Eurovisión, bondage y sexismo
Sábado, Abril 30th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | Sin comentar »Leo en el periódico, con cierto estupor, que algunos colectivos bienpensantes, adalides de lo políticamente correcto, se han echado encima de la canción que este año nos va a representar en el Festival de Eurovisión. La verdad es que me resulta chocante que alguien esté tan ocioso (y que tenga una vida tan poco gratificante o tan aburrida) para dedicarse a buscarle cinco pies al gato a la letra de una canción festivalera y escudriñarla con lupa en busca de pensamientos inconvenientes. Pues no, me equivocaba, la policía del pensamiento está ojo avizor y ha encontrado un nuevo ejemplo de sexismo y perpetuación de esterotipos caducos en las siguientes frases:
tú me dominas con sólo mirarme
y no hacen falta cuerdas para atarme
Y no es para menos, a poco que lo pensemos. No podemos consentir en pleno siglo XXI frases como ésas, claramente falócratas, indudablemente apologéticas de la dominación de un sexo sobre el otro, toda una loa al macho prepotente, arrogante, superior que con sólo una mirada convierte a la mujer en una esclava sumisa y dispuesta a todo con tal de complacerlo. Qué escándalo.
Pero eso no es lo peor. No. Fijáos en el segundo verso. ¿No está, acaso incitando a la violencia de género? Pues no, en realidad creo que no, que va mucho más lejos, es más perverso aún de lo que parece a primera vista. Sí, amigos y vecinos, que diría Stephen King, ese segundo verso es tan sibilino, sutil, taimado que nuestros astutos censores de lo políticamente correcto no han comprendido su verdadero alcance. Esas cuerdas que al protomacho de pro no le hacen falta para atar a la hembra no son una metáfora de los malos tratos sino, más pérfidamente aún, una clara referencia a esa perversión sexual llamada bondage. Sí, ahora es cuando yo me indigno, sin duda: qué atrevimiento, qué osadia. Qué guarrada, por Dios.
Alarmado, me abalanzo sobre mi biblioteca. Abro un libro tras otro, los leo con mirada febril. Y sí, lo encuentro. Comprendo que se trata de una conspiración y que, bajo frases aparentemente inocuas, un colectivo en la sombra está llenando de pensamientos poco edificantes todo cuanto nos rodea. “Maté dos pájaros de un tiro”, leo con horror y me doy cuenta de que en realidad el autor de esa frase no está usando un cliché para decir que ha hecho dos cosas a la vez (si esa hubiera sido su intención habría podido decir “liberé dos palomas al mismo tiempo”, con lo que de paso habría aleccionado nuestro espíritu y nos habría puesto un poco más en comunión con la naturaleza) sino que está haciendo una clara apología de la criminal matanza de especies protegidas. Tengo que avisar a Green Peace. Esto no puede quedar impune.
Pero es peor. “Ella era ligera de cascos”, leo en otro libro. Qué horror, qué espanto, qué atrevimiento. ¿Acaso el autor de ese engendro infernal no podría haber dicho para referirse a lo mismo “ella ejercitaba su indudable y legítimo derecho a la libertad sexual con un cierto desenfreno”? No, claro, ahora comprendo que tras todo ese cúmulo de frases hechas un grupo en la sombra (¿serán los Iluminati, los descendientes de los Templarios, el Vaticano oculto, los Lemmings del Juicio Final, los Oligofrénicos del Santo Grial, la Hermandad del Scrabble Cabalístico? ¿Quiénes?) está aprovechando para contaminar nuestro pensamiento y apartarlo de los altos ideales de igualdad, respeto y no discriminación que tienen que ser, por fuerza, nuestro objetivo.
Comprendo, entonces, que se haya destapado la liebre sobre algo tan banal como una canción festivalera. Porque ahí es donde se hace el verdadero daño, me digo. Es precisamente en las pequeñas cosas, en los detalles triviales, donde la perversión ideológica penetra con más fuerza. No, nadie me convencerá que eso de “atarme sin cuerdas” no pasa de ser una metáfora vulgar y sin mayores pretensiones. Es, claramente, intencionado, retorcido, dañino. Y parte de una conspiración de alcance mundial.
En fin. Iba a seguir, llevando la cuestión a un grado todavía más absurdo pero, francamente, no me apetece. El papatanismo de lo políticamente correcto está llegando a unos extremos tan surrealistas que cualquier cosa que yo intentara para igualarlo se quedaría corta. Así que mejor lo dejamos.
Pero no puedo hacerlo sin una última reflexjón: si la misma letra, las mismas expresiones hubieran sido usadas por un cantante masculino en lugar de por un trío de mujeres, ¿qué habría pasado? Si quien dijera al ser amado eso de tu me dominas con sólo mirarme y no hacen falta cuerdas para atarme fuera un hombre y no una mujer, ¿habrían saltado esos grupos defensores de la igualdad y la no discriminación sobre la letra de la canción?
Permitidme que lo dude.
Boothill, boothill, so cold, so still
Viernes, Abril 29th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | Sin comentar »Soy, lo confieso, un admirador del western desde que tengo memoria. En todas sus vertientes: el clásico de Ford o Hawks, el espagueti-western de Leone, el sincrético de Eastwood y, por qué no, la mirada oriental que sobre el género ha lanzado Kurosawa en algunas de sus películas o John Woo en casi todas.
Reconozco que pasé mi más tierna infancia leyendo las novelas de Marcial la Fuente Estefanía y, en menor medida, las de Silver Kane y otros autores de bolsilibros, las entrañables «novelas de a duro». Más tarde, mi padre me hizo descubrir la obra de Zane Grey quien, pese a todos sus excesos descriptivos y su romanticismo caduco y un tanto ñoño, abrió mi imaginación a las grandes praderas, las guerras con los indios y las luchas de los primeros colonos. No sorprenderé a nadie si digo que una de mis novelas favoritas es Centenario de James Michener, donde se narra la historia un pueblo del estado de Colorado (y a través suyo de todo el Oeste y la frontera) desde la llegada de los indios hasta finales del siglo XX.
