El planeta de los simios, de Tim Burton

Ayer, durante la cena, empezamos a hablar de Tim Burton, y del modo en que, últimamente, parece haber abandonado con auténtica alegría cualquier intención de que tras sus películas haya un guión mínimamente bien construído y que cuente algo interesante: obsesionado por la parte estética, por la puesta en escena, da la impresión de que ha olvidado que el medio y el mensaje son algo inseparable y que de nada sirve tener un canal de comunicación fluido y eficaz si luego lo que transmites por él no es otra cosa que ruido.

Da la impresión de que Burton no comprende que su Eduardo Manostijeras, su Ed Wood, incluso su Batman vuelve no funcionan por una mera cuestión de estética, sino porque detrás hay un trabajo narrativo interesante: hay personajes reales, hay un mundo lo bastante complejo y lleno de recovecos para que lo que vemos nos parezca auténtico, y no una simple postal.

Inevitablemente, su remake de El planeta de los simios surgió en la conversación como paradigma de cuanto acabo de decir. Y acabamos hablando, no sólo de la banalidad de su revisitación al mundo de Pierre Boulle (¿o quizá debería de decir de Franklin J. Schaffner y Arthur P. Jacobs?) sino de su ridículo golpe de efecto final en la película. Un golpe de efecto que, si bien puede resultar impactante en el momento (y tengo mis dudas) se revela como tonto, vacío y fatuo a poco que se lo piense; poco más que un giro de tuerca gratuito que no aporta nada a la historia (y no hablemos ya de que no se sostiene ni de lejos; al fin y al cabo, en una película llena de agujeros narrativos, uno más tampoco importa tanto).

El planeta de los simios, de Franklin J. Shafner

Y, por supuesto, no pudimos por menos de comparar ese final con el original, el antiguo, el “de verdad”. Recordamos a aquel Taylor interpretado por Charlton Heston arrodillado en una playa desolada frente a los restos de la Estatua de la Libertad. Y comentamos el modo en que, con una simple imagen, sin necesidad de decir ni de explicar nada, ese final hace que reinterpretes toda la película, como si todo lo visto hasta el momento estuviera cifrado y acabaran de poner en tus manos la clave para decodificarlo.

Esa es la diferencia, resumimos, entre un golpe de efecto final, un último giro de tuerca que no lleva a ninguna parte, y un verdadero buen final: el primero puede deslumbrar a primera vista pero resulta vacío en una revisitación; el segundo te obliga a volver la vista atrás y examinar el sendero por el que caminabas. Y darte cuenta, quizá, de que no era exactamente el que tú creías.

Luego, llegaron los postres. Pero esa es otra historia.

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