Here lies one whose name was writ in water
-Epitafio en la tumba de John Keats

Archivo de Marzo, 2005

Desde la isla Lincoln

Jueves, Marzo 31st, 2005 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | Sin comentar »

Parece inevitable, en este año del centenario, comentar algo sobre Julio Verne. Sin embargo, he de confesar que es un autor que nunca me entusiasmó en exceso; para ser sinceros, las novelas suyas que más me gustan, no son precisamente las de ciencia ficción, sino obras como La vuelta al mundo en ochenta días o Miguel Strogoff. De hecho, siempre he pensado que, como precursor del género, la influencia de Verne en su desarrollo posterior fue más bien escasa y que, en realidad, la ciencia ficción tal como la conocemos hoy en día debe mucho más a H. G. Wells que al autor francés. Fue Wells quien estableció muchos de los temas hoy clásicos en la CF (la invasión extraterrestre, el viaje en el tiempo, la experimentación genética, los científicos locos obsesionados por una idea…) y él fue el primero en marcar la tendencia, no tando de describir los avances tecnológicos, como de centrarse en la influencia social que éstos tendrían.

Sin embargo, hay una novela de Julio Verne por la que siempre he sentido especial debilidad. Fue la primera novela que leí, siendo niño, y posiblemente haya sido una de las culpables de despertar, por un lado mi amor por la lectura y, por el otro, mi tendencia a eso que ahora se llama «mestizaje»: esa confluencia de géneros diversos que, parece ser, es una de las constantes de mi obra como autor.

La novela es La isla misteriosa y comienza siendo una «de Robinsones» para, lentamente, ir derivando hacia otros géneros. Es una historia de superación de las adversidades, por supuesto, como toda novela de náufragos en una isla que se precie. Pero también es una maravillosa novela de aventuras, incluso de suspense, y hasta nos encontramos con alguna que otra viñeta de aventura naval y piratería. Y, por último, es un relato de ciencia ficción, donde se nos narra el destino final de esa figura trágica que sin duda es el capitán Nemo. Al mismo tiempo, con ella Verne inaugura, o al menos es de los primeros en usar el recurso, esa tendencia habitual en la ciencia ficción moderna que se ha dado en llamar «universo referencial» y que consiste básicamente en que la mayoría de las obras de un autor se desarrollan en el mismo escenario ficticio. Porque La isla misteriosa como ya he dicho, es en cierto modo una continuación de 20.000 leguas de viaje submarino, pero es que además en ella aparecen ciertos personajes y situaciones de Los hijos del capitán Grant.

Mi ejemplar de la novela (una edición en tapa dura con abundantes ilustraciones, probablemente de Molino o Juventud) desapareció hace muchos años. Pero hasta ese momento debo haberla releído al menos una docena de veces. Y nunca, en todos estos años, he podido olvidar el mapa de la Isla Lincoln que aparecía en el cuerpo del libro, con ese aspecto de reptil, quizá de gigantesco dinosauro detenido en el tiempo; y los nombres de sus accidentes geográficos no se han ido de mi memoria: Meseta de la Gran Vista, Bahía de la Unión, Cabo de la Garra, Promontorio del Reptil, Golfo del Tiburón, Península Serpentina…

Recientemente he recuperado la novela, en una edición no muy distinta de la que tuve en mis manos siendo un niño: incluye las mismas, o muy similares, ilustraciones. Y, por supuesto, incluye ese mapa que quedó grabado en mi mente y que, de hecho, hace unos años traté de reconstruir de memoria. Sorprendentemente, eran pocos los detalles que había olvidado o deformado.

Supongo que, de forma inconsciente, Verne sí que ha sido una influencia importante en mi carrera como escritor. Una influencia oculta, tal vez, que a mí mismo me ha pasado desapercibida en mitad de otras más evidentes. Pero sin duda lo bastante importante para que su historia sobre un grupo de náufragos que huyen de la Guerra Civil americana aún siga presente en mi memoria en casi todos sus detalles, igual que lo hizo el mapa de su extraordinaria isla.

