El pasado es prólogo

La mente de un escritor es algo muy parecido a un castillo gótico: está llena de fantasmas. Algunos, como el de Canterville, no son más que pobres criaturas que a lo único que aspiran es a que les prestes un poco de atención de vez en cuando y no te olvides de ellos. Otros, en cambio, son animales feroces que se lanzan una y otra vez contra las paredes de su prisión buscando escapar de su confinamiento. Y, entre ellos, toda una gama intermedia de sueños no realizados, esperanzas frustradas, temores por realizar, proyectos inacabados y deseos inconfesables.

Todos ellos son el motor que nos hace, una y otra vez, acudir a la página en blanco (a la pantalla vacía) y teclear furiosamente en busca, quizá, del mantra que los aplaque, los vuelva mansos, los tranquilice, los adormezca. Decía Shakespeare (ya sabéis, ese hombre que lo dijo prácticamente todo y, encima, lo dijo mejor que nadie) que «Somos de la materia de la que están hechos los sueños». Es decir, del pasado, de la memoria. Porque el pasado y la memoria son las dos armas fundamentales que tiene un escritor. Y es buceando en su pasado, en su memoria (deformándolos a veces, negándolos otras, dando vueltas a su alrededor las más) de donde saca el material con el que intenta componer sus historias.

No muy distinto de lo que hace el común de los mortales, pues al fin y al cabo es imposible construir o imaginar un futuro (incluso diría que un presente) sin un pasado detrás que le de consistencia y forma.

Los hombres somos criaturas hechas de memoria. Es quizá esa característica (y no nuestra tan cacareada inteligencia que muchas veces parece brillar por su ausencia) la que nos define como especie: el que tengamos consciencia del pasado y, a través de esa consciencia, hayamos construido el concepto de futuro.

Somos, también, una amalgama de impulsos contradictorios. Y eso que llamamos «persona» no es más que una ilusión que construimos a través del recuerdo: cuando integramos en nuestra memoria la multitud de personalidades, no siempre compatibles, a menudo enfrentadas, que pueblan nuestra mente.

Una vez más el pasado se revela como imprescindible: es mediante su recapitulación como construimos esa personalidad única que nos distingue de los demás. Y es a través de él como llegamos a plantearnos la posibilidad de un mañana, de un futuro para el que podemos intentar trazar planes y elaborar proyectos. La mayoría de los animales viven en un presente continuo en el que el pasado es una sombra y el futuro no existe. Los humanos, a través de nuestra memoria, somos capaces de trascender ese estado y mirar hacia adelante.

Y el escritor, el narrador, quizá sea más consciente de eso que los demás. Al fin y al cabo, lo que para el resto de la humanidad es algo tan cotidiano que pasa desapercibido, para el escritor es la herramienta básica de su trabajo. Cuando el narrador crea sus ficciones (cuando desarrolla un pasado que no fue del todo así, desvela un presente que no es exactamente el que conocemos o imagina un futuro que quizá nunca llegue a materializarse) tiene una herramienta principal para tejer ese tapiz: la memoria, ya sea la suya propia o la de toda su especie.

Por supuesto, una vez enhebrada la historia en su mente necesitará de otros instrumentos para sacarla a la luz. Es entonces cuando empieza el largo y doloroso proceso del aprendizaje en el uso de las herramientas necesarias para ejercer su tarea: la palabra y su adecuada secuenciación y combinación si uno es un escritor, la imagen o la secuencia de ellas en otros casos… Es un proceso que requiere paciencia, disciplina y muchos intentos fallidos (algo que quizá no sea muy popular en esta época nuestra) pero que es imprescindible si uno quiere que esa historia que ha tejido en su mente pueda llegar a un público y causar sobre él un efecto. Al fin y al cabo, no lo olvidemos, un escritor es un comunicador: y sin un interlocutor, la comunicación es imposible, el diálogo se convierte en un monólogo.

Pero todo ese instrumental, toda esa excelencia en el manejo de las palabras, las texturas, las formas, los colores, el ritmo de la frase, de nada sirven sin la herramienta básica: la memoria, la observación continuada y el recuerdo constante de lo que vemos, hacemos, tememos o deseamos.

«El pasado es prólogo», tal como reza en la fachada de los Archivos Nacionales en Washington D.C. Seguramente no fue Shakespeare quien dijo eso (¿o sí lo fue?: dijo tantas cosas), pero es una frase a la que merece la pena prestarle atención. Pensar sobre ella.

Recordarla.

Un comentario

  1. pues empece leyendo un poco y me emocione…asi q continue leyendo, y pues muy deakuerdo con lo q dice este articulo…ademas q la memoria es una forma en q rekordamos y planteamos nuestro futuro pues, tambn es una gran facultad del humano para volver a sentir en base a eza experiencia algo unico sucedido en el momento y ezo es grandiozo.

    Pff no soy muy buena para dar mi punto de opinion pero me parecio interezante…

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