Visto lo cual, está claro dónde tengo que planificar mis próximas vacaciones: sin duda en ese estado de Florida que el hermano de George W. Bush acaba de convertir en un pueblo de frontera donde los ciudadanos podrán hacer uso legítimo de sus armas no ya si su vida corre peligro, o están bajo el fuego de otros sino, simplemente, si se sienten «razonablemente amenazados». Ya le tengo echado el ojo a un hermoso Colt peacemaker y a un precioso Winchester 73. Una vez que me haga con ellos (a los que uniré, por supuesto mi jorongo, un bonito sombrero Stetson y unas botas de cowboy como Dios manda -las espuelas, tengo que conseguir unas espuelas; y quizá unas chaparreras, por qué no-) me iré a Florida y estoy seguro de que allí me sentiré como en casa. Me bastará mirarle a los ojos cualquier desconocido (ya imagino el plano cercano de su rostro, un «Leone» en todo su esplendor: la mirada fija, inmutable, sin parpadear mientras una harmónica desgrana a lo lejos una melodía de Morricone) y decirle: «no he venido por el dinero, por el poder o por la mujer. He venido porque sé que, por fin, obtendré todas las respuestas. Hoy, de un modo u otro, terminaremos con esto» y bang! descargaré sobre él los seis tiros de mi revólver y el plomo hablará por mí y entonará su canción mortal y ardiente.
Sí, no puedo por menos que aplaudir la iniciativa de Jeb Bush de convertir todo el estado de Florida en un inmenso parque temático dedicado al viejo oeste. Con un poco de suerte, quizá cunda su ejemplo y otros gobernadores tomen medidas similares. Así podré pasearme por el Nueva York o el Chicago de la Prohibición (ah, paesano te haré una oferta que no podrás rechazar), el Los Ángeles y el San Francisco de los años treinta (lleno de tíos duros y rubias sinuosas, donde un hombre de verdad puede ganarse la vida investigando las ajenas por veinte al día más gastos), la Filadelfia de 1776 («creemos que todos los hombres ha sido dotados por su creador de ciertos derechos inalienables…»), la California de la Depresión, la Texas de El Alamo, la Alaska de la fiebre del oro, el Hawaii de finales de 1941…
Claro que, si lo pienso un poco, quizá no sea tan buena idea. Recuerdo de pronto la obsesión de Michael Crichton (desarrollada por ejemplo en su película Almas de metal y su novela Parque Jurásico) por los parques temáticos perfectamente controlados en los que, precisamente, algo escapa al control y acaba provocando el desastre. No, me digo, eso es ficción, en la realidad un tipo tan avispado como Jeb Bush (al fin y al cabo es hermano del Presidente, tipo listo donde los haya) no va a dejar nada al azar. Estoy seguro de que la ley que acaba de firmar lo tiene todo «atado y bien atado». Veamos…. Hmm… Sí, seguro.
Eh… un momento. Uno puede disparar contra otro si se siente «razonablemente amenazado». Ya. Claro. ¿Cómo se define «razonablemente»? ¿Qué rango legal tiene esa palabra? Probemos: «Aquel tipo me estaba mirando de un modo un poco extraño y además echó mano al bolsillo de su pantalón. Cómo iba a saber yo que iba a coger su teléfono móvil, agente: me pareció razonablemente amenazador».
No. Eso pasaría en un país como el nuestro. Seguro que nunca sucedería nada similar en los Estados Unidos. Allí la gente vive la vida de otro modo, un modo más tranquilo, más seguro, menos crispado que en la vieja Europa. Seguro que allí no va a haber ningún individuo de gatillo fácil que por una mala mirada y un gesto extraño le vacíe el cargador en la cara a un vecino.
Vamos, ni que hubiera pasado eso alguna vez.
A la altura de las circunstancias
Jueves, Abril 28th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, El gobierno de la polis | Sin comentar »Por supuesto, una vez aprobada la nueva ley del matrimonio, y tras la llamada de la Iglesia Católica a que los funcionarios católicos que tengan que aplicarla ejecuten su objeción de conciencia y se nieguen a hacerlo, han empezado a surgir las primeras respuestas de nuestros políticos (fundamentalmente alcaldes y concejales) demostrando, una vez más, lo bien que nuestra clase política sabe estar a la altura de las circunstancias en todo momento y lugar.
El primero en salir a la palestra ha sido un alcalde de una localidad catalana que, sin ningún rubor, ha calificado a los homosexuales de «tarados». No tengo muy claro si a todos los homosexuales o sólo a aquellos que quieran casarse, la noticia que leí no entraba en tales detalles. El partido al que pertenece dicho individuo enseguida le ha suspendido y se ha apresurado a tomar las medidas necesarias. Un poco tarde, y el daño ya está hecho, pero al menos se ha reaccionado.
Pero, claro, los asturianos no vamos a ser menos que los demás. Al contrario, como gente «grandona» que somos, tenemos que demostrar que superamos la media nacional, incluso aunque sea en cretinismo y estupidez.
Así, el alcalde de Villaviciosa, hermoso pueblo asturiano para los que no lo conozcan, cuna entre otras cosas de la famosa sidra «El gaitero», se ha apresurado a comentar que si bien no se opone a que se celebren matrimonios entre homosexuales en su ayuntamiento, él no va a celebrarlos, ya que no se siente de humor para ver cómo los contrayentes, tras el acto, se dan un beso. Al menos si fuesen mujeres, ha dicho, no le importaría oficiar. Pero «entre dos machos» (sic), jamás.
Lo primero que habría que decirle a ese alcalde es que el ayuntamiento no es «su» ayuntamiento, sino del pueblo de Villaviciosa, del que él no es más que un trabajador con un contrato temporal de cuatro años que puede serle, o no, renovado de acuerdo a cómo los propietarios de la empresa (los ciudadanos) decidan que ha cumplido con su trabajo.
Lo segundo es que él no es quien para oponerse (o para no oponerse) a que el ayuntamiento que preside celebre matrimonios de ningún tipo. Como alcalde, una de sus obligaciones es hacer cumplir las leyes del país. Todas ellas, sean o no de su gusto, y especialmente aquellas que le afecten por la descripción de su puesto: y celebrar matrimonios civiles es una de ellas. Así pues, el alcalde de una localidad no es nadie para decir si se opone o no a que se celebren matrimonios en el ayuntamiento. Y, si realmente se opusiera, su obligación es renunciar a su cargo. Que una cosa es hacer uso de la objeción de conciencia, que me parece perfecto (si un acto va contra tu moral es legítimo que te niegues a realizarlo) y otra muy distinta es «estar en procesión y repicando»: si tu conciencia te impide ejecutar la labor para la que has sido contratado, tu deber es dimitir de ese puesto. Pero no seguir en él y al mismo tiempo negarte a cumplir las leyes escudándote en una objeción de conciencia que no ha sido diseñada para eso.
