Recientemente un antiguo amigo de los tiempos del instituto me ha escrito para felicitarme por la publicación de mi novela. Éramos amigos, muy buenos amigos durante nuestra adolescencia; y en aquel momento ninguno de los habría pensado que él se iría a vivir a otro sitio y que pasarían muchos años durante los que no nos veríamos ni sabríamos el uno del otro. Pero, como decía Lennon, la vida es aquello que te pasa mientras tú te empeñas en hacer otros planes, así que tampoco es tan extraño que haya ocurrido algo así.

Me alegró saber de él, por supuesto. Pero me produjo un escalofrío cuando me dijo que su hijo acababa de empezar la carrera de medicina. “Imposible”, me dije. “¿Cómo va a tener un hijo de dieciocho años?”. Y no porque, al ser él de mi edad, lo vea demasiado joven para tener un hijo ya en edad universitaria (que también, por supuesto, al fin y al cabo ni siquiera he cumpido los cuarenta aunque ya va faltando menos) sino por el hecho de que para mí, en el ojo de mi memoria, él sigue siendo aquel chaval de dieciséis años con el que compartí risas, llantos, confidencias, algunas borracheras y una representación de Jesucristo Superstar en la que él hizo el papel de Judas y yo de Jesús.

Así que, vamos a ver. ¿Cómo es posible que un tío de dieciséis años tenga un hijo de dieciocho? ¿Qué clase de bucle temporal es éste? ¿En qué novela de Philip K. Dick me acabo de meter?

Supongo que en una en la que, de pronto, veinte años se te cuelan por la puerta y te das cuenta de que ese individuo que te mira desde el espejo, con veinte kilos de más, el pelo raleando en la frente y la perilla veteada de canas eres tú y no un okupa que vive en tu casa. Que, desde entonces, has pasado por dos carreras que no terminaste, una relación maravillosa que te las apañaste para estropear, miles de páginas emborronadas, un trabajo como programador (en COBOL, señores, nada de mariconadas), muchos intentos fallidos, algunos que llegaron a buen puerto, varios sueños cumplidos, unas cuantas pesadillas que esperas que nunca se materialicen, un matrimonio que a veces te preguntas cómo es que funciona con lo insoportable que tienes que ser para quien no seas tú mismo…

Pero no. Eso no es verdad. Yo sigo siendo aquel chaval delgado y con cara de buenazo. Aquel adolescente solitario que se mordía las uñas. Aquel escritor en ciernes tan lleno de confianza en sus posibilidades que el fracaso no era una opción.

Bueno, vale. Aún conservo mi cara de buena persona (lo que podemos llegar a engañar). Y es verdad que sigo teniendo cierta tendencia a la misantropía. Y que, de vez en cuando, aún me muerdo las uñas, más por los viejos tiempos que por otra cosa. Y que, sin duda, sigo teniendo fe en mis posibilidades, o habría dejado de escribir hace tiempo.

Pero, ¿dónde está todo lo demás? ¿Dónde están todas las cosas que aquel chaval consideraba importantes? ¿Lo siguen siendo para mí, para esté cuarentón en ciernes de hoy en día, o las he ido traicionando con el tiempo, una aquí, otra allá, aquella un poco después, sin darle importancia, como quien no quiere la cosa? Me gustaría pensar que no, que en lo básico me he mantenido fiel a mí mismo. Que quizá por el camino me haya visto obligado a llegar a algunos compromisos no totalmente satisfactorios y a algunos acuerdos tal vez no demasiado aconsejables; pero que en lo básico no he traicionado lo importante y los sueños de aquel adolescente siguen intactos en algún lugar de mi interior.

Tan intactos, me digo, que son lo que me hace seguir escribiendo, lo que me impulsa a ser cada vez un poco mejor, a lograr que cada novela sea un poco más redonda, más acabada, más cerca de lo que deseo que la anterior. Y, sobre todo, que sea sincera, que no se trate de un montón de fuegos de artificio literarios envueltos en una forma de narrar atractiva. Que cada una de las palabras que escribo sea yo mismo: destilado, compendiado, tal vez estilizado o concentrado, pero nunca deformado, nunca falseado.

Así que, otra vez, le echo un vistazo a esos veinte años y me pregunto si, como decía Paul Simon “aún sigo loco después de todo este tiempo”.

Con alivio, casi con temor, compruebo que la respuesta es que sí. Y que dure.

Va por ti, Cisco.

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