Le conocí bien, Horacio

William Shakespeare

Es fácil imaginárselo en los últimos años de su vida. Un acomodado caballero de provincias dedicado a sus negocios y a vivir de sus rentas. Atrás quedaban los años del teatro, de la poesía y la vida en el bullicioso Londres. Había conseguido su propósito: hacerse rico escribiendo para el teatro. De actor secundario y escritor contratado a empresario teatral, dueño de su propia compañía y favorito de los monarcas, la aristocracia, la burguesía y el pueblo llano. ¿Le atormentaba todavía el fantasma de Kit Marlowe o lo había enterrado ya con su éxito?

Quien sabe. Quizá por las tardes, mientras paseaba por Stradford-upon-Avon, tratando de prolongar el tiempo de volver a casa donde la cena caliente y la mirada fría de Anne Hathaway le esperaba, se entrenía en exorcizar aquellos fantasmas. El del rival muerto al que quiso superar en vida pero no pudo hasta su muerte en una reyerta de borrachos. El del hijo muerto cuyo nombre estuvo a punto de usar como título de una obra. El del padre muerto que se encarnó en un fantasma danés y al que él mismo prestó su voz y sus ademanes en el escenario. ¿El de los sueños muertos?

Quién sabe. Tal vez en esos paseos que no son paseos sino un intento inútil de prolongar lo inevitable recuerda las palabras que con las que definió la muerte: “aquel país desconocido cuyas fronteras ningún viajero ha vuelto a traspasar”. Tal vez en esos paseos se pregunte qué ha sido de su vida, qué va a ser de su muerte, qué pensarán de él cuando ya no esté, cómo le recordarán las generaciones venideras, si es que le recuerdan de alguna forma. ¿Piensa quizá en el oculto destinatario de sus sonetos, sonríe al imaginar a la crítica tratando durante siglos de dilucidar quién se escondía tras aquellas enigmáticas W. H.?

Quién sabe. Es posible que no, que no recuerde nada de todo eso. Que no se deje atormentar por los fantasmas del pasado o los espectros de un futuro que no podrá ver. Al fin y al cabo, dedicó a esos fantasmas sus mejores horas, les dio carne y los vistió con sus palabras mejor de lo que nadie había hecho antes. Es hora de dejarlos atrás, ya les ha dado cuanto podía y su verbo está seco: han arrancado lo mejor de él y lo han obligado a compartirlo con el mundo. Es hora de contentarse con ser un burgués acomodado y disfrutar de sus rentas. Quizá no haya paz en el hogar conyugal, pero tampoco hay guerra. No hay el suficiente interés para que existan ninguna de las dos cosas. Y allí, en esa tierra de nadie tensa y fría, quizá pueda descansar. ¿Para siempre?

Quién sabe.

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