervantes -igual que para uno de los grandes la ciencia ficción del pasado siglo, el americano Robert A. Heinlein-, la profesión más noble que podía ejercer un ser humano era la de soldado, y toda una vida dedicada a la literatura, como la suya, era algo secundario comparado con haber estado en «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni verán los venideros»: la batalla de Lepanto en la que se detuvo el avance de los turcos (y en la que, por cierto, eso se dice ahora, Cervantes no perdió el uso de la mano como siempre habíamos creído).
Cervantes y Conan Doyle. Dos hombres que pasaron a la historia por algo que ellos mismos consideraban secundario, un modo de ganarse la vida al que optaron cuando no pudieron hacerlo por el que realmente querían. Nosotros nos alegramos de que haya sido así, de que Doyle retratara la oscuridad de la sociedad de su tiempo, y de que Cervantes nos diseccionara la España del siglo de oro en sus novelas. Sin su obra, nuestro mundo sería un poco más pobre, y seguramente nos comprenderíamos peor a nosotros mismos.
Pero sigue siendo el rey
Domingo, Abril 24th, 2005 Pertenece a Dentro de la viñeta, Visto y oído | Sin comentar »
Es curioso. A veces, la obra de un autor tiene más importancia por su influencia posterior en otros autores que por su calidad intrinseca. De algún modo, una obra puede ser fallida y al mismo tiempo influir en nuevas generaciones, de modo que al final son ellas las que, en una extraña pirueta, terminan sacándole todo el partido.
Estoy pensando, en este caso, en Jack Kirby. No en toda su carrera, sino en el momento en que rompió con Marvel (la editorial para la que había revolucionado el cómic de superhéroes con ayuda de ese gran publicista de sí mismo -y hombre de ideas afortunadas, por no mencionar su capacidad para el diálogo intrascendente, cosa más difícil de lo que parece a primera vista- que es Stan Lee) y decidió irse en busca de pastos más frescos a DC.
Por aquel entonces, Kirby ya era un gigante del cómic. Y sin embargo, no desembarcó en ninguna de las series principales de la editorial. No cayó sobre Superman, Batman, Flash o La Liga de la Justicia. Su llegada a DC se produjo en una de las series “menores” de la casa; de hecho, tan menor que su solo concepto era ridículo: nada más y nada menos que Superman’s Pal Jimmy Olsen, la serie dedicada contar las aventuras y desventuras del fotógrado pelirrojo que no dejaba de atormentar al Hombre de Acero con su reloj de señales.
Usando esa serie como punto de partida, Kirby empezó a desarrollar un “universo dentro del universo” en el que daría rienda suelta a su pasión por lo cósmico, lo épico y lo desproporcionado. Aquel invento fue llamado “El cuarto mundo”, y se articuló alrededor de cuatro series: la ya mencionada dedicada a Jimmy Olsen, Mister Miracle, New Gods y The Forever People. Allí Kirby desarrolló una mitología en la que combinaba los clichés del tebeo de superhéroes con la épica girega y escandinava y, de paso, inventaba una nueva. Era un grupo de tebeos difícilmente clasificables, a caballo entre la ciencia ficción, el space opera cósmico, la sicodelia, lo mitológico y lo teológico.
Y, seamos sinceros, no eran tebeos especialmente buenos. Kirby nunca fue un gran guionista: era el hombre de las ideas, de los conceptos, de las imágenes mayores que la vida misma. Pero por sí solo no era capaz de crear un buen cómic. Necesitaba a alguien como Stan Lee para que le bajara los pies a la tierra y limara algunos de sus excesos más grandilocuentes. En el Cuarto Mundo, dejado totalmente a su suerte, sin nadie para construir una narrativa sólida y eficaz a partir de sus apabullantes conceptos, Kirby se reveló como un autor fallido.
Pero interesante. Tremendamente interesante. Es cierto que sus historias iban de lo trivial a lo ilegible, pasando por lo torpe. Pero no lo es menos que resultaba difícil que olvidásemos sus conceptos, que las imágenes que manejaba no se iban de nuestra mente y que no podíamos dejar de darle vueltas a aquel cosmos mayor que el auténtico (más colorido, más interesante, más peligroso, quizá más real) que desplegó ante nuestros ojos, los personajes gigantestos -dioses, semidioses y titanes- que supo construir. Era incapaz de narrar de forma adecuada la historia del universo que estaba creando, pero el universo en sí era algo nunca antes visto en el cómic.