© 2005, Rodolfo Martínez
Entradas similares:

Fa 20 anys que tinc 20 anys

Martes, Marzo 29th, 2005 Pertenece a Mi misma mismidad, Nostalgias | Sin comentar »

Recientemente un antiguo amigo de los tiempos del instituto me ha escrito para felicitarme por la publicación de mi novela. Éramos amigos, muy buenos amigos durante nuestra adolescencia; y en aquel momento ninguno de los habría pensado que él se iría a vivir a otro sitio y que pasarían muchos años durante los que no nos veríamos ni sabríamos el uno del otro. Pero, como decía Lennon, la vida es aquello que te pasa mientras tú te empeñas en hacer otros planes, así que tampoco es tan extraño que haya ocurrido algo así.

Me alegró saber de él, por supuesto. Pero me produjo un escalofrío cuando me dijo que su hijo acababa de empezar la carrera de medicina. “Imposible”, me dije. “¿Cómo va a tener un hijo de dieciocho años?”. Y no porque, al ser él de mi edad, lo vea demasiado joven para tener un hijo ya en edad universitaria (que también, por supuesto, al fin y al cabo ni siquiera he cumpido los cuarenta aunque ya va faltando menos) sino por el hecho de que para mí, en el ojo de mi memoria, él sigue siendo aquel chaval de dieciséis años con el que compartí risas, llantos, confidencias, algunas borracheras y una representación de Jesucristo Superstar en la que él hizo el papel de Judas y yo de Jesús.

Así que, vamos a ver. ¿Cómo es posible que un tío de dieciséis años tenga un hijo de dieciocho? ¿Qué clase de bucle temporal es éste? ¿En qué novela de Philip K. Dick me acabo de meter?

Supongo que en una en la que, de pronto, veinte años se te cuelan por la puerta y te das cuenta de que ese individuo que te mira desde el espejo, con veinte kilos de más, el pelo raleando en la frente y la perilla veteada de canas eres tú y no un okupa que vive en tu casa. Que, desde entonces, has pasado por dos carreras que no terminaste, una relación maravillosa que te las apañaste para estropear, miles de páginas emborronadas, un trabajo como programador (en COBOL, señores, nada de mariconadas), muchos intentos fallidos, algunos que llegaron a buen puerto, varios sueños cumplidos, unas cuantas pesadillas que esperas que nunca se materialicen, un matrimonio que a veces te preguntas cómo es que funciona con lo insoportable que tienes que ser para quien no seas tú mismo…

Pero no. Eso no es verdad. Yo sigo siendo aquel chaval delgado y con cara de buenazo. Aquel adolescente solitario que se mordía las uñas. Aquel escritor en ciernes tan lleno de confianza en sus posibilidades que el fracaso no era una opción.

Bueno, vale. Aún conservo mi cara de buena persona (lo que podemos llegar a engañar). Y es verdad que sigo teniendo cierta tendencia a la misantropía. Y que, de vez en cuando, aún me muerdo las uñas, más por los viejos tiempos que por otra cosa. Y que, sin duda, sigo teniendo fe en mis posibilidades, o habría dejado de escribir hace tiempo.

Pero, ¿dónde está todo lo demás? ¿Dónde están todas las cosas que aquel chaval consideraba importantes? ¿Lo siguen siendo para mí, para esté cuarentón en ciernes de hoy en día, o las he ido traicionando con el tiempo, una aquí, otra allá, aquella un poco después, sin darle importancia, como quien no quiere la cosa? Me gustaría pensar que no, que en lo básico me he mantenido fiel a mí mismo. Que quizá por el camino me haya visto obligado a llegar a algunos compromisos no totalmente satisfactorios y a algunos acuerdos tal vez no demasiado aconsejables; pero que en lo básico no he traicionado lo importante y los sueños de aquel adolescente siguen intactos en algún lugar de mi interior.