Y finalmente llegamos al meollo, a lo verdaderamente esperpéntico de sus declaraciones. Porque, al fin y al cabo, lo que he comentado en los dos párrafos anteriores no tiene demasiada importancia. Es la típica cháchara sin demasiado significado con la que los políticos abren siempre sus declaraciones. Me ha sido útil, pues me ha venido al pelo para comentar un par de cosas que me interesaban, pero sin duda no es lo importante de lo que ha dicho el alcalde de Villaviciosa.
No, lo importante es ese comentario de que no tendría ningún problema en casar a dos mujeres, pero que no puede soportar la idea de hacerlo con «dos machos». Si lo pensamos un poco, es hasta comprensible, ¿no? Qué asco, por Dios: dos tíos besándose en público, qué escándalo, que cosa más asquerosa, cómo se le revuelven a uno las tripas sólo de pensarlo. Claro, dos mujeres es distinto, incluso hasta tiene su morbete y puede resultar estimulante, ¿verdad? Al fin y al cabo, como bien nos ha enseñado el cine porno heterosexual, que dos mujeres se lo hagan es de lo más normal e incluso su acto claramente está dirigido al goce y deleite de la audiencia masculina de la película. Pero, ¿dónde se ha visto en una porno (pero de las normales, eh, no de esas cosas para maricones) que dos tíos se lo hagan? Vamos, repugnante.
Repugnante es, desde luego, el comentario del alcalde. De nada sirve que haya retirado sus comentarios al día siguiente (o a las pocas horas) de haberlos hecho. Las palabras están ahí: en su momento las dijo, y eso es lo que importa. «Soy amo de mis silencios y esclavo de mis palabras», como reza el dicho -dicho que, por cierto, no vendría mal grabar a fuego en la frente a los políticos-. Y si cuando dijo esas palabras creía en ellas, de nada sirve ahora rectificar. Por otro lado, si las dijo sin pensar y ahora se arrepiente de haberlas articulado, es aún peor, pues estamos ante una figura pública que, por pura descripción de su cargo, debe medir y aquilatar todas y cada una de las palabras que diga ante los medios de comunicación o en los actos públicos, pues todo lo que salga de su boca en ese contexto va a tener relevancia y significado político. Así que, si no es capaz de pensar lo que va a decir antes de decirlo, mejor que deje el puesto y se retire a la vida privada.
Claro que, si él lo hiciera y su ejemplo cundiese, quizá muchos políticos bocazas (empezando quizá por cierto presidente autonómico que afirmó que la emigración de jóvenes fuera de su comunidad en busca de trabajo no era más que «una leyenda urbana», o por aquel otro que se lanzó alegremente a acusar de corrupción al gobierno anterior y luego, cuando vio que le iban a joder la reforma del «estatut», se la envainó como si allí no hubiera pasado nada) deberían también dejar sus puestos. Al fin y al cabo, si no saben hacer las cosas para que les hemos contratado, ¿qué demonios pintan ahí?
Pero, claro, he ahí el problema. Nosotros les hemos contratado. Y nosotros tenemos la opción de despedirlos y mandarlos al paro en las próximas elecciones. Porque, si lo pensáis un poco, a lo mejor la culpa de que esos tipos estén donde están (y sobre todo, de que sigan donde están después de haber demostrado su ineptitud) es más nuestra que suya. Si les renovamos el contrato pese a su comportamiento, si seguimos insistiendo en votar con las vísceras -llevados por lealtades ideológicas o de partido, o por argumentos sentimentales, o por miedo, añoranza o nostalgia- en lugar de con la cabeza -es decir, teniendo en cuenta única y exclusivamente los resultados y no las declaraciones de intenciones o el color político con el que uno se vista-, sólo podemos culparnos a nosotros mismos por lo que pasa.
Al fin y al cabo, tenemos la clase política que nos merecemos. Nosotros la hemos puesto donde está y nosotros la ayudamos a perpetuarse. Así que la próxima vez que un alcalde, o un presidente autonómico o un ministro diga o haga una barbaridad, tranquilos. Es lo que queríamos que hiciera, ¿no?
¿No?
¿Entonces por qué lo hemos puesto ahí, por qué lo hemos reeligido?
Yo maté a Laura Palmer
Miércoles, Abril 27th, 2005 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | 1 comentario »
Era un pueblecito tranquilo, de poco más de cinco mil habitantes (aunque luego, mercerd a una errata en un cartel, acabaría superando los cincuenta mil), donde la vida era idílica y nunca pasaba nada. Un lugar como tantos otros, apenas digno de figurar en el mapa. Y una mañana, se encontraba en una bolsa de plástico el cuerpo de la reina del Instituto, la chica más popular del pueblo, que llevaba comida a los inválidos, ayudaba en sus tareas a los más lentos, leía cuentos a los niños, echaba una mano en la parroquía. Era Laura Palmer, querida por todos, hija modelo, amiga ejemplar, adolescente encantadora. Quién podía haber querido matarla.
Así se iniciaba Twin Peaks, la serie que, de la mano del estrafalario director de cine David Lynch y el hábil productor televisivo Mark Frost, se convirtió en un fenómeno mediático desde el primer episodio. En realidad, Lynch y Frost utilizaron una fórmula tan simple que casi rayaba en lo genial, porque Twin Peaks no era otra cosa que un culebrón televisivo, en apariencia como tantos otros. Uno de esos donde enseguida, a los diez minutos de haber comenzado la serie, se descubre que las cosas no son lo que parecen, que el pueblo idílico no es tan idílico ni la modélica adolescente es tan modélica, que bajo la superficie de postal encantadora se agazapa un mundo oscuro, sombrío, lleno de tramas, traiciones, engaños y desengaños, cadávares guardados en el armario y secretos inconfesables que queman a sus poseedores. Nada nuevo, entonces.
Lo nuevo era que, por primera vez en televisión, nos encontrábamos con un culebrón que era consciente de su condición de tal y que, por tanto, estaba dispuesto a tomar todos y cada uno de los arquetipos del género y darles la vuelta, jugar con ellos, proporcionarles nuevos giros de tuerca y sin miedo alguno, y sin el menor temor al ridículo, llevarlos al extremo. De hecho, esa virtud fue también su mayor defecto, al menos en el aspecto comercial. Pues los espectadores que siguieron fascinados la serie durante su primera temporada empezaron a abandonarla a partir de la segunda, cuando la condición de culebrón autoconsciente de Twin Peaks se hizo explícita. El público no entendió (o quizá no quiso entender) que no había que tomarse nada de lo que se veía en serio: que no era más que un enorme parque de atracciones lleno de salas de espejos, túneles del terror y pasajes del amor.
