Everybody plays

De camino al trabajo suelo escuchar el programa de radio de Carlos Herrera. Es, generalmente, bastante divertido, no sólo por su cada vez menos disimulada tendenciosidad (al fin y al cabo, es un programa básicamente de opinión, así que está en su derecho a ser todo lo tendencioso que le plazca) y la rabia mal disimulada con la que encaja a veces algunos actos del gobierno (hoy mismo con la nueva ley del matrimonio, sin ir más lejos) sino por los comentarios económicos de Carlos Rodríguez Brown que hacen parecer proto-marxista a Adam Smith.

Ayer, por supuesto, Herrera hablaba del nuevo Papa. Y una de las cosas que comentaba, con esa «inocente» perplejidad que a veces usa, era su extrañeza ante el hecho de que todo el mundo, incluidos aquellos que no se consideraban católicos, se sintiera con derecho a opinar sobre Benedicto XVI y su idoneidad para calzarse las sandalias del pescador. Al fin y al cabo esto es un asunto interno de la Iglesia Católica, y sólo a sus fieles les compete. Sólo ellos tienen derecho a opinar sobre el nuevo Papa.

Me temo que no, que no es cierto, que no es así. Con el mismo argumento yo podría justificar que los españoles no tenemos el menor derecho a opinar sobre quién es el actual presidente de los Estados Unidos, ya que no somos americanos. La tontería se cae por sí misma desde el momento en que el Presidente de los USA marca una política internacional que, de un modo u otro, va a afectar a las vidas del resto del mundo, incluidos los españoles. Por lo tanto, es legítimo que opinemos sobre algo que nos afecta.

Del mismo modo, la línea ideológica o doctrinal que siga un Papa u otro, no sólo afecta a los católicos. Vivimos en una sociedad en la que, para bien o para mal (creo que para mal, al convertir algo que debería pertenecer estrictamente al ámbito privado, la religión, en una cuestión no sólo social, sino a veces de estado), la Iglesia Católica es una voz influyente, y lo que se dice desde la Plaza de San Pedro es tomado en consideración en muchas partes. Que la Iglesia siga una tendencia u otra me va a afectar, por más que yo no sea creyente y, por tanto, no me sienta obligado a seguir la doctrina moral católica. Porque va a afectar a la sociedad en la que vivo, va a influir sobre ella y va a contribuir a generar un clima social u otro, incluso podría llegar a inspirar que se aprueben (o se rechacen) unas leyes u otras. En otras palabras, la línea ideológica o doctrinal que marque la Iglesia terminará afectando mi vida diaria. Quizá de un modo más sutil, menos visible, que la política económica del gobierno o las decisiones de la Unión Europea. Pero, en definitiva, la Iglesia es uno de los factores que contribuyen a definir la sociedad en la que vivo y, por tanto, estoy legitimado para opinar sobre ella, ya que afecta directamente a mi vida.

Así que me temo que, pese a lo que digan algunos, aquí jugamos todos.

POSTSCRIPTUM: No puedo terminar sin comentar una nueva muestra del papanatismo informativo que nos rodea por todas partes. El día de la proclamación de Benedicto XVI asistí al panégirico que uno de nuestros canales de televisión (no recuerdo cuál y para el caso no importa: seguro que habría escuchado, sino las mismas, otras cretineces del mismo calibre en cualquier otro canal) dedicada al recién elegido Papa. Aparte de la inevitable retahila de tópicos y lugares comunes a cual más sonrojante -como el ya clásico de que este Papa era «un hombre muy humano»-, me quedé de piedra cuando oí que se le definía como «un hombre de Dios». Coño, claro, estaría bueno que el Papa no fuera un hombre de Dios. Eso sí que sería noticia de primera plana.

Un comentario

  1. La guardia suiza no son los marines, y las huchas vaticanas no son la Fed. Bastante tiene el Papa con conseguir que lo escuchen los católicos, que no siempre sucede. Ni los curas, para el caso.

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