Tan intactos, me digo, que son lo que me hace seguir escribiendo, lo que me impulsa a ser cada vez un poco mejor, a lograr que cada novela sea un poco más redonda, más acabada, más cerca de lo que deseo que la anterior. Y, sobre todo, que sea sincera, que no se trate de un montón de fuegos de artificio literarios envueltos en una forma de narrar atractiva. Que cada una de las palabras que escribo sea yo mismo: destilado, compendiado, tal vez estilizado o concentrado, pero nunca deformado, nunca falseado.

Así que, otra vez, le echo un vistazo a esos veinte años y me pregunto si, como decía Paul Simon “aún sigo loco después de todo este tiempo”.

Con alivio, casi con temor, compruebo que la respuesta es que sí. Y que dure.

Va por ti, Cisco.

© 2005, Rodolfo Martínez
Entradas similares:

Expediente X, octava temporada

Lunes, Marzo 28th, 2005 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | Sin comentar »

Acabo de terminar el visionado de la octava temporada de Expediente X y, mientras me preparo para hincarle el diente a la novena y última, no he podido evitar algunas reflexiones.

La primera que, después del descalabro de las temporadas sexta y séptima, a cual más infame y de las que sólo se salvaban, y no siempre, los episodios de la “conspiración” como los llamo yo (o de la “mitología”, como los llama más pomposamente el amigo Chris Carter), esta octava temporada recupera el pulso y el ritmo de las primeras. Sin llegar a alcanzar los niveles de la cuarta y la quinta (para mí las mejores temporadas de la serie, sin duda) mantiene un buen nivel y tiene el acierto de olvidarse de las pajas mentales que habían poblado las dos temporadas anteriores (especialmente insufrible me había resultado el episodio dirigido por Gillian Anderson y que se centraba en los problemas morales y religiosos de Scully).

¿Lo mejor de estos episodios? Sin duda el personaje de John Dogget. Coño, por fin un policía que actúa como tal, que no se salta a la torera todo lo que se le ponga por delante sin la menor justificación, llevado simplemente de una intuición sin base alguna (y que al final, es cierto, resulta ser la verdad; pero sólo porque los guionistas estaban de parte de Mulder, no porque éste tuviera el menor asomo de criterio racional para llegar a sus conclusiones). Encima es un escéptico pero, al contrario que Scully (que no es que fuera escéptica, es que directamente se negaba a creer en nada que no viniera avalado por el pensamiento establecido aunque se lo pusieran delante de las narices), no cierra los ojos a otras posibilidades. O sea, un escéptico de verdad, no un fanático.

¿Lo peor? Los primeros episodios del retorno de Mulder donde éste se revela (y no es que no lo fuera ya, pero es que ahora por comparación se nota más) como un cretino maleducado incapaz de ver la realidad que hay frente a sus ojos si ésta no encaja con sus teorías conspiratorias. La forma en que Mulder inmediatamente desconfía de Dogget (porque sí, porque le apetece y punto, no porque tenga el menor motivo para hacerlo) consiguió hacerme odioso e insoportable un personaje que hasta ahora me había resultado simpaticote: un paranoico que tiene la suerte (bueno, o la desgracia, según se mire) de que la realidad acaba ajustándose a las conspiraciones que inventa su mente desequilibrada.

Y no es que Mulder me caiga mal. El personaje me sigue gustando, sobre todo por su lado más “friki” y desenfadado. Pero digamos que hasta ahora no había sido consciente de la parte odiosa y estúpida que tiene. O tal vez había sido consciente y no me había molestado porque hasta ahora no la había usado para ser injusto con un personaje que me gustaba (y que además intenta salvarle el culo).

