Inicios y finales

Era la mejor de las épocas, era la peor de las épocas; era la edad de la sabiduría, era la edad de la locura; era la época de creer, era la época de la incredulidad; era la estación de la luz, era la estación de las tinieblas; era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación: lo teníamos todo ante nosotros y no teníamos nada.

Charles Dickens: Historia de dos ciudades

No se encuentran muy a menudo inicios como el que acabo de citar, inicios que hacen que, en cuanto abras el libro y poses tus ojos sobre la primera frase, estés atrapado sin remedio y tengas que seguir leyendo hasta el final. Quizá el de Cien años de soledad (ese «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo») que resume a la perfección lo que va a ser la estructura de la novela, ese constante ir adelante y atrás en el tiempo, retrocediendo en la memoria y avanzando en la narración hasta llegar a un final inevitable e imprevisible que, de nuevo, resume todo el libro en una sola frase memorable.

Un buen principio es, sin duda, algo importante: contribuye a enganchar al lector a la página (o al espectador a la pantalla) y, una vez captada su atención, es más fácil mantenerla que si das inicio a tu historia de un modo paulatino y confías en ir, poco a poco, captando el interés de tu público. Ninguna de las dos formas de comenzar es mejor que la otra y, por supuesto, ambas tienen sus ventajas y sus inconvenientes. La primera, simplemente, es más inmediata y eso, en esta época vertiginosa donde si una película no ha roto la taquilla el primer fin de semana ya se considera un fracaso, tiene ventajas más que indudables. También tiene el inconveniente evidente de que a un principio brillante puede seguirle un desarrollo moroso que no esté a su altura, con lo que uno corre el riesgo de despertar, no ya el desinterés del lector, sino su ira.

Hace ya muchos años se me ocurrió un princpio para un relato corto: «A las tres de la tarde el mar empezó a llenarse de muertos; a las cinco me encontré con Eva». La frase estaba, para mí, llena de resonancias, de evocaciones. Me parecía que, por fuerza, a un hipotético lector tenía que parecerle sugerente y prometedora. Posiblemente así fuera. Sin embargo, nunca supe qué hacer con esa frase, por dónde continuarla en una historia que cumpliera la promesa que parecía hacer.

Pero, si los inicios son importantes, no lo son menos los finales. Y, a menudo, mucho más difíciles. Conseguir un momento, una secuencia, una frase que culmine la historia del modo adecuado, es una de las cosas más complicadas del oficio de narrador, sea en el género que sea. Novelas brillantes, películas magníficas, están llenas de finales que, por desgracia, no están a su altura o que, simplemente, no rematan la historia todo lo bien que podrían.

Por eso, supongo, me maravillan los finales redondos. Finales que no tienen necesariamente que cerrar la historia y atar todos los cabos sueltos, pero sí llevarla a una culminación inevitable de modo que todo lo que pase después de ese momento carezca de importancia. Finales como el de Las uvas de la ira de John Steinbeck: duro, estremecedor y, al mismo tiempo, conmovedoramente humano.

Aunque reconozco que mis finales favoritos, mi tríptico personal de historias cerradas con un momento genial está, más que en la literatura, en el cine.

El primero es el final de Dos hombres y un destino, con Butch y Sundance saliendo de la cabañita y enfrentándose a todo el ejército boliviano. Y, en ese momento, la imagen se congela, se convierte en una fotografía quemada por el tiempo y, mientras el encuadre va a alejándose, oímos a los soldados descargar sus armas sin dejar de ver en pantalla a nuestros héroes desafiantes. Sabemos que mueren, por supuesto, pero nuestra última imagen de ellos es la de su baldronada final, su postrer desafío lanzado a la cara del destino.

El final de El planeta de los simios (la versión de Franklin J. Shaffner, por supuesto) sería el segundo. De hecho, es un final que parece haberse convertido en parte imprescindible de la iconografía popular: ese arrogante y rabioso Charlton Heston arrodillado frente a las ruinas impasibles de una Estatua de la Libertad que parece estar burlándose de él y, a través suyo, de toda la humanidad. Con una sola imagen (porque en esa escena las palabras no hacen falta y el «estoy en casa» de Taylor se convierte en redundante e innecesario) se nos obliga a reinterpretar toda la historia y a comprender, por fin, no sólo lo que ocurre, sino las implicaciones que tiene para nosotros.

Y, por supuesto, la genial Con faldas y a lo loco de Billi Wilder, donde una comedia delirante, divertida y elegante culmina con un «Nadie es perfecto» (acompañado del rostro de Jack Lemmon a mitad de camino entre la desesperación y el desconcierto) que, irónicamente, la cierra a la perfección. Tras esas palabras no cabe decir nada más, y no es sorprendente que Lemmon guarde silencio mientras suenan los últimos acordes de la música y el «The End» comienza a llenar la pantalla.

Ahora, qué menos, yo debería cerrar esta columna de hoy con un final ocurrente y brillante.

Sí, sin duda debería hacerlo.

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