Digámoslo sin tapujos: no me caía bien este Papa. Y el hecho de que haya dedicado buena parte de sus veintiséis años de pontificado a cargarse sistemáticamente todo lo que de renovador y fresco aportó a la Iglesia Católica el Concilio Vaticano II, tiene bastante que ver con mi desagrado hacia su figura.

Sin embargo, consiguió que, en unos momentos donde la Iglesia corría el peor de los peligros (que no es ni gustar ni disgustar, sino pasar desapercibida) se hablara una y otra vez de ella. No sé si es cierto (puede ser una más de tantas leyendas urbanas) que una vez manifestó que uno de sus objetivos era conseguir que no pasaran quince días sin que la Iglesia saliera en los medios de comunicación, pero en cualquier caso lo logró con creces. Y sobre todo consiguió que la Iglesia fuera de nuevo un elemento con el que había que contar en los asuntos internacionales y que su voz, sus opiniones, sus ataques contra esto o lo otro, sus defensas de eso y aquello, tuvieran influencia en el pensamiento de la gente. Desde mi punto de vista, una influencia negativa. Pero supongo que él no lo vería así. Y, por otro lado, siempre es mejor tener una influencia negativa que ninguna. Ya saben: que hablen de mí, aunque sea bien. Y lo que no se puede negar de este Papa es que nos hemos pasado los últimos veinteséis años hablando de él.

Y por comparación, por contraste quizá, también ha conseguido que hablásemos de su predecesor, aquel fugaz Juan Pablo I que acabó inmortalizado como figura de ficción en la tercera entrega de la saga de El Padrino de Coppola y Puzo. El cineasta presentaba allí una figura que emanaba honradez, casi santidad, y son esa honradez y esa santidad las que, en la ficción fílmica, lo conducen a la muerte al osar investigar las finanzas del Banco Vaticano. ¿O no sólo en la ficción fílmica?

Como otras figuras fugaces de la iconografía popular, como otros personajes públicos cuya promesa nunca llegó a materializarse por completo (como James Dean, como Lorca, como Rober E. Howard), le hemos ascendido a la categoría de mito: ese Papa angélico que podría haber cambiado la Iglesia y cuya vida fue truncada antes de haberse podido poner a la tarea. ¿Fue realmente Albino Luciani ese renovador que su muerte prematura ha grabado a fuego en nuestra mente?

La realidad, el mundo, no tiene respuestas a esa pregunta. Sólo la ficción, la literatura, el arte puede darlas. Y me sorprende que aún no haya aparecido ningún escritor de ciencia ficción que se haya enfrentado a ese tentador “¿y si…?” y haya dibujado una ucronía en la que Juan Pablo I tiene un largo y fructífero pontificado y cambia la Iglesia Católica para siempre.

Para siempre. ¿Para siempre como lo hizo su sucesor? Los próximos años lo dirán.

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