Acabo de terminar el visionado de la octava temporada de Expediente X y, mientras me preparo para hincarle el diente a la novena y última, no he podido evitar algunas reflexiones.

La primera que, después del descalabro de las temporadas sexta y séptima, a cual más infame y de las que sólo se salvaban, y no siempre, los episodios de la “conspiración” como los llamo yo (o de la “mitología”, como los llama más pomposamente el amigo Chris Carter), esta octava temporada recupera el pulso y el ritmo de las primeras. Sin llegar a alcanzar los niveles de la cuarta y la quinta (para mí las mejores temporadas de la serie, sin duda) mantiene un buen nivel y tiene el acierto de olvidarse de las pajas mentales que habían poblado las dos temporadas anteriores (especialmente insufrible me había resultado el episodio dirigido por Gillian Anderson y que se centraba en los problemas morales y religiosos de Scully).

¿Lo mejor de estos episodios? Sin duda el personaje de John Dogget. Coño, por fin un policía que actúa como tal, que no se salta a la torera todo lo que se le ponga por delante sin la menor justificación, llevado simplemente de una intuición sin base alguna (y que al final, es cierto, resulta ser la verdad; pero sólo porque los guionistas estaban de parte de Mulder, no porque éste tuviera el menor asomo de criterio racional para llegar a sus conclusiones). Encima es un escéptico pero, al contrario que Scully (que no es que fuera escéptica, es que directamente se negaba a creer en nada que no viniera avalado por el pensamiento establecido aunque se lo pusieran delante de las narices), no cierra los ojos a otras posibilidades. O sea, un escéptico de verdad, no un fanático.

¿Lo peor? Los primeros episodios del retorno de Mulder donde éste se revela (y no es que no lo fuera ya, pero es que ahora por comparación se nota más) como un cretino maleducado incapaz de ver la realidad que hay frente a sus ojos si ésta no encaja con sus teorías conspiratorias. La forma en que Mulder inmediatamente desconfía de Dogget (porque sí, porque le apetece y punto, no porque tenga el menor motivo para hacerlo) consiguió hacerme odioso e insoportable un personaje que hasta ahora me había resultado simpaticote: un paranoico que tiene la suerte (bueno, o la desgracia, según se mire) de que la realidad acaba ajustándose a las conspiraciones que inventa su mente desequilibrada.

Y no es que Mulder me caiga mal. El personaje me sigue gustando, sobre todo por su lado más “friki” y desenfadado. Pero digamos que hasta ahora no había sido consciente de la parte odiosa y estúpida que tiene. O tal vez había sido consciente y no me había molestado porque hasta ahora no la había usado para ser injusto con un personaje que me gustaba (y que además intenta salvarle el culo).

Por lo demás, en esta temporada Carter ha intentado darle un nuevo giro de tuerca a la “mitología” de la serie, ya un tanto gastada después de siete años descubriendo una y otra vez que tras cada verdad había oculta otra más. Además, la conspiración global ha perdido la mayoría de sus personajes más carismáticos (ah, ese William B. Davies interpretando al fumador con esa socarronería distante, esa ironía tranquila e imperturbable); y, por si fuera poco, ahora se cargan al último que quedaba: el encantador Krycek, que llevaba casi desde el principio haciendo bailar a su son al resto de los personajes y sin que el público tuviéramos muy claro de qué lado estaba. Seguramente del suyo propio, claro, que es lo que cualquier persona sensata haría. Su muerte, al menos, se produce en un momento deliberadamente ambiguo: cuando lo matan seguimos sin saber si esta vez Krycek está del lado de los buenos, de los malos o jugando, una vez más, a dos bandas.

La temporada termina sin el habitual “cliffhanger”: con Mulder y Scully frente al hijo de ésta (¿y también de Mulder?) dándose por fin un beso y reconociendo que sí, que vale, que se quieren y que ahora que van a dejar la serie por fin pueden enrollarse, fundar una familia y buscar juntos nuevas conspiraciones. Ya sabéis: “la familia que desentraña conspiraciones unida, permanece unida”, o algo así.

En resumen, que ha sido una temporada bastante satisfactoria y en la que han aparecido algunos nuevos personajes bastante interesantes, aparte del propio John Dogget: la agente Reyes, por ejemplo; esa especie de Terminator alienígena que se enfrenta a Dogget en una escena que, en cierto modo, es volver las tornas contra él (no olvidemos que Robert Patrick interpretó a al T-1000 en Terminator 2); la agente de la sección contable que es “fan” de los Expedientes X y se los conoce al dedillo; o el personaje interpretado por Adam Baldwin, que empieza siendo una nueva encarnación el “Mister X” que tuvo mareado a Mulder durante varias temporadas, pero da luego un giro muy interesante. O incluso, por qué no, la nueva trama de la “mitología” que parece un homenaje bastante explícito a Amos de títeres de Heinlein.

Tengo la impresión de que la novena temporada me va a gustar. Bastante. Y que voy a lamentar que sea la última. Ya veremos.

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