Otras perchas donde cuelgas el sombrero

Marisa Cuesta, con la Sagrada Familia al fondo

Hay ciudades donde nunca… Iba a decir donde nunca viviría, pero a estas alturas de mi vida, mejor me abstengo de escupir hacia arriba, no vaya a ser que acabe pringado. Digamos simplemente que hay ciudades en las que no me gustaría vivir. Hay otras, sin embargo, en las que me resultaría agradable; y otras, unas pocas, en las que me sentiría como en casa. Entre otras cosas, porque así me pasó desde el primer momento que puse el pie en ellas.

Una de esas últimas es, por supuesto, Gijón, la ciudad en la que vivo y que me acogió a los diez años. Otra, sin la menor duda, es Barcelona. Aunque pasé por ella un par de veces durante mi infancia, no fue sino a finales de los años noventa, cuando regresé ya bien entrado en mis veinte, cuando descubrí el tipo de ciudad amplia, acogedora y cosmopolita que era.

Ahora, después de pasar, una vez más, unos días en ella (y de haber visto a la familia, haber estado con los amigos, haber pasado por esos antros de «vicio y subcultura» llenos de libros, comics y merchandising y haberme dedicado a promocionar, por supuesto, Los sicarios del cielo) vuelvo a sorprenderme una vez más de lo bien que me siento paseando por sus calles, comiendo en sus restaurantes o comprando en sus librerías.

Marisa Cuesta

Hay ciudades que son como una olla a presión, en las que todo parece conspirar contra ti: los edicios te miran torvos, las calles se estrechan a tu paso, la gente pasa con prisa, de un modo crispado. En el aire se huele una sensación de urgencia y claustrofobia que te hace desear irte de allí en cuanto puedas. Puede que tengas buenos amigos en esas ciudades, que te lo pases bien, que incluso encuentres lugares agradables y que merezcan la pena. Es posible que se trate de ciudades hermosas, bien construídas, llenas de edificios monumentales, museos interesantes y amplios espacios para la cultura. Pero hay algo en su ambiente que te dice que no eres del todo bienvenido. O quizá no es eso, quizá lo que te dice es que, si te quedas, ya no podrás escapar y te convertirás en un prisionero más que irá de un lado a otro con prisa y sin mirar a su alrededor. Un autómata crispado, concentrado y sin objetivo.

Alejo Cuervo, Rodolfo Martínez, Juanma Santiago

Otras, por el contrario, te dejan pasar como quien no quiere la cosa. Y de algún modo, sin que importen las aglomeraciones, el tráfico o lo hora punta que sea, se respira un aire tranquilo, calmado. Sus calles te parecen quizá más amplias de lo que son en realidad, y sientes que tienes todo el espacio y todo el tiempo del mundo para ti. Quizá la presencia de un mar cercano que no necesitas ver, pero que intuyes a la perfección, tenga algo que ver con eso. Puede que su condición de puerto de mar, abierto a invasiones, influencias, oleadas, esté relacionado con el asunto. O puede que no. Tal vez el hecho de que tanto Gijón como Barcelona tengan mar (mientras que Oviedo y Madrid carecen de él) sea pura coincidencia. No lo sé.

Lo que sí sé es que las ciudades, más allá de su estética, su urbanismo, su físico, tienen una personalidad. Y esa personalidad a veces es acogedora, expansiva, tranquila, abierta y franca.

Barcelona es una de esas ciudades. Y, aunque hace tiempo que decidí que Gijón sería -salvo imprevistos- la percha donde siempre iba a colgar mi sombrero, reconozco que la idea de colgarlo al borde del Mediterráneo en lugar del Cantábrico no me desagrada. Para nada.

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