Elemental, querido crítico

En el último número de Galaxia se puede encontrar una crítica más que demoledora de la novela de Rafael Marín Elemental, querido Chaplin. Ciertamente el crítico se despacha a gusto con la obra de Marín, algo a lo que, por otra parte, está totalmente en su derecho. Al fin y al cabo, parte del hecho de publicar es, precisamente, que estás dando derecho a los demás, de forma implícita, para que opinen sobre tu obra todo lo libremente que les plazca.

No comparto la apreciación que Frank G. Rubio, el crítico, tiene de la novela. Elemental, querido Chaplin me parece una de las cosas más frescas, entretenidas y divertidas que Marín ha escrito en muchos años. Pero, en cualquier caso, eso es irrelevante. Y lo último que pretendo es que todo el mundo comparta mis gustos y filias (o mis digustos y fobias).

Sin embargo, hay una cosa en la crítica que me ha llamado la atención. Por un lado porque el crítico incurre en los mismos vicios de los que acusa a Marín, y por el otro porque me permite reflexionar, y compartir de paso esas reflexiones con vosotros, sobre un tema que hace tiempo que me ronda por la cabeza.

Frank G. Rubio acusa a Elemental, querido Chaplin de ser un cúmulo de fuegos de artificio, de no tener sustancia más allá de los «efectos especiales» y las piruetas de cara a la galería. Así, no deja de ser curioso que el propio crítico caiga en ese vicio, pues su reseña está llena de intentos (no muy conseguidos) de hacerse el ocurrente a costa de la novela que comenta. Esos primeros párrafos en los que califica la obra de “irregular” por usar a los “Irregulares de Baker Street”, por su incursión en el “irregular” mundo del ocultismo y, finalmente, por su irregular calidad, son prueba evidente de que el crítico, en lugar de ceñirse a su labor (básicamente, argumentar de la mejor forma posible sus gustos) está tratando de convertirse en protagonista. No está intentando explicarnos por qué la obra merece, o no, ser leída, sino tratando de demostrar al público lo inteligente y ocurrente que es.

Supongo que, en eso, Rubio sigue la estela de Oscar Wilde, quien argumentaba que prefería los libros malos a los buenos, pues los malos siempre daban más oportunidades de lucimiento al crítico.

Con lo que llegamos, creo yo, al error de partida, de concepto.

Uno no escribe una crítica para brillar, para demostrar lo listo que es o para que los demás comprueben lo ingeniosas que son sus puyas y lo bien que sabe meter el dedo en el ojo, con habilidad y gracejo, a la obra que comenta. Las críticas se escriben para orientar al lector, para darle una opinión (siempre argumentada, porque en caso contrario la crítica no vale ni el papel en el que está escrita o el disco duro en el que está grabada) que le permita enfentarse al libro con una cierta base y, sobre todo, en este mundo lleno de ingentes novedades editoriales, pueda guiarlo hacia una lectura que le resulte interesante o apartarlo de otra que sería una pérdida de tiempo. Todo eso teniendo siempre en cuenta que el protagonisa, el personaje central de la crítica que escribes no eres tú y tu idiosincrasia, sino la obra que comentas y el público al que van dirigidas tus palabras.

Ingrata tarea, ciertamente, y más en este mundillo nuestro de la ciencia ficción y la fantasía donde se siguen manteniendo hábitos de revista amateur, de fanzine, incluso en publicaciones periódicas de vocación supuestamente profesional; si bien es cierto que no en todas. ¿Qué hábitos? Pues, por ejemplo, el de no pagar a los colaboradores. Comprendo que es duro, difícil e ingrato tratar de mantener una actitud profesional cuando no se te paga por tu trabajo. Sin embargo, mirémoslo desde el lado opuesto: ¿cómo te van a llegar a pagar nunca por tu trabajo si no mantienes una actitud profesional en lo que haces?

En los últimos años el género fantástico en nuestro país ha experimentado un crecimiento más que importante. Y no sólo en términos cuantitativos (tiradas mayores, más autores, más editores…) sino cualitativos: tenemos una nómina de autores que, en este momento, pueden codearse sin rubores ni complejos con cualquier autor fantástico de su entorno más próximo, el europeo. Pero sigue habiendo un hermano pobre, un elemento que no se ha desarrollado y no ha sabido madurar a la velocidad y en la profundidad que el desarrollo del género le pide: la crítica.

¿Os parece que estoy siendo injusto? Quizá, en cierta medida. Pues es cierto que hoy en día es posible encontrar el tipo de crítica argumentada y seria que propugno. Pero, sorprendentemente, es más fácil dar con ese tipo de crítica en iniciativas supuestamente de aficionados (sobre todo en la red donde ahora mismo hay cerca de media docena de páginas web en castellano dedicadas a la crítica de literatura fantástica más que meritorias) que en aquellos lugares donde precisamente la profesionalidad debería darse por sentada y asumida: las revistas en papel.

Curiosa paradoja, sin duda. Y quizá un tema de reflexión interesante para otra columna. Ya veremos.

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