También fue el primer culebrón que pertenecía al género fantástico (y quizá el último, si los datos no me fallan). Un género que estuvo bordeando durante toda la primera temporada y en el que se adentró ya con decisión a partir de la segunda. Y, al hacerlo, igual que había estado jugando con los clichés del culebrón, decidió hacerlo con los del género fantástico: en Twin Peaks se dieron cita el terror sobrenatural, las posesiones demoníacas, los encuentros con fuerzas que no sabíamos muy bien si eran sobrenaturales o extraterrestres.
Todo ello arropado por una galería de personajes que iban de lo entrañable a lo absurdo pasando por lo malsano y lo oscuro. Ese agente Cooper (y sus eternas conversaciones sin respuesta con Diane, a la que una y otra vez recomendaba la tarta de arándanos, ¿o era de cerezas?) que parecía un boy-scout budista enfundado en el uniforme del FBI; aquella Audrey Horne, mitad niña perversa, mitad adolescente insegura; James y Donna, la pareja atormentada por definición: ella una histérica; él, atribulado por todo lo que había sobre sus hombros (me pregunto si el pobre no sería una versión adolescente el Horatio que en CSI Miami parece llevar el peso del mundo entero en sus espaldas); la dama del leño; Windom Earle, antiguo compañero de Cooper, ahora devenido en genio del mal; el propio superior de Cooper, interpretado por un Lynch que tenía pinta de estar pasándoselo de miedo con aquello. Y me dejo muchos en el tinterio, por supuesto, pues una de las grandes virtudes de la serie era que todos los personajes, desde los más importantes a los más irrelevantes, estaban construídos de un modo impecable alrededor de un arquetipo al que, una y otra, daban la vuelta y retorcían. No puedo evitar mencionar, en cualquier caso, la fugaz aparición de un David Duchovny travestido que estuvo a punto de hacer posible ese cross-over con el que muchos hemos soñado: un equipo formado por el agente Cooper y el agente Mulder, ambos enfrentados a lo paranormal.
Y Laura, por supuesto. Esa Laura que sólo conocemos a través de los ojos de los demás, que nunca podemos ver tal y como se veía a sí misma, salvo en los breves momentos en que expresa su angustia a través de su diario. Esa Laura muerta, niña inocente, víctima propiciatoria, pálida, azulada, envuelta en su mortaja de plástico. Esa Laura que Cooper contemplaba en un monitor de televisión, la imagen congelada, y su rostro detenido para siempre en una sonrisa sin dobleces que la hacen parecer más joven aún de lo que es.
No es descabellado afirmar que Twin Peaks es, quizá, lo mejor acabado que ha hecho jamás David Lynch, un director al que, pese a un universo visual y conceptual realmente interesante, malsano e imaginativo, le pierden sus excesos. Porque el acierto de Twin Peaks estuvo en combinar dos talentos tan dispares como el de Lynch y el de Frost. El gusto por lo oscuro, retorcido y malsano del primero fue atemperado a la perfección por la visión comercial del segundo, y ambos consiguieron un producto casi redondo que hoy, más de quince años después, sigue siendo fresco, divertido e inquietante.
POSTSCRIPTUM: Si podéis evitarlo, no acudáis a la edición en DVD que Manga Films ha publicado en nuestro país. No sólo la serie está incompleta, sino que su calidad, tanto visual como de sonido, es francamente lamentable. Es aconsejable armarse de paciencia e ir comprando la edición especial que ahora mismo se está editando en inglés.
Marionetas del destino
Domingo, Abril 24th, 2005 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »
Hay escritores condenados a sufrir un destino paradójico.
Arthur Conan Doyle es, sin duda, uno de ellos. Eclipsado por su creación más famosa, Sherlock Holmes, pasó buena parte de su vida tratando de deshacerse del detective y, cuando creyó que lo había conseguido (despeñándolo por unas cataratas suizas), descubrió que necesitaba el perfil aquilino y los ademanes arrogantes de su criatura muerta para poder contar de modo adecuado la novela de terror que estaba escribiendo. Sin Holmes no era capaz de narrar El perro de los Baskerville, así que tuvo que traerlo de entre los muertos (aunque sin devolverlo del todo a la vida, pues se limitó a afirmar que aquella aventura era anterior a su enfrentamiento con Moriarty) para que él y Watson nos llevaran de la mano por aquella escalofriante leyenda familiar que tenía por protagonista los páramos de Dartmoor.
Aquel «flashback» no fue otra cosa que una premonición. Y, años más tarde, Doyle se vio obligado, ahora sí, a resucitar formalmente a su criatura (y su madre no fue precisamente la que menos presionó en ese aspecto) y seguir narrando sus aventuras. Las aventuras de un personaje que se le había ido haciendo odioso con los años (por no mencionar que era el arquetipo mismo del racionalista escéptico, mientras él se dedicaba a intentar fotografiar a las hadas y a hablar con su hijo muerto a través de supuestos mediums) y que, además, le robaba el tiempo necesario para dedicarse a lo que de verdad deseaba, lo que esperaba que terminase justificándolo como escritor: la novela histórica.
Para el público moderno, Doyle es un caso claro de miopía, de ceguera ante su propia obra. Sus novelas históricas, hasta la más ambiciosa de todas ellas, La compañía blanca, no pasan de ser pálidos epígonos en la estela de Walter Scott. Sus historias de Holmes, por el contrario, nos han dejado un retrato, impresionista e intenso, de algunas de las partes más oscuras de la Era Victoriana. El mundo no recuerda a Sir Nigel (incluso algunos olvidan a sir Arthur), pero todos tenemos grabado a fuego en la memoria ese perfil afilado, esa pipa en la boca y ese «Elemental, querido Watson» que dicen que Holmes nunca dijo. El mundo está poblado por «hijos» del primer detective consultor. Y no es casual que la personalidad del Gil Grissom que dirige el departamento de CSI en Las Vegas esté marcada por una mezcla de arrogancia, altivez y «autismo social».
Cervantes es otro de esos escritores paradójicos. Por un lado, se vio obligado a dedicar sus mejores esfuerzos literarios a un género que, en aquella época, estaba considerado «de segunda», la novela, claramente arrinconada frente a la poesía (fuente de prestigio) y el teatro (fuente de dinero). Hoy nos puede parecer sorprendente, pues la novela es, en estos días, el género rey y el teatro (más allá de tres o cuatro producciones colosalistas) difícilmente sobreviviría sin las subvenciones del erario público.
