Parece inevitable, en este año del centenario, comentar algo sobre Julio Verne. Sin embargo, he de confesar que es un autor que nunca me entusiasmó en exceso; para ser sinceros, las novelas suyas que más me gustan, no son precisamente las de ciencia ficción, sino obras como La vuelta al mundo en ochenta días o Miguel Strogoff. De hecho, siempre he pensado que, como precursor del género, la influencia de Verne en su desarrollo posterior fue más bien escasa y que, en realidad, la ciencia ficción tal como la conocemos hoy en día debe mucho más a H. G. Wells que al autor francés. Fue Wells quien estableció muchos de los temas hoy clásicos en la CF (la invasión extraterrestre, el viaje en el tiempo, la experimentación genética, los científicos locos obsesionados por una idea…) y él fue el primero en marcar la tendencia, no tando de describir los avances tecnológicos, como de centrarse en la influencia social que éstos tendrían.

Sin embargo, hay una novela de Julio Verne por la que siempre he sentido especial debilidad. Fue la primera novela que leí, siendo niño, y posiblemente haya sido una de las culpables de despertar, por un lado mi amor por la lectura y, por el otro, mi tendencia a eso que ahora se llama «mestizaje»: esa confluencia de géneros diversos que, parece ser, es una de las constantes de mi obra como autor.

La novela es La isla misteriosa y comienza siendo una «de Robinsones» para, lentamente, ir derivando hacia otros géneros. Es una historia de superación de las adversidades, por supuesto, como toda novela de náufragos en una isla que se precie. Pero también es una maravillosa novela de aventuras, incluso de suspense, y hasta nos encontramos con alguna que otra viñeta de aventura naval y piratería. Y, por último, es un relato de ciencia ficción, donde se nos narra el destino final de esa figura trágica que sin duda es el capitán Nemo. Al mismo tiempo, con ella Verne inaugura, o al menos es de los primeros en usar el recurso, esa tendencia habitual en la ciencia ficción moderna que se ha dado en llamar «universo referencial» y que consiste básicamente en que la mayoría de las obras de un autor se desarrollan en el mismo escenario ficticio. Porque La isla misteriosa como ya he dicho, es en cierto modo una continuación de 20.000 leguas de viaje submarino, pero es que además en ella aparecen ciertos personajes y situaciones de Los hijos del capitán Grant.

La Isla Lincoln

Mi ejemplar de la novela (una edición en tapa dura con abundantes ilustraciones, probablemente de Molino o Juventud) desapareció hace muchos años. Pero hasta ese momento debo haberla releído al menos una docena de veces. Y nunca, en todos estos años, he podido olvidar el mapa de la Isla Lincoln que aparecía en el cuerpo del libro, con ese aspecto de reptil, quizá de gigantesco dinosauro detenido en el tiempo; y los nombres de sus accidentes geográficos no se han ido de mi memoria: Meseta de la Gran Vista, Bahía de la Unión, Cabo de la Garra, Promontorio del Reptil, Golfo del Tiburón, Península Serpentina…

Recientemente he recuperado la novela, en una edición no muy distinta de la que tuve en mis manos siendo un niño: incluye las mismas, o muy similares, ilustraciones. Y, por supuesto, incluye ese mapa que quedó grabado en mi mente y que, de hecho, hace unos años traté de reconstruir de memoria. Sorprendentemente, eran pocos los detalles que había olvidado o deformado.

Supongo que, de forma inconsciente, Verne sí que ha sido una influencia importante en mi carrera como escritor. Una influencia oculta, tal vez, que a mí mismo me ha pasado desapercibida en mitad de otras más evidentes. Pero sin duda lo bastante importante para que su historia sobre un grupo de náufragos que huyen de la Guerra Civil americana aún siga presente en mi memoria en casi todos sus detalles, igual que lo hizo el mapa de su extraordinaria isla.

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