Decía el personaje de Pazos en la película de Juanma Bajo Ulloa Airbag que “el conceto es el conceto”. Y parece que hay quien todavía no ha pillado algunos “concetos básicos”.

El código Da Vinci

La semana pasada el Vaticano arremetió de forma furibunda contra la obra de Dan Brown, concretamente su novela El código da Vinci. No sólo pidió a libreros católicos que no la vendieran o a lectores católicos que no la leyeran (porque, al fin y al cabo, el rebaño no está preparado por sí mismo para tomar decisiones morales sin la guía de la jerarquía; no olviden que, según la religión católica, los feligreses carecen de autoridad para interpretar lo dicho en la Biblia) sino que se tomaron la molestia de explicar que la novela era, de principio a fin, una sarta de mentiras.

Ni siquiera me molestaré en extenderme sobre la torpeza del Vaticano; porque cae de cajón que si uno pretende evitar que se lea un libro no se pone a hablar de él en voz alta para despertar la curiosidad de quienes lo están oyendo. No hay mucho más que decir sobre eso. Además, uno ya está acostumbrado a esa miopía que parece haberse apoderado con verdadera saña de la Iglesia católica. (Reconozco, por otro lado, que sentí una punzada de envidia hacia Brown al oír la noticia: ya me gustaría a mí que la Iglesia prohibiera mi obra. No se iba a vender ni nada, entonces). Lo que realmente me sorprendió fue esa declaración de que todo lo que se contaba en la novela de Brown era falso. Al oírlo no pude evitar exclamar: “¡Coño, pues claro!”.

Mi pregunta es: ¿qué parte del “conceto” de novela se les escapa? Una novela, una obra de ficción, es por definición una sarta de mentiras, una historia inventada que ni tiene por qué parecerse a la realidad ni falta que le hace. ¿Que lo que cuenta el señor Brown en su famoso best-seller es falso de cabo a rabo? No lo sé, la verdad, y tampoco me importa mucho y además, ¿es menos falso que lo que cuenta J.R.R. Tolkien en El señor de los Anillos o Chris Carter en Expediente X? No he visto a historiadores furibundos acusando a Tolkien de pervertir la historia o funcionarios del gobierno americano cayendo enfurecidos sobre la famosa serie de TV y acusándola de dar una imagen falsa de los gobernantes de los Estados Unidos.

Brown no ha escrito, ni creo que lo pretendiera, un sesudo ensayo sobre lo que se cuece bajo las faldas de la jerarquía eclesiástica. Se ha limitado a pergeñar una novela usando ciertos mitos populares, ciertos arquetipos culturales que, sean falsos o no, están ahí para que quien lo desee se acerque a ellos y los use como material narrativo. Arquetipos, mitos, leyendas que, mal que le pese a la jerarquía católica, no le pertenecen ni, de hecho, le han pertenecido nunca: todo ese material pertenece desde hace casi dos mil años a la cultura occidental; ha vivido en ella todo ese tiempo, permeándola, guiándola, pervirtiéndola, moldeándola, convirtiéndose en parte inseparable de ella. Es un material perfectamente válido y legítimo (lo mismo que lo son las sagas escandinavas, las conspiraciones en la sombra de los gobiernos, la tradición artúrica, los cuentos populares o las guerras religiosas medievales) para que cualquer escritor lo tome y lo utilice como base para su obra.

En fin, señores. Estoy seguro de que en las enormes y completas bibliotecas del Vaticano hay algún buen diccionario. Recomendaría a las autoridades eclesiásticas que lo consultaran de vez en cuando, especialmente el término “ficción”.

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