Sin embargo, en aquellos tiempos, si uno quería vivir (y en algunos casos vivir bien, e incluso muy bien) de la literatura, el teatro era el lugar al que debía dirigir sus esfuerzos. Y Cervantes lo intentó. Por desgracia sus intentos, quizá formalmente más perfectos, más adecuados a las normas aristotélicas, carecían de la vitalidad desbordante, de la mezcla de drama y comedia, de la comprensión (y a veces de la explotación) de lo más bajo y lo más alto de la naturaleza humana que hay en la obra del gigante de la época: ese Lope de Vega, fenix de los ingenios, que dominó la escena española durante toda su vida, e incluso, por qué no, después de su muerte.
Es curioso. Porque todo lo que Cervantes no supo o no quiso (quizá demasiado obsesionado por ajustarse a unos arquetipos formales que estaban condenados a desaparecer) meter en su teatro, sí que fue capaz de introducirlo en su narrativa. Sus novelas ejemplares diseccionan la sociedad de su tiempo con mano firme y precisa, y El Quijote fue, con diferencia, el mayor best-seller de la época. Era conocido en toda Europa, y disfrutado en todas partes. Desgraciadamente, necesitaba de un requisito previo para convertirse en un éxito de ventas que, en aquel tiempo, difícilmente se podía dar: al contrario que con el teatro, había que saber leer para disfrutar de la novela. La obra de Cervantes fue popular, enormemente popular (tanto como lo era en el teatro Lope de Vega), y se leía en voz alta en pueblos, plazas y posadas. Por cada ejemplar de la novela que se vendió, docenas, quizá cientos de personas, oyeron leer la historia. Pero no la leyeron ellos mismos, puesto que no sabían.
Pero quizá lo más paradójico de su destino sea el hecho de que él mismo consideraba su actividad como escritor algo secundario, sin relevancia frente a lo que era su principal interés, su mayor orgullo: el oficio de soldado. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que en el famoso «Discurso de las armas y las letras» que Don Quijote pronuncia en el salón común de una venta (que él veía como castillo, por supuesto), está detrás la voz del autor y que quien habla en ese caso no es la criatura, sino el creador. Para Cervantes -igual que para uno de los grandes la ciencia ficción del pasado siglo, el americano Robert A. Heinlein-, la profesión más noble que podía ejercer un ser humano era la de soldado, y toda una vida dedicada a la literatura, como la suya, era algo secundario comparado con haber estado en «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni verán los venideros»: la batalla de Lepanto en la que se detuvo el avance de los turcos (y en la que, por cierto, eso se dice ahora, Cervantes no perdió el uso de la mano como siempre habíamos creído).
Cervantes y Conan Doyle. Dos hombres que pasaron a la historia por algo que ellos mismos consideraban secundario, un modo de ganarse la vida al que optaron cuando no pudieron hacerlo por el que realmente querían. Nosotros nos alegramos de que haya sido así, de que Doyle retratara la oscuridad de la sociedad de su tiempo, y de que Cervantes nos diseccionara la España del siglo de oro en sus novelas. Sin su obra, nuestro mundo sería un poco más pobre, y seguramente nos comprenderíamos peor a nosotros mismos.
Pero sigue siendo el rey
Domingo, Abril 24th, 2005 Pertenece a Dentro de la viñeta, Visto y oído | Sin comentar »
Es curioso. A veces, la obra de un autor tiene más importancia por su influencia posterior en otros autores que por su calidad intrinseca. De algún modo, una obra puede ser fallida y al mismo tiempo influir en nuevas generaciones, de modo que al final son ellas las que, en una extraña pirueta, terminan sacándole todo el partido.
Estoy pensando, en este caso, en Jack Kirby. No en toda su carrera, sino en el momento en que rompió con Marvel (la editorial para la que había revolucionado el cómic de superhéroes con ayuda de ese gran publicista de sí mismo -y hombre de ideas afortunadas, por no mencionar su capacidad para el diálogo intrascendente, cosa más difícil de lo que parece a primera vista- que es Stan Lee) y decidió irse en busca de pastos más frescos a DC.
Por aquel entonces, Kirby ya era un gigante del cómic. Y sin embargo, no desembarcó en ninguna de las series principales de la editorial. No cayó sobre Superman, Batman, Flash o La Liga de la Justicia. Su llegada a DC se produjo en una de las series “menores” de la casa; de hecho, tan menor que su solo concepto era ridículo: nada más y nada menos que Superman’s Pal Jimmy Olsen, la serie dedicada contar las aventuras y desventuras del fotógrado pelirrojo que no dejaba de atormentar al Hombre de Acero con su reloj de señales.
Usando esa serie como punto de partida, Kirby empezó a desarrollar un “universo dentro del universo” en el que daría rienda suelta a su pasión por lo cósmico, lo épico y lo desproporcionado. Aquel invento fue llamado “El cuarto mundo”, y se articuló alrededor de cuatro series: la ya mencionada dedicada a Jimmy Olsen, Mister Miracle, New Gods y The Forever People. Allí Kirby desarrolló una mitología en la que combinaba los clichés del tebeo de superhéroes con la épica girega y escandinava y, de paso, inventaba una nueva. Era un grupo de tebeos difícilmente clasificables, a caballo entre la ciencia ficción, el space opera cósmico, la sicodelia, lo mitológico y lo teológico.
Y, seamos sinceros, no eran tebeos especialmente buenos. Kirby nunca fue un gran guionista: era el hombre de las ideas, de los conceptos, de las imágenes mayores que la vida misma. Pero por sí solo no era capaz de crear un buen cómic. Necesitaba a alguien como Stan Lee para que le bajara los pies a la tierra y limara algunos de sus excesos más grandilocuentes. En el Cuarto Mundo, dejado totalmente a su suerte, sin nadie para construir una narrativa sólida y eficaz a partir de sus apabullantes conceptos, Kirby se reveló como un autor fallido.
Pero interesante. Tremendamente interesante. Es cierto que sus historias iban de lo trivial a lo ilegible, pasando por lo torpe. Pero no lo es menos que resultaba difícil que olvidásemos sus conceptos, que las imágenes que manejaba no se iban de nuestra mente y que no podíamos dejar de darle vueltas a aquel cosmos mayor que el auténtico (más colorido, más interesante, más peligroso, quizá más real) que desplegó ante nuestros ojos, los personajes gigantestos -dioses, semidioses y titanes- que supo construir. Era incapaz de narrar de forma adecuada la historia del universo que estaba creando, pero el universo en sí era algo nunca antes visto en el cómic.
