El Borges de Milwaukee

Ven y enloquece

Era un tipo ácido, lacónico y con problemas con la bebida. Era un un vago que odiaba escribir, aunque adoraba haber escrito. Era un pesimista nato, casi un nihilista, sin la menor fe en el género humano o en la posibilidad de que las cosas pudieran mejorar. Y era uno de los mejores escritores de relatos cortos que ha dado la literatura del siglo XX en cualquier género. Era Fredric Brown.

Gigamesh acaba de publicar sus cuentos completos en dos volúmenes: Ven y enloquece y Luna de miel en el infierno. Y, una vez más, ha sido una auténtica delicia disfrutar de ese estilo lacónico, sobrio y de una eficacia narrativa que casi pone los pelos de punta. Ha sido maravilloso volver a enfrentarme a sus paradojas temporales sin salida, a sus hombrecillos atrapados por el absurdo, al modo en que, como quien no quiere la cosa, era capaz de desplegar ante nuestros ojos el horror, la locura, la ironía, el delirio. Brown contaba las cosas como si éstas fueran inevitables, sin darles importancia, sin alharacas. En manos de otro, eso tal vez se habría convertido en ramplonería, en pobreza de estilo. En las suyas se transformaba en una herramienta narrativa poderosa y dinámica.

Y, por supuesto, estaba su forma de mirar el mundo. Como un espectador distante y apenas interesado que no tiene demasiada fe en que las cosas se arreglen.

Dejadme que os ponga un ejemplo. El primero de los relatos de Ven y enloquece, un brevísimo cuento titulado «Armagedón» que en manos de un escritor menos hábil, con una mirada menos cínica, habría quedado simplemente en un chiste moderadamente gracioso. Temo que voy a desvelar el meollo del relato. Así que estáis avisados:

En «Armagedón» se narra cómo un niño evita el juicio final gracias a su pistola de agua: cuando el diablo está a punto de caer sobre el mundo, nuestro protagonista, asustado por las llamas que le rodean, saca su pistola de juguete y, de un modo instintivo, la dispara. Pero la pistola está llena de agua bendita y, cuando ésta toca al Diablo, su momento de triunfo se desvanece. Un autor menos hábil habría terminado ahí el relato, en un clímax donde se nos revela la coletilla del chiste. Así, por ejemplo: «Herbie Westerman disparó su pistola de agua contra el diablo… la pistola que él mismo había rellenado en la pila bautismal de la catedral aquella mañana».

Pero no, Brown no hace eso. Vemos al niño disparar, vemos el agua caer sobre el Diablo y chisporrotear, y a Lucifer reconocer su derrota. En ese momento aún no sabemos por qué el juguete de un niño le ha vencido. Lo descubriremos unos párrafos después cuando su padre (que, por supuesto, desconoce que Herbie ha salvado el mundo) lo castiga por haber rellenado la pistola en la iglesia con agua bendita. En ese momento, lo que no dejaba de ser un chiste adquiere una nueva dimensión. Ya no se trata de «los planes del Diablo son frustrados por el juguete de un niño cargado accidentalmente con agua bendita». Ahora estamos ante «un niño salva el mundo de pura chiripa y es castigado por ello».

Es curioso que ese primer cuento del volumen resuma a la perfección la visión del universo que tenía Brown: como algo ni hostil ni amistoso para el hombre. Como algo, simplemente indiferente a su suerte. Un lugar donde las buenas acciones son accidentales y no traen consigo una recompensa. Si el bien triunfa, nos dice, es de chiripa. Y nada nos garantiza que luego vaya a recibir el aplauso del héroe. El azar es lo que rige el universo. Nada más. Nada menos.

Leer a Brown no es un ejercicio consolador. Ni siquiera en sus relatos más aparentemente triviales, más humorísiticamente inofensivos. Cada cuento suyo es una carga de profundidad, un ataque tranquilo, sin prisas, casi imperceptible.

Pero imparable.

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