Por lo demás, en esta temporada Carter ha intentado darle un nuevo giro de tuerca a la “mitología” de la serie, ya un tanto gastada después de siete años descubriendo una y otra vez que tras cada verdad había oculta otra más. Además, la conspiración global ha perdido la mayoría de sus personajes más carismáticos (ah, ese William B. Davies interpretando al fumador con esa socarronería distante, esa ironía tranquila e imperturbable); y, por si fuera poco, ahora se cargan al último que quedaba: el encantador Krycek, que llevaba casi desde el principio haciendo bailar a su son al resto de los personajes y sin que el público tuviéramos muy claro de qué lado estaba. Seguramente del suyo propio, claro, que es lo que cualquier persona sensata haría. Su muerte, al menos, se produce en un momento deliberadamente ambiguo: cuando lo matan seguimos sin saber si esta vez Krycek está del lado de los buenos, de los malos o jugando, una vez más, a dos bandas.

La temporada termina sin el habitual “cliffhanger”: con Mulder y Scully frente al hijo de ésta (¿y también de Mulder?) dándose por fin un beso y reconociendo que sí, que vale, que se quieren y que ahora que van a dejar la serie por fin pueden enrollarse, fundar una familia y buscar juntos nuevas conspiraciones. Ya sabéis: “la familia que desentraña conspiraciones unida, permanece unida”, o algo así.

En resumen, que ha sido una temporada bastante satisfactoria y en la que han aparecido algunos nuevos personajes bastante interesantes, aparte del propio John Dogget: la agente Reyes, por ejemplo; esa especie de Terminator alienígena que se enfrenta a Dogget en una escena que, en cierto modo, es volver las tornas contra él (no olvidemos que Robert Patrick interpretó a al T-1000 en Terminator 2); la agente de la sección contable que es “fan” de los Expedientes X y se los conoce al dedillo; o el personaje interpretado por Adam Baldwin, que empieza siendo una nueva encarnación el “Mister X” que tuvo mareado a Mulder durante varias temporadas, pero da luego un giro muy interesante. O incluso, por qué no, la nueva trama de la “mitología” que parece un homenaje bastante explícito a Amos de títeres de Heinlein.

Tengo la impresión de que la novena temporada me va a gustar. Bastante. Y que voy a lamentar que sea la última. Ya veremos.

© 2005, Rodolfo Martínez
Entradas similares:

Golpes de efecto, buenos finales

Domingo, Marzo 27th, 2005 Pertenece a Imágenes en acción, Visto y oído | Sin comentar »

Ayer, durante la cena, empezamos a hablar de Tim Burton, y del modo en que, últimamente, parece haber abandonado con auténtica alegría cualquier intención de que tras sus películas haya un guión mínimamente bien construído y que cuente algo interesante: obsesionado por la parte estética, por la puesta en escena, da la impresión de que ha olvidado que el medio y el mensaje son algo inseparable y que de nada sirve tener un canal de comunicación fluido y eficaz si luego lo que transmites por él no es otra cosa que ruido.

Da la impresión de que Burton no comprende que su Eduardo Manostijeras, su Ed Wood, incluso su Batman vuelve no funcionan por una mera cuestión de estética, sino porque detrás hay un trabajo narrativo interesante: hay personajes reales, hay un mundo lo bastante complejo y lleno de recovecos para que lo que vemos nos parezca auténtico, y no una simple postal.

Inevitablemente, su remake de El planeta de los simios surgió en la conversación como paradigma de cuanto acabo de decir. Y acabamos hablando, no sólo de la banalidad de su revisitación al mundo de Pierre Boulle (¿o quizá debería de decir de Franklin J. Schaffner y Arthur P. Jacobs?) sino de su ridículo golpe de efecto final en la película. Un golpe de efecto que, si bien puede resultar impactante en el momento (y tengo mis dudas) se revela como tonto, vacío y fatuo a poco que se lo piense; poco más que un giro de tuerca gratuito que no aporta nada a la historia (y no hablemos ya de que no se sostiene ni de lejos; al fin y al cabo, en una película llena de agujeros narrativos, uno más tampoco importa tanto).

