Carrera de fondo
Martes, Abril 12th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, El mundo real | 3 comentarios »Últimamente he descubierto, con cierta sorpresa, la proliferación de las editoriales de autoedición. Ya sabéis a qué me refiero: esas editoriales donde uno puede publicar su obra a cambio de que financie, parcial o totalmente, la edición. Algunas editoriales se conforman con cobrarle al autor la maquetación del libro, otras la maquetación y la impresión y otras llegan al extremo de hacer que sea el propio autor el que, además de haberlo pagado todo, distribuya también el libro.
Curiosamente, ese tipo de inventos están floreciendo. Multitud de pequeñas empresas parecen haber visto el negocio en el asunto y, sin duda, deben de estar obteniendo buenos beneficios. No es de extrañar, al fin y al cabo. La inversión que exige una empresa como esa es mínima (a veces, directamente, ninguna) y los beneficios están asegurados.
No me sorprende, por tanto, que alguien se plantee abrir un negocio de esas características. Al fin y al cabo, los riesgos económicos son casi inexistentes. Y si te va bien puedes sacarte un dinerillo bastante jugoso.
Sí que me resulta sorprendente, sin embargo, el que les esté yendo tan bien.
Supongamos que soy un autor joven y hambriento de publicar. Mi aspiración es, con el tiempo, convertirme en un escritor profesional. La literatura no es para mí un hobby, una agradable afición de fin de semana. No, lo mío va en serio; estoy aquí para quedarme.
No consigo publicar e las editoriales «tradicionales», o quizá ni siquiera lo he intentado con ellas (tal vez tengo miedo de no estar a la altura de sus exigencias, o puede que considere que no me van a publicar por ser un desconocido, como si los autores famosos hubieran nacido siéndolo). Una editorial de autoedición me ofrece la publicación de mi novela. Me envían una carta donde se deshacen en loas y alabanzas sobre mi obra (mi estilo, mi personajes, mi trepidante manejo de la trama, mi inventiva para crear mundos fantásticos a la vez que plausibles… todo eso) y me dicen que, no sólo estarán dispuestos a publicar mi obra, sino que para ellos será un privilegio hacerlo. A cambio lo único que tengo que hacer es financiar la maquetación y la impresión del libro (digamos unos 6000 euros) y, si de paso les ayudo a venderlo y distribuirlo, pues mucho mejor. No voy a cobrar mucho al principio, hasta que se amorticen los gastos de edición (¿qué gastos?, me pregunto, si yo lo estoy pagando todo) pero como no dudan que mi libro será un éxito editorial -su calidad y vitalidad hacen imposible que fracase-, seguro que enseguida empezaré a recibir derechos de autor.
Hay otra versión de eso último, mucho más halagadora para mi ego y que, de paso, parece una explicación plausible para el hecho de que en las editoriales «tradicionales» me hayan dado con la puerta en las narices: mi obra es buena, increíblemente buena. Pero al mismo tiempo es tam rompedora, tan original, tan innovadora, que otras editoriales no están preparadas para asumir el riesgo de su publicación. Es más, puede que el mercado, el público aún no esté preparado para una novela tan innovadora. Así que es posible que, pese a la calidad contrastada de mi trabajo, éste no se venda bien. Pero ellos confían en mí, y van a arriesgarse y publicarme. Porque lo merezco.
Ante esa oferta se me plantean varias preguntas:
- ¿Hasta qué punto la valoración entusiasta que hacen de mi trabajo tiene la menor validez? Quiero decir, ellos van a cobrar tanto si la novela que les mando es buena como si se trata de una basura infecta. Si un editor que está dispuesto a arriesgar su dinero con lo que publica, me dice que mi novela es buena, podré darle cierto peso a su opinión. Al menos el de que considera que conmigo puede realizar una inversión fructífera. Pero no le daré mucho crédito a su valoración de mi obra si el que me dice eso es alguien que no arriesga un duro y que, además, va obtener beneficios tanto publicando basura como buenas novelas. Por lo tanto, ¿qué otro propósito tiene decirme que soy un escritor maravilloso más allá del de satisfacer mi ego y, de paso, cegarme ante lo evidente?
