¿Un papa de transición?

Supongo que no queda más remedio que hablar de la noticia del día (y de la semana, y del mes…), la elección de Joseph Ratzinger como Papa bajo el nombre de Benedicto XVI. Una decisión que ha sido acogida (como lo hubiera sido la de cualquier otro) con reacciones dispares que van de la alegría al desencanto, pasando posiblemente por la frustración y el triunfalismo, dependiendo de quiénes comenten la noticia.

El sector más liberal de la Iglesia no ha reaccionado muy bien. Posiblemente se esperaba, después del largo pontificado de Juan Pablo II, un giro aperturista del estamento eclesiástico que, vistos los antecedentes del nuevo Papa, no parece muy probable.

Por otro lado, su avanzada edad (setenta y ocho, si no he oído mal) ha llevado a comentar a algunos la posibilidad de que éste sea un “papado de transición” que dure unos pocos años y que prepare el camino hacia… ¿hacia qué, nos preguntamos?

En cualquier caso, parece que la elección del cónclave ha tendido hacia el continuismo: un hombre en la estela ideológica de Juan Pablo II que, como mucho, consolidará la línea moral y doctrinal emprendida por el Papa polaco.

Sin embargo, no puedo por menos de preguntarme si realmente será así. Si, una vez más, y con esa astucia zorruna que ha sido una de las claves de su supervivencia durante dos mil años (la otra ha sido la de arrimarse, siempre que era posible, al sol que más calentaba, empezando por el Imperio Romano del que tomó liturgia, organización, rituales y hasta división administrativa) la Iglesia no le estará colando un nuevo gol al mundo.

Me explico.

De haber sido elegido un Papa de la linea más progresista, éste se habría visto continuamente enfrentado a todas las facciones y corrientes ideológicas dominantes en el seno de la Iglesia. Cualquier medida aperturista sería rechazada por el sector más conservador y criticada por insuficiente por el sector más progesista.

Sin embargo, Bededicto XVI tiene la ventaja de que nadie espera de él un gesto de apertura, ni el menor asomo de un retorno a los valores post-Conciliares (del Vaticano II, claro, no del de Trento). Así, el menor de sus gestos será acogido con sorpresa y complacencia por el sector favorable a una modernización de la Iglesia y, al mismo tiempo, no será mirado con desconfianza por la parte más conservadora, pues al fin y al cabo él es «uno de los suyos».

Decía que me preguntaba si realmente este Papa estaba destinado a ser un Papa de transición. Y quizá lo sea. Pero a lo mejor no en el sentido que todos esperan.

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