Y, por supuesto, no pudimos por menos de comparar ese final con el original, el antiguo, el “de verdad”. Recordamos a aquel Taylor interpretado por Charlton Heston arrodillado en una playa desolada frente a los restos de la Estatua de la Libertad. Y comentamos el modo en que, con una simple imagen, sin necesidad de decir ni de explicar nada, ese final hace que reinterpretes toda la película, como si todo lo visto hasta el momento estuviera cifrado y acabaran de poner en tus manos la clave para decodificarlo.

Esa es la diferencia, resumimos, entre un golpe de efecto final, un último giro de tuerca que no lleva a ninguna parte, y un verdadero buen final: el primero puede deslumbrar a primera vista pero resulta vacío en una revisitación; el segundo te obliga a volver la vista atrás y examinar el sendero por el que caminabas. Y darte cuenta, quizá, de que no era exactamente el que tú creías.

Luego, llegaron los postres. Pero esa es otra historia.

© 2005, Rodolfo Martínez
Entradas similares:

“La princesa prometida” revisitada

Sábado, Marzo 26th, 2005 Pertenece a Juntaletras, Visto y oído | 1 comentario »

Acabo de terminar de leer, una vez más, La princesa prometida, ahora en la edición especial que se realizó para conmemorar el veinticinco aniversario de la novela. Esta edición incluye un nuevo prólogo del autor, William Goldman, donde habla del proceso, largo y doloroso, que tuvo lugar hasta que su novela fue adaptada al cine. También incluye un apéndice en el que podemos leer el inicio de una continuación que jamás se terminó.

Por supuesto, en las partes nuevas Goldman mantiene el juego metaliterario que ya estaba presente en la edición original: fingir que no fue él, sino Morgensten, el autor de la novela, y que él se limitó a compendiarla para el público moderno, aligerando la obra original de sus partes más plomizas. Es un juego en el que Goldman se desenvuelve como un maestro, mezclando anécdotas reales con ficticias, engarzando partes de su auténtica vida con la ficción, de modo que uno tiene dudas, en determinados momentos, de si lo que nos está contando es real o es parte del juego.

Supongo que esa es una de las características de la buena ficción: el hacernos considerar la posibilidad de que no sea tal ficción.

Como digo, esta nueva edición me ha gustado, y las partes nuevas no desentonan con las antiguas: al contrario, las complementan, e incluso completan, a la perfección.

Pero, como siempre, lo que me sigue gustando es la novela en sí, esa historia en la que el romanticismo más ingenuo y la ironía más mordaz van de la mano como si estuvieran hechos el uno para el otro. Y, por supuesto, aún sigue maravillándome su frase final: “Ahora bien, también debo decir, por enésima vez, que la vida no es justa. Sólo es más justa que la muerte. Eso es todo”.

© 2005, Rodolfo Martínez
Entradas similares:

El “conceto”, señores, el “conceto”

Viernes, Marzo 25th, 2005 Pertenece a A mi alrededor, Y sobre esta piedra | Sin comentar »

Decía el personaje de Pazos en la película de Juanma Bajo Ulloa Airbag que “el conceto es el conceto”. Y parece que hay quien todavía no ha pillado algunos “concetos básicos”.

La semana pasada el Vaticano arremetió de forma furibunda contra la obra de Dan Brown, concretamente su novela El código da Vinci. No sólo pidió a libreros católicos que no la vendieran o a lectores católicos que no la leyeran (porque, al fin y al cabo, el rebaño no está preparado por sí mismo para tomar decisiones morales sin la guía de la jerarquía; no olviden que, según la religión católica, los feligreses carecen de autoridad para interpretar lo dicho en la Biblia) sino que se tomaron la molestia de explicar que la novela era, de principio a fin, una sarta de mentiras.