- Veamos. Si yo financio la novela (y en algunos casos hasta la distribuyo), ¿para qué les necesito? ¿Para que pongan su sello editorial, su logotipo? ¿Acaso no puedo ir yo mismo a una imprenta, pedirles un presupuesto y encargarles directamente la impresión de mi obra? Tal vez si lo haga descubra que esos 6000 euros de los que me hablaba la editorial se reducen a unos 2000, puede que incluso menos.
- Puede que no tenga ningún interés en lanzarme al mercado, en abrirme un hueco y competir con otros autores. A lo mejor para mí la literatura es un hobby y me siento satisfecho con que mi obra sea conocida entre mis parientes y amigos. Perfecto. Una opción totalmente legítima. Pero en ese caso puedo publicarme yo mismo, sin necesidad de un intermediario que me va a encarecer, necesariamente, los costes.
- Si ningún editor «tradicional» está dispuesto a arriesgar su dinero conmigo y sólo aquellos que van a obtener beneficio de mí sin arriesgar nada quieren publicarme, ¿no será quizá el momento de plantearme que a lo mejor aún no estoy maduro para publicar, que quizá todavía no soy lo suficientemente bueno, que debo seguir trabajando y tratando de mejorar?
Comprendo el entusiasmo, las ganas de publicar, el «hambre» por ver al fin tu nombre en letras de imprenta y que los demás te lean y te valoren. He estado allí. He enviado novelas a editoriales que nunca me las devolvieron, o si lo hicieron fue con una nota (unas veces amable, otras escueta) en la que me informaban de que mi novela no les parecía adecuada para su línea editorial. Pero nunca, ni en mis momentos más bajos, se me ocurrió pagarle a alguien para que me publicara. Mi pensamiento fue: «Si aún no me quieren publicar, tengo que seguir currando. Y llegará un día en que sea tan bueno que no les quedará más remedio que abrirme las puertas.»
El escritor es el primero que debe tener confianza en su trabajo (lo cual, al mismo tiempo, no debe cegarle ni adormecer su sentido de la autocrítica) y una de las cosas que implican esa confianza es que, si lo que escribo es bueno, lo es lo bastante para que alguien arriesgue su dinero y emplee su tiempo en publicarlo. Y si no encuentro a nadie dispuesto a hacer eso, a lo mejor es que aún no soy lo bastante bueno, por más que mis padres, mis tías y mi novia juren y perjuren que soy un escritor cojonudo.
Lo otro es tomar el camino fácil y, de paso, devaluarte a ti mismo. Al menos si tu aspiración a la hora de escribir es que los demás te lean; si lo que quieres es llegar a un público lo más amplio posible y competir en el mercado, en los estantes de las librerías, con todos los demás autores. Y que sea el público el que decida quién merece la pena o no.
Quizá el éxito de estas editoriales de autoedición se debe a esta época en la que vivimos, en las que se enseña a las nuevas generaciones que el esfuerzo, la disciplina y el trabajo constante y continuado no sirven para nada; que, al fin y al cabo, todo es cuestión de gustos y lo bueno y lo malo no existe; y que, por último, todas las opiniones son iguales.
Y sí, todas los son, en el sentido de que, por su misma naturaleza de opiniones, son subjetivas. Pero no todas se basan en argumentos igualmente válidos. Y quizá es hora de recordar eso de una vez.
De recordar que cuando alguien que arriesga su dinero en publicarte te dice que eres bueno, tiene quizá argumentos más sólidos que el que no arriesga nada en el asunto y va a obtener beneficios de ti independientemente de la calidad de tu obra. De recordar que tal vez la opinión de tus familiares y amigos esté tamizada por su relación emocional contigo y no va tener argumentos tan sólidos como los de un desconocido que ha hecho de su profesión publicar libros y ganar dinero en el proceso. De recordar que, a lo mejor, lo que te impide acceder al mercado no es una astuta conspiración editorial o una taimada mafia de autores consagrados, sino el hecho, puro y simple, de que no eres todavía lo bastante bueno y debes seguir trabajando.
Y, sobre todo, recordar que la vida no es justa (sólo más justa que la muerte, como decía William Goldman) y que nada ni nadie te garantiza el éxito. A lo mejor, nunca eres lo bastante bueno.
O a lo mejor sí.
