Familia no hay más que una

Como era de esperar, la aprobación de la nueva ley del matrimonio ha despertado reacciones de todo tipo. Y, como también era de esperar, la reacción de la Iglesia ha sido furibundamente negativa. Al fin y al cabo es lógico. Para la Iglesia Católica, el fin último del matrimonio es la procreación y, puesto que una pareja homosexual está incapacitada biológicamente para procrear entre ellos, un matrimonio así carece de sentido. Es una postura que nos puede molestar más o menos pero que, al fin y al cabo, es coherente con la doctrina moral católica y, por lo tanto, no debería sorprender a nadie. Claro que me pregunto hasta qué punto ellos mismos son coherentes con su propia doctrina: ¿se negaría a casar la Iglesia a una pareja heterosexual uno de cuyos miembros, o los dos, fuera estéril? Al fin y al cabo, esa pareja está tan incapacitada para la procreación como la formada por dos homosexuales.

Al menos es de agradecer que la Iglesia, o los sectores moral e ideológicamente cercanos a ella, haya abandonado el ridículo argumento de que formalizar legalmente las uniones entre personas del mismo sexo no puede ser calificado de matrimonio, bajo la excusa “etimológica” de que la palabra matrimonio significa la unión entre un hombre y una mujer. Como si las palabras no pudieran evolucionar (como si no lo hubieran hecho) para ampliar su significado, recoger nuevas acepciones o incluso alterar radicalmente su sentido. De no ser así, lo que mi empresa me paga todos los meses no podría ser calificado de “sueldo”, dado que yo no soy un soldado ni trabajo para el ejército. Y, de paso, habría que pegarle un toque muy serio a la Real Academia Española por haber aceptado que “lívido” pueda significar también “pálido”, en vez de su sentido original de “amoratado”.

El contraataque viene ahora por el lado moral del asunto. Nada tengo que objetar a aquellos que consideran el matrimonio homosexual como algo inmoral o aberrante: por más que no comparta esa postura, sí que es un punto de vista moral coherente con lo que ellos consideran éticamente correcto. Y, si esa postura es mantenida por determinada organización (en este caso la Iglesia Católica) están en su derecho a expresarla públicamente y a advertir a sus feligreses (pero sólo a ellos, ojo) de que ese no es el camino moralmente correcto.

Lo que ya me llena de perplejidad es oír a un obispo hablar de que esta ley del matrimonio es una destrucción premeditada de la familia tradicional. Porque, vamos a ver, ¿en qué punto de la nueva ley se declara ilegal el matrimonio heterosexsual? ¿Acaso la posibilidad de que parejas distintas a las “tradicionales” puedan constituirse legalmente en familia va a impedir a los que estén a favor de la opción heterosexual formalizar legalmente su relación? ¿Dónde está, pues, ese ataque a la familia “de siempre” (a la que en algunos medios he oído definir como “natural”, lo que no ha dejado de proporcionarme unas buenas risas. Porque, vamos a ver, si optamos por lo “natural” tendremos que dejar de cocinar la comida, de usar ropa, de hacer literatura o crear entretenimiento)? ¿Es que acaso esta “familia natural” es tan débil, tan insegura, que se siente amenazada cuando, sin restringir ni un ápice su existencia, se permite la incorporación de otros tipos de familia?

La nueva ley no impone nada a nadie. Y desde luego no se lo impone a aquellos que quieran optar por el matrimonio heterosexual de toda la vida. En realidad son ellos (algunos de ellos, para ser exactos) los que pretenden imponer algo a la otra parte, restringir su derecho a formar una familia tal como ellos la entienden. De hecho su comportamiento me recuerda el de ciertas clases privilegiadas que arman una alharaca cuando alguien pretende que lo que ellos gozan como privilegio y, por tanto, los sitúa por encima de los demás, se convierta en normal y al alcance de todos.

No estoy de acuerdo con muchas de las cosas que ha hecho este gobierno. Y, sobre todo, no estoy de acuerdo con la forma de hacer muchas de ellas. Me molesta especialmente el modo en que el tan archisobado “talante” se acabado convirtiendo en una serie de gestos vacíos de cara a la galería; cuando no de cretineces políticamente correctas, como la de pretender legislar que se compartan al 50% las tareas de hogar. ¿Qué pasa, que un día de estos va a echar mi puerta abajo la Guardia Civil o la Policía Nacional, orden de registro en mano, para asegurarse de que plancho o friego las mismas horas que mi mujer (o que ella lo hace las mismas que yo, ya que estamos)? Sin embargo, no puedo por menos de aplaudir su iniciativa a la hora de sacar adelante esta ley y normalizar, por fin, algo que estaba pidiendo ser normalizado desde hace mucho tiempo.

Quedan muchas asignaturas pendientes en el tema del matrimonio. (¿Qué pasa con los matrimonios múltiples, por ejemplo, por qué tres o cinco o siete personas adultas y conscientes de lo que hacen van a tener menos derecho a constituirse legalmente en familia que dos?). Pero al menos se ha dado un primer paso importante.

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