¿El mejor de los mundos posibles?

En alguna parte (quizá en La princesa prometida, no estoy seguro) alguien decía que era una suerte que la vida fuese injusta. Porque si fuera justa no tendríamos derecho a quejarnos ni, mucho menos, a exigir una mejora en nuestras circunstancias personales. Dicho de otro modo, tendríamos exactamente lo que nos merecemos.

El solo pensamiento es aterrador.

Si la vida es justa significa que nos hemos ganado a pulso toda esa caterva de políticos miopes (incapaces de pensar a largo plazo, incapacitados para considerar otra cosa que no sean sus intereses personales o los de su partido), marrulleros, hambrientos de poder, ansiosos de notoriedad, rapaces y mezquinos. Que esos gobernantes incapaces de tomar medidas impopulares pero necesarias por temor a perder las elecciones son nuestra justa recompensa por ser como somos, como también lo son las corporaciones municipales que expropian a troche y moche para que «el motor de la economía» (léase «las constructoras») puedan seguir inflando sus beneficios mientras más de diez mil pisos siguen vacíos en la ciudad y los presidentes autonómicos que, por rencillas personales con otros políticos, paralizan infraestructuras necesarias pagadas con nuestro dinero, no el suyo.

Si la vida es justa entonces está bien que haya gente al borde de la miseria y es correcto que algunas personas disfruten de privilegios que no se han ganado, o que el diez por ciento de los habitantes del planeta acumulen el noventa por ciento de su riqueza.

Si la vida es justa los inocentes muertos en una guerra están bien muertos; las personas maltratadas, torturadas o injuriadas se lo han ganado; las etnias exterminadas se lo merecían.

Si la vida es justa, entonces vivimos en el mejor de los mundos posibles. La idea es, como poco, sobrecogedora.

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