Claro que, si intentamos leer hoy algunas de sus historias, descubriremos lo mal contadas que están, lo acartonadas que nos parecen las actitudes de unos personajes que no son otra cosa que arquetipos.
Pero, ah, qué arquetipos. Darkseid, la encarnación misma de la oscuridad, obsesionado por encontrar la ecuación de la antivida. Orión, su hijo, criado por los Nuevos Dioses, en eterna lucha entre su naturaleza oscura y terrible y su educación en la luz. Mister Miracle, el mayor escapista del universo, un hombre que desconocía su propia identidad y que, incluso, cuando supo que era hijo del Gran Padre de los Nuevos Dioses, siguió sin saber cuál era su nombre. Incluso aquellos hippies cósmicos que eran The Forever People, recorriendo un universo que parecía salido de la psicodelia más desenfrenada.
Pasaron los años y Kirby dibujó otras cosas para DC (su Kamandi y su OMAC, por ejemplo). Volvió a Marvel, donde hizo algunas cosas verdaderamente raras (su serie basada en 2001: una odisea del espacio, sin ir más lejos). Y el Cuarto Mundo parecía haber desaparecido para siempre: un grupo de efímeros tebeos de superhéroes que nunca funcionaron muy bien comercialmente y que, en realidad, pasaron casi desapercibidos en su momento, más allá de un puñado de fieles empeñados en convertirlos en objeto de culto.
Pero aquel escaso grupito de aficionados no eran los únicos que recordaban el Cuarto Mundo. En Marvel, Jim Starlin estaba creando el villano definitivo: un tal Thanos, obsesionado por la muerte y la destrucción (con ese nombre, a ver qué remedio le quedaba). ¿Habría existido ese Thanos sin un Darkseid, sin un planeta Apokolips, sin la obsesión del señor oscuro por buscar la ecuación de la anti-vida? Permitidme que lo dude.
Y en la propia DC, de pronto el “Cuarto Mundo”, aquel universo arrinconado que no parecía tener demasiada importancia en el devenir del cosmos tebeístico de la editorial, empezó a dejar huellas, huecos y resonancias por todas partes. En una de las mejores sagas de la Legión de Superhéroes, La saga de la Gran Oscuridad, nos encontrábamos con que Darkseid era el villano que estaba detrás de todo. En la maravillosa Crisis en Tierras infinitas Wolfman y Pérez no podrían evitar rendir homenaje a las creaciones de Kirby en una breve, pero definitiva, intervención en la trama del señor de la oscuridad. Byrne desembarcaba procedente de la Marvel, procedía a renovar los mitos de Superman y una de las primeras cosas que hacía era introducir en ellos al señor oscuro de Apokolips. Mister Miracle se incorporaba a la Liga de la Justicia. Los jóvenes eternos (como se llamó aquí a The Forever People) tenían serie propia. Byrne se iba de DC y de Superman y Jerry Ordway, ascendido de dibujante a autor completo, seguía incorporando la mitología del Cuarto Mundo al entorno del Hombre de Acero. Orión y Lightray se unían a la Liga de la Justicia, como ya habìa hecho Mister Miracle. Jim Starlin lanzaba una saga cósmica (titulada precisamente Cosmic Odissey) en la que los Nuevos Dioses y Darkseid tenían una participación más que destacada. Byrne (y luego Simonson) contaban la historia de Orion, hijo de Darkseid por nacimiento, pero miembro de los Nuevos Dioses por política cósmica (y posteriormente por elección)…
Muchos años después de su cancelación, las creaciones de Jack Kirby seguían vivas y eran utilizadas una y otra vez por autores de renombre que no tenían ningún rubor en reconocer la deuda que habían contraído con el “Rey”. Fueron ellos los que verdaderamente desarrollaron el Cuarto Mundo en todo su potencial, algo que su creador no supo hacer. Pero sin él, sin esa imaginación desbordante, caótica, capaz de concebir un universo mayor que el real, todo lo que vino después no habría ocurrido.