Claro que, si intentamos leer hoy algunas de sus historias, descubriremos lo mal contadas que están, lo acartonadas que nos parecen las actitudes de unos personajes que no son otra cosa que arquetipos.
Pero, ah, qué arquetipos. Darkseid, la encarnación misma de la oscuridad, obsesionado por encontrar la ecuación de la antivida. Orión, su hijo, criado por los Nuevos Dioses, en eterna lucha entre su naturaleza oscura y terrible y su educación en la luz. Mister Miracle, el mayor escapista del universo, un hombre que desconocía su propia identidad y que, incluso, cuando supo que era hijo del Gran Padre de los Nuevos Dioses, siguió sin saber cuál era su nombre. Incluso aquellos hippies cósmicos que eran The Forever People, recorriendo un universo que parecía salido de la psicodelia más desenfrenada.
Pasaron los años y Kirby dibujó otras cosas para DC (su Kamandi y su OMAC, por ejemplo). Volvió a Marvel, donde hizo algunas cosas verdaderamente raras (su serie basada en 2001: una odisea del espacio, sin ir más lejos). Y el Cuarto Mundo parecía haber desaparecido para siempre: un grupo de efímeros tebeos de superhéroes que nunca funcionaron muy bien comercialmente y que, en realidad, pasaron casi desapercibidos en su momento, más allá de un puñado de fieles empeñados en convertirlos en objeto de culto.
Pero aquel escaso grupito de aficionados no eran los únicos que recordaban el Cuarto Mundo. En Marvel, Jim Starlin estaba creando el villano definitivo: un tal Thanos, obsesionado por la muerte y la destrucción (con ese nombre, a ver qué remedio le quedaba). ¿Habría existido ese Thanos sin un Darkseid, sin un planeta Apokolips, sin la obsesión del señor oscuro por buscar la ecuación de la anti-vida? Permitidme que lo dude.
Y en la propia DC, de pronto el “Cuarto Mundo”, aquel universo arrinconado que no parecía tener demasiada importancia en el devenir del cosmos tebeístico de la editorial, empezó a dejar huellas, huecos y resonancias por todas partes. En una de las mejores sagas de la Legión de Superhéroes, La saga de la Gran Oscuridad, nos encontrábamos con que Darkseid era el villano que estaba detrás de todo. En la maravillosa Crisis en Tierras infinitas Wolfman y Pérez no podrían evitar rendir homenaje a las creaciones de Kirby en una breve, pero definitiva, intervención en la trama del señor de la oscuridad. Byrne desembarcaba procedente de la Marvel, procedía a renovar los mitos de Superman y una de las primeras cosas que hacía era introducir en ellos al señor oscuro de Apokolips. Mister Miracle se incorporaba a la Liga de la Justicia. Los jóvenes eternos (como se llamó aquí a The Forever People) tenían serie propia. Byrne se iba de DC y de Superman y Jerry Ordway, ascendido de dibujante a autor completo, seguía incorporando la mitología del Cuarto Mundo al entorno del Hombre de Acero. Orión y Lightray se unían a la Liga de la Justicia, como ya habìa hecho Mister Miracle. Jim Starlin lanzaba una saga cósmica (titulada precisamente Cosmic Odissey) en la que los Nuevos Dioses y Darkseid tenían una participación más que destacada. Byrne (y luego Simonson) contaban la historia de Orion, hijo de Darkseid por nacimiento, pero miembro de los Nuevos Dioses por política cósmica (y posteriormente por elección)…
Muchos años después de su cancelación, las creaciones de Jack Kirby seguían vivas y eran utilizadas una y otra vez por autores de renombre que no tenían ningún rubor en reconocer la deuda que habían contraído con el “Rey”. Fueron ellos los que verdaderamente desarrollaron el Cuarto Mundo en todo su potencial, algo que su creador no supo hacer. Pero sin él, sin esa imaginación desbordante, caótica, capaz de concebir un universo mayor que el real, todo lo que vino después no habría ocurrido.
Familia no hay más que una
Sábado, Abril 23rd, 2005 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | Sin comentar »Como era de esperar, la aprobación de la nueva ley del matrimonio ha despertado reacciones de todo tipo. Y, como también era de esperar, la reacción de la Iglesia ha sido furibundamente negativa. Al fin y al cabo es lógico. Para la Iglesia Católica, el fin último del matrimonio es la procreación y, puesto que una pareja homosexual está incapacitada biológicamente para procrear entre ellos, un matrimonio así carece de sentido. Es una postura que nos puede molestar más o menos pero que, al fin y al cabo, es coherente con la doctrina moral católica y, por lo tanto, no debería sorprender a nadie. Claro que me pregunto hasta qué punto ellos mismos son coherentes con su propia doctrina: ¿se negaría a casar la Iglesia a una pareja heterosexual uno de cuyos miembros, o los dos, fuera estéril? Al fin y al cabo, esa pareja está tan incapacitada para la procreación como la formada por dos homosexuales.
Al menos es de agradecer que la Iglesia, o los sectores moral e ideológicamente cercanos a ella, haya abandonado el ridículo argumento de que formalizar legalmente las uniones entre personas del mismo sexo no puede ser calificado de matrimonio, bajo la excusa “etimológica” de que la palabra matrimonio significa la unión entre un hombre y una mujer. Como si las palabras no pudieran evolucionar (como si no lo hubieran hecho) para ampliar su significado, recoger nuevas acepciones o incluso alterar radicalmente su sentido. De no ser así, lo que mi empresa me paga todos los meses no podría ser calificado de “sueldo”, dado que yo no soy un soldado ni trabajo para el ejército. Y, de paso, habría que pegarle un toque muy serio a la Real Academia Española por haber aceptado que “lívido” pueda significar también “pálido”, en vez de su sentido original de “amoratado”.
El contraataque viene ahora por el lado moral del asunto. Nada tengo que objetar a aquellos que consideran el matrimonio homosexual como algo inmoral o aberrante: por más que no comparta esa postura, sí que es un punto de vista moral coherente con lo que ellos consideran éticamente correcto. Y, si esa postura es mantenida por determinada organización (en este caso la Iglesia Católica) están en su derecho a expresarla públicamente y a advertir a sus feligreses (pero sólo a ellos, ojo) de que ese no es el camino moralmente correcto.