Ni siquiera me molestaré en extenderme sobre la torpeza del Vaticano; porque cae de cajón que si uno pretende evitar que se lea un libro no se pone a hablar de él en voz alta para despertar la curiosidad de quienes lo están oyendo. No hay mucho más que decir sobre eso. Además, uno ya está acostumbrado a esa miopía que parece haberse apoderado con verdadera saña de la Iglesia católica. (Reconozco, por otro lado, que sentí una punzada de envidia hacia Brown al oír la noticia: ya me gustaría a mí que la Iglesia prohibiera mi obra. No se iba a vender ni nada, entonces). Lo que realmente me sorprendió fue esa declaración de que todo lo que se contaba en la novela de Brown era falso. Al oírlo no pude evitar exclamar: “¡Coño, pues claro!”.

Mi pregunta es: ¿qué parte del “conceto” de novela se les escapa? Una novela, una obra de ficción, es por definición una sarta de mentiras, una historia inventada que ni tiene por qué parecerse a la realidad ni falta que le hace. ¿Que lo que cuenta el señor Brown en su famoso best-seller es falso de cabo a rabo? No lo sé, la verdad, y tampoco me importa mucho y además, ¿es menos falso que lo que cuenta J.R.R. Tolkien en El señor de los Anillos o Chris Carter en Expediente X? No he visto a historiadores furibundos acusando a Tolkien de pervertir la historia o funcionarios del gobierno americano cayendo enfurecidos sobre la famosa serie de TV y acusándola de dar una imagen falsa de los gobernantes de los Estados Unidos.

Brown no ha escrito, ni creo que lo pretendiera, un sesudo ensayo sobre lo que se cuece bajo las faldas de la jerarquía eclesiástica. Se ha limitado a pergeñar una novela usando ciertos mitos populares, ciertos arquetipos culturales que, sean falsos o no, están ahí para que quien lo desee se acerque a ellos y los use como material narrativo. Arquetipos, mitos, leyendas que, mal que le pese a la jerarquía católica, no le pertenecen ni, de hecho, le han pertenecido nunca: todo ese material pertenece desde hace casi dos mil años a la cultura occidental; ha vivido en ella todo ese tiempo, permeándola, guiándola, pervirtiéndola, moldeándola, convirtiéndose en parte inseparable de ella. Es un material perfectamente válido y legítimo (lo mismo que lo son las sagas escandinavas, las conspiraciones en la sombra de los gobiernos, la tradición artúrica, los cuentos populares o las guerras religiosas medievales) para que cualquer escritor lo tome y lo utilice como base para su obra.

En fin, señores. Estoy seguro de que en las enormes y completas bibliotecas del Vaticano hay algún buen diccionario. Recomendaría a las autoridades eclesiásticas que lo consultaran de vez en cuando, especialmente el término “ficción”.

© 2005, Rodolfo Martínez
Entradas similares:

“Escrito en el agua” reloaded

Jueves, Marzo 24th, 2005 Pertenece a Mi misma mismidad, Núcleo | Sin comentar »

En mi antigua página (no muy distinta a ésta en cuando a contenidos, aunque sí en diseño) mantenía una columna de opinión con este título. Las mil cosas que tenía en la cabeza y, reconozcámoslo, un pelín de desidia me llevaron a dejar la columna sin actualizar durante cerca de un año.

Ahora, aprovechando el cambio de diseño de mi página web, retomo mi columna de opinión. Sólo que ya no es una columna de opinión. “Ajá, le hemos pillado”, diréis. “Otro que se suma a la moda de los blogs”. Bueno, quizá, si queréis verlo así. No seré yo quien lo niegue.

En cualquier caso, este nuevo Escrito en el agua nace con la intención de ser una sección miscelánea en la que pretendo seguir con mi columna de opinión, pero también con otras cosas. ¿Cuáles? Ya veremos; como respondió una vez Indiana Jones cuando le preguntaron cómo pensaba hacerse con el Arca de la Alianza: “No lo sé. Improviso sobre la marcha”.

© 2005, Rodolfo Martínez
Entradas similares: