La vida privada de la Mafia

Los Soprano

Son gangsters. No cabe la menor duda de que son gangsters. Sin excusas, sin tapujos, sin glorificaciones heroicas ni disculpas morales. Se dedican a matar, amenazar, extorsionar, robar, traficar, lo que haga falta con tal de ganarse la vida y vivir a todo tren. Es lo que hacen y no tienen por qué pedirle disculpas a nadie.

Pero eso no les impide estar deprimidos, tener problemas con la novia, con la madre, con los amigos. No les impide enfrentarse al ridículo, sufrir colapsos nerviosos, preocuparse por sus hijos o padecer estrés.

Es decir, son personas. Ni los monstruos sedientos de sangre o los psicópatas violentos que inmortalizó Hollywood en la época dorada del cine negro ni las figuras trágicas atrapadas por el destino que nos presenta Coppola en su trilogía de El Padrino. No son son alimañas ni heroes. Aunque a veces puedan ser ambas cosas. No son mayores ni menores que la vida. Su tragedia, su drama, a veces su comedia es, precisamente, que son como la vida y, como ella, están llenos de claroscuros.

Sonseres humanos, lo que implica que son mezquinos, violentos, crueles y egoistas; rastreros y sin escrúpulos. Y también implica que son tímidos, sensibles, tienen sueños y pesadillas, se preocupan por los suyos y les gustaría darles un mundo mejor que aquel en el que viven.

Son los Soprano.

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