Lo que ya me llena de perplejidad es oír a un obispo hablar de que esta ley del matrimonio es una destrucción premeditada de la familia tradicional. Porque, vamos a ver, ¿en qué punto de la nueva ley se declara ilegal el matrimonio heterosexsual? ¿Acaso la posibilidad de que parejas distintas a las “tradicionales” puedan constituirse legalmente en familia va a impedir a los que estén a favor de la opción heterosexual formalizar legalmente su relación? ¿Dónde está, pues, ese ataque a la familia “de siempre” (a la que en algunos medios he oído definir como “natural”, lo que no ha dejado de proporcionarme unas buenas risas. Porque, vamos a ver, si optamos por lo “natural” tendremos que dejar de cocinar la comida, de usar ropa, de hacer literatura o crear entretenimiento)? ¿Es que acaso esta “familia natural” es tan débil, tan insegura, que se siente amenazada cuando, sin restringir ni un ápice su existencia, se permite la incorporación de otros tipos de familia?
La nueva ley no impone nada a nadie. Y desde luego no se lo impone a aquellos que quieran optar por el matrimonio heterosexual de toda la vida. En realidad son ellos (algunos de ellos, para ser exactos) los que pretenden imponer algo a la otra parte, restringir su derecho a formar una familia tal como ellos la entienden. De hecho su comportamiento me recuerda el de ciertas clases privilegiadas que arman una alharaca cuando alguien pretende que lo que ellos gozan como privilegio y, por tanto, los sitúa por encima de los demás, se convierta en normal y al alcance de todos.
No estoy de acuerdo con muchas de las cosas que ha hecho este gobierno. Y, sobre todo, no estoy de acuerdo con la forma de hacer muchas de ellas. Me molesta especialmente el modo en que el tan archisobado “talante” se acabado convirtiendo en una serie de gestos vacíos de cara a la galería; cuando no de cretineces políticamente correctas, como la de pretender legislar que se compartan al 50% las tareas de hogar. ¿Qué pasa, que un día de estos va a echar mi puerta abajo la Guardia Civil o la Policía Nacional, orden de registro en mano, para asegurarse de que plancho o friego las mismas horas que mi mujer (o que ella lo hace las mismas que yo, ya que estamos)? Sin embargo, no puedo por menos de aplaudir su iniciativa a la hora de sacar adelante esta ley y normalizar, por fin, algo que estaba pidiendo ser normalizado desde hace mucho tiempo.
Quedan muchas asignaturas pendientes en el tema del matrimonio. (¿Qué pasa con los matrimonios múltiples, por ejemplo, por qué tres o cinco o siete personas adultas y conscientes de lo que hacen van a tener menos derecho a constituirse legalmente en familia que dos?). Pero al menos se ha dado un primer paso importante.
Everybody plays
Viernes, Abril 22nd, 2005 Pertenece a A mi alrededor, Paseando por la calle | 1 comentario »De camino al trabajo suelo escuchar el programa de radio de Carlos Herrera. Es, generalmente, bastante divertido, no sólo por su cada vez menos disimulada tendenciosidad (al fin y al cabo, es un programa básicamente de opinión, así que está en su derecho a ser todo lo tendencioso que le plazca) y la rabia mal disimulada con la que encaja a veces algunos actos del gobierno (hoy mismo con la nueva ley del matrimonio, sin ir más lejos) sino por los comentarios económicos de Carlos Rodríguez Brown que hacen parecer proto-marxista a Adam Smith.
Ayer, por supuesto, Herrera hablaba del nuevo Papa. Y una de las cosas que comentaba, con esa «inocente» perplejidad que a veces usa, era su extrañeza ante el hecho de que todo el mundo, incluidos aquellos que no se consideraban católicos, se sintiera con derecho a opinar sobre Benedicto XVI y su idoneidad para calzarse las sandalias del pescador. Al fin y al cabo esto es un asunto interno de la Iglesia Católica, y sólo a sus fieles les compete. Sólo ellos tienen derecho a opinar sobre el nuevo Papa.
Me temo que no, que no es cierto, que no es así. Con el mismo argumento yo podría justificar que los españoles no tenemos el menor derecho a opinar sobre quién es el actual presidente de los Estados Unidos, ya que no somos americanos. La tontería se cae por sí misma desde el momento en que el Presidente de los USA marca una política internacional que, de un modo u otro, va a afectar a las vidas del resto del mundo, incluidos los españoles. Por lo tanto, es legítimo que opinemos sobre algo que nos afecta.
Del mismo modo, la línea ideológica o doctrinal que siga un Papa u otro, no sólo afecta a los católicos. Vivimos en una sociedad en la que, para bien o para mal (creo que para mal, al convertir algo que debería pertenecer estrictamente al ámbito privado, la religión, en una cuestión no sólo social, sino a veces de estado), la Iglesia Católica es una voz influyente, y lo que se dice desde la Plaza de San Pedro es tomado en consideración en muchas partes. Que la Iglesia siga una tendencia u otra me va a afectar, por más que yo no sea creyente y, por tanto, no me sienta obligado a seguir la doctrina moral católica. Porque va a afectar a la sociedad en la que vivo, va a influir sobre ella y va a contribuir a generar un clima social u otro, incluso podría llegar a inspirar que se aprueben (o se rechacen) unas leyes u otras. En otras palabras, la línea ideológica o doctrinal que marque la Iglesia terminará afectando mi vida diaria. Quizá de un modo más sutil, menos visible, que la política económica del gobierno o las decisiones de la Unión Europea. Pero, en definitiva, la Iglesia es uno de los factores que contribuyen a definir la sociedad en la que vivo y, por tanto, estoy legitimado para opinar sobre ella, ya que afecta directamente a mi vida.
Así que me temo que, pese a lo que digan algunos, aquí jugamos todos.
POSTSCRIPTUM: No puedo terminar sin comentar una nueva muestra del papanatismo informativo que nos rodea por todas partes. El día de la proclamación de Benedicto XVI asistí al panégirico que uno de nuestros canales de televisión (no recuerdo cuál y para el caso no importa: seguro que habría escuchado, sino las mismas, otras cretineces del mismo calibre en cualquier otro canal) dedicada al recién elegido Papa. Aparte de la inevitable retahila de tópicos y lugares comunes a cual más sonrojante -como el ya clásico de que este Papa era «un hombre muy humano»-, me quedé de piedra cuando oí que se le definía como «un hombre de Dios». Coño, claro, estaría bueno que el Papa no fuera un hombre de Dios. Eso sí que sería noticia de primera plana.
El Borges de Milwaukee
Jueves, Abril 21st, 2005 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »
Era un tipo ácido, lacónico y con problemas con la bebida. Era un un vago que odiaba escribir, aunque adoraba haber escrito. Era un pesimista nato, casi un nihilista, sin la menor fe en el género humano o en la posibilidad de que las cosas pudieran mejorar. Y era uno de los mejores escritores de relatos cortos que ha dado la literatura del siglo XX en cualquier género. Era Fredric Brown.
Gigamesh acaba de publicar sus cuentos completos en dos volúmenes: Ven y enloquece y Luna de miel en el infierno. Y, una vez más, ha sido una auténtica delicia disfrutar de ese estilo lacónico, sobrio y de una eficacia narrativa que casi pone los pelos de punta. Ha sido maravilloso volver a enfrentarme a sus paradojas temporales sin salida, a sus hombrecillos atrapados por el absurdo, al modo en que, como quien no quiere la cosa, era capaz de desplegar ante nuestros ojos el horror, la locura, la ironía, el delirio. Brown contaba las cosas como si éstas fueran inevitables, sin darles importancia, sin alharacas. En manos de otro, eso tal vez se habría convertido en ramplonería, en pobreza de estilo. En las suyas se transformaba en una herramienta narrativa poderosa y dinámica.
Y, por supuesto, estaba su forma de mirar el mundo. Como un espectador distante y apenas interesado que no tiene demasiada fe en que las cosas se arreglen.
Dejadme que os ponga un ejemplo. El primero de los relatos de Ven y enloquece, un brevísimo cuento titulado «Armagedón» que en manos de un escritor menos hábil, con una mirada menos cínica, habría quedado simplemente en un chiste moderadamente gracioso. Temo que voy a desvelar el meollo del relato. Así que estáis avisados:
En «Armagedón» se narra cómo un niño evita el juicio final gracias a su pistola de agua: cuando el diablo está a punto de caer sobre el mundo, nuestro protagonista, asustado por las llamas que le rodean, saca su pistola de juguete y, de un modo instintivo, la dispara. Pero la pistola está llena de agua bendita y, cuando ésta toca al Diablo, su momento de triunfo se desvanece. Un autor menos hábil habría terminado ahí el relato, en un clímax donde se nos revela la coletilla del chiste. Así, por ejemplo: «Herbie Westerman disparó su pistola de agua contra el diablo… la pistola que él mismo había rellenado en la pila bautismal de la catedral aquella mañana».
Pero no, Brown no hace eso. Vemos al niño disparar, vemos el agua caer sobre el Diablo y chisporrotear, y a Lucifer reconocer su derrota. En ese momento aún no sabemos por qué el juguete de un niño le ha vencido. Lo descubriremos unos párrafos después cuando su padre (que, por supuesto, desconoce que Herbie ha salvado el mundo) lo castiga por haber rellenado la pistola en la iglesia con agua bendita. En ese momento, lo que no dejaba de ser un chiste adquiere una nueva dimensión. Ya no se trata de «los planes del Diablo son frustrados por el juguete de un niño cargado accidentalmente con agua bendita». Ahora estamos ante «un niño salva el mundo de pura chiripa y es castigado por ello».
Es curioso que ese primer cuento del volumen resuma a la perfección la visión del universo que tenía Brown: como algo ni hostil ni amistoso para el hombre. Como algo, simplemente indiferente a su suerte. Un lugar donde las buenas acciones son accidentales y no traen consigo una recompensa. Si el bien triunfa, nos dice, es de chiripa. Y nada nos garantiza que luego vaya a recibir el aplauso del héroe. El azar es lo que rige el universo. Nada más. Nada menos.
Leer a Brown no es un ejercicio consolador. Ni siquiera en sus relatos más aparentemente triviales, más humorísiticamente inofensivos. Cada cuento suyo es una carga de profundidad, un ataque tranquilo, sin prisas, casi imperceptible.
Pero imparable.
¿Un papa de transición?
Miércoles, Abril 20th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | Sin comentar »Supongo que no queda más remedio que hablar de la noticia del día (y de la semana, y del mes…), la elección de Joseph Ratzinger como Papa bajo el nombre de Benedicto XVI. Una decisión que ha sido acogida (como lo hubiera sido la de cualquier otro) con reacciones dispares que van de la alegría al desencanto, pasando posiblemente por la frustración y el triunfalismo, dependiendo de quiénes comenten la noticia.
El sector más liberal de la Iglesia no ha reaccionado muy bien. Posiblemente se esperaba, después del largo pontificado de Juan Pablo II, un giro aperturista del estamento eclesiástico que, vistos los antecedentes del nuevo Papa, no parece muy probable.
Por otro lado, su avanzada edad (setenta y ocho, si no he oído mal) ha llevado a comentar a algunos la posibilidad de que éste sea un “papado de transición” que dure unos pocos años y que prepare el camino hacia… ¿hacia qué, nos preguntamos?
En cualquier caso, parece que la elección del cónclave ha tendido hacia el continuismo: un hombre en la estela ideológica de Juan Pablo II que, como mucho, consolidará la línea moral y doctrinal emprendida por el Papa polaco.
Sin embargo, no puedo por menos de preguntarme si realmente será así. Si, una vez más, y con esa astucia zorruna que ha sido una de las claves de su supervivencia durante dos mil años (la otra ha sido la de arrimarse, siempre que era posible, al sol que más calentaba, empezando por el Imperio Romano del que tomó liturgia, organización, rituales y hasta división administrativa) la Iglesia no le estará colando un nuevo gol al mundo.
Me explico.
De haber sido elegido un Papa de la linea más progresista, éste se habría visto continuamente enfrentado a todas las facciones y corrientes ideológicas dominantes en el seno de la Iglesia. Cualquier medida aperturista sería rechazada por el sector más conservador y criticada por insuficiente por el sector más progesista.
Sin embargo, Bededicto XVI tiene la ventaja de que nadie espera de él un gesto de apertura, ni el menor asomo de un retorno a los valores post-Conciliares (del Vaticano II, claro, no del de Trento). Así, el menor de sus gestos será acogido con sorpresa y complacencia por el sector favorable a una modernización de la Iglesia y, al mismo tiempo, no será mirado con desconfianza por la parte más conservadora, pues al fin y al cabo él es «uno de los suyos».
Decía que me preguntaba si realmente este Papa estaba destinado a ser un Papa de transición. Y quizá lo sea. Pero a lo mejor no en el sentido